sábado, 13 de agosto de 2011

AMIGOS DE THOMAS MERTON.

martes 9 de agosto de 2011

DIARIO DE ASIA

Algunas frases, palabras, imágenes, que aparecen en el “Diario de Asia” de Thomas Merton, casi siempre tomadas de conversaciones con personas que iba encontrando o sacadas de los textos que leía. La presentación imita un poco al propio TM y sus anti-poesías.

“No viajar con tantos libros. Compré más ayer, incapaz de resistirme a las librerías de San Francisco”.
“He hecho de todo. Dormir. Rezar. Y terminado Siddharta de Hess. Nada cambia la interminable luz del sol”.
“Uno debe subir todos los peldaños, pero cuando al fin no hay más peldaños, hay que dar el salto”.
“Investigar las partes del cuerpo con sabiduría”.
“A fin de perfeccionar cualquier práctica, se debe soportar un tipo de experiencia aparentemente inútil”.
“Quien busque la liberación debe trabajar con cuidado en pos de la purificación de la mente”.
“Una religión que ignora o evita el hecho de la muerte no tiene sentido”.
“Me siento como en casa con los tibetanos”.
“El místico sabe que el principio de la salvación está en sí”.
“Los tres elementos venenosos: codicia, odio, ignorancia”.
“No una tercera posición entre los dos extremos sino una no posición que sustituye a ambos”.
“Constato en los budistas logros y certidumbres más profundas que en los contemplativos católicos”.
“El bibliotecario, un anciano belga con una perilla pulcramente arreglada, me dijo: Tenemos veintidós libros suyos en nuestra biblioteca”.
“Todas las montañas, esconden otra cara: la que nunca ha sido fotografiada ni convertida en postal Es la única cara que merece la pena ver”.
“La compasión es proporcional al desapego”.
“Este reposo, con tiempo para leer, estudiar, meditar y no hablar con nadie, es algo esencial en mi vida”.
“Mi interés por el budismo ha molestado a algunos clérigos y religiosos católicos. Se preguntan qué es lo que puede haber en este”.
“Sobre el púlpito estaba inscrita la palabra OM”.
“Recuerdo la gata negra en el tejado de Darjeeling, con dos pequeños gatitos alocados jugando y deslizándose…”.
“Entré en la vieja iglesia anglicana que hay en la línea portuaria y estuve rezando un rato”.
“Dijo que a su juicio, por lo que había leído en La montaña de los siete círculos, yo había sido de los primeros hippies”.
“Caminé un poco a orillas del lago, en la brisa fresca, pensando en el sermón de Adviento que tenía que predicar en la catedral”.
“Asia es un continente que ama las cometas”.
“Hay un punto en que la religión se vuelve risible. Y entonces te das cuenta de que, con todo y con eso, eres una persona religiosa…”.

TODO EN DIOS.

Prefiero evitar la palabra “exclusividad” a la hora de hablar de Dios.
No podemos amar a Dios exclusivamente, sino “inclusivamente”, es decir, amándolo todo en él. Se trata de vivir una vida de vinculación total con Dios. Dios en el centro, Dios en el fundamento, Dios en el origen, pero sin ignorar, rechazar o despreciar todo lo demás. Aquí ayudaría entender que cuando decimos DIOS decimos TODO, el SER; si decimos DIOS y pensamos en “una parte” entonces no estaremos entendiendo adecuadamente lo que supone entregarse plenamente e incondicionalmente a él. Es absurdo y contraproducente oponer a Dios y los seres humanos; todo lo contrario, es importante vincularlos a ambos, de tal modo que toda búsqueda de Dios suponga un acercamiento a la Humanidad, y viceversa. Sólo así podemos entender que el todo está antes que una parte, pero que la parte alcanza su sentido y plenitud dentro del todo. Dios es nuestro hogar. Sin él somos extraños, forasteros, y olvidamos nuestra procedencia y nuestro destino. Desvincularnos de la “memoria” de Dios es desconectarnos de nuestra verdad esencial. Nos convertimos en fragmentos aislados, y por tanto sin fuerza; dejamos de ser parte del Todo y del UNO. La conexión con Dios no se realiza primordialmente mediante el HACER, sino a través del SER. Fomentar una espiritualidad que estimule el “estar con Dios” ante que el “hacer cosas para Dios”.

SANTIDAD NO ES CONFORMIDAD

El misterio de Dios resulta nebuloso e irreal, incluso para los hombres de fe; reducimos nuestra vida cristiana a una especie de propiedad gentil y social; falsificamos y deformamos las verdaderas perspectivas de la santidad; santidad se vuelve conformidad, aceptando lo que parece bueno de la sociedad en la que vivimos; se pone el acento en la “respetabilidad”.
La santidad, exige sacrificios, es un camino duro y austero, en el que debemos orar, ayunar, abrazar las dificultades, sacrificar muchas cosas por amor, con tal (importante esto) “de mejorar la condición del ser humano sobre la tierra”. El cristiano no puede vivir cómodamente, ignorando cuanto pasa a su alrededor, limitándose a hacer algunos gestos piadosos, mientras vive mediocremente su condición bautismal. Nuestro amor al prójimo no es simbólico, sino real.
Merton advierte: “Nos nos engañemos con fáciles e infantiles concepciones de la santidad”. Y pone algunos ejemplos concretos:
1- El pensar que un aumento de la práctica religiosa (“resurgimiento religioso”) suponga necesariamente que la sociedad se esté abriendo realmente a Dios. Dice: “! No lo aseguremos tan a la ligera!” Al contrario. “El mero hecho de que las personas estén asustadas e inseguras, se aferren a eslóganes optimistas, acudan con más frecuencia a la iglesia y busquen pacificar sus atribuladas almas mediante máximas estimulantes y humanitarias, no es en modo alguno índice de que nuestra sociedad esté volviéndose “religiosa”. De hecho puede que sea un síntoma de enfermedad espiritual”.
2- Una religiosidad superficial carente de raíces realmente cristianas e ignorante de las necesidades de los seres humanos y de la sociedad, puede acabar siendo en verdad una evasión de los compromisos cristianos, y puede acarrear a la fe mucho descrédito. “Nuestra época necesita algo más que personas devotas que acuden asiduamente al templo, que evitan cometer faltas graves (al menos las faltas fácilmente identificables como tales), pero que raras veces hacen nada constructivo o positivamente bueno. No basta con ser exteriormente respetable”.
3- Algunos cristianos pueden vivir en sociedades injustas, mientras cierran los ojos a toda clases de males a su alrededor. Es el caso de los sistemas totalitarios del pasado siglo XX, o las sociedades capitalistas de libre mercado, de mayoría cristiana. “Están interesados tan sólo en su propia vida de piedad compartimentada, cerrada a cualquier otra cosa sobre la faz de la tierra”. Esto ha supuesto, y Merton es profeta cuando lo dice, “que dicha pobre excusa de religión contribuye efectivamente a la ceguera e insensibilidad moral y, en última instancia, conduce a la muerte del cristianismo en naciones enteras o en zonas muy amplias de la sociedad”.

(De: “Vida y Santidad”, Thomas Merton)

Notas:
“Puede haber mucha bondad real en esta clase de respetabilidad. Las buenas intensiones no se pierden a los ojos del Señor. Sin embargo, siempre habrá cierta falta de profundidad y una determinada parcialidad y falta de totalidad que hará imposible que tales personas alcancen la plena semejanza con Cristo, o al menos, logren trascender las limitaciones de su grupo social haciendo los sacrificios que les exige el Espíritu de Cristo, sacrificios que los alejan de algunos de sus allegados y les impondrán decisiones de una solitaria y terrible responsabilidad”. VS; Página 29. Aquí hay una importante intuición de Thomas Merton, que toca un aspecto esencial de la llamada “religión tradicional”. Como un ejemplo de cristiano que logró superar este escollo pienso en Santa Teresita, cuya santidad Merton admira a pesar justamente de su entorno religioso y social, que ella consiguió trascender.
VS; Página 29.
VS; Página 30.
VS; Página 30.
VS; Página 30.
VS; Página 31.

Acerca DEL SILENCIO

SILENCIO CREATIVO CRISTIANO.
Imagínense a un hombre a un grupo de personas, solas o juntas en un lugar tranquilo donde no se puede oír la radio ni música de fondo, sentados simplemente una hora, o media hora, en silencio. No hablan. No rezan en voz alta. No tienen en sus manos papeles ni libros. No están escribiendo ni leyendo. No se ocupan en nada. Se limitan a penetrar en sí mismos, pero no para pensar de modo analítico, ni para examinarse, organizarse o planificar algo; simplemente para ser. Quieren estar juntos en silencio. Quieren sintetizar, integrarse a sí mismos, redescubrirse ellos mismos en una unidad de pensamiento, voluntad, entendimiento y amor que vaya más allá de las palabras, más allá del análisis, incluso más allá del pensamiento consciente. Quieren rezar, pero no con los labios sino con sus corazones silenciosos, y más allá aun, con el verdadero fundamento último de su ser. ¿Qué podría mover a la gente de nuestro tiempo a hacer una cosa así? ¿Lo hacen movidos por un sentido de humana necesidad de silencio, de reflexión, de búsqueda interna? ¿Quieren alejarse del ruido y la tensión de la vida moderna, al menos durante un rato, para relajar sus mentes y voluntades, y buscar un sentido bendito y saludable de unidad interior, reconciliación e integración?
Estos son, ciertamente, un buen número de motivos suficientes. Pero para un cristiano aún hay motivos más profundos que estos. Un cristiano puede realizarse a sí mismo, si es llamado por Dios a periodos de reflexión y silencio, de meditación reflexiva y de “escucha”. Nosotros tal vez somos demasiado habladores, demasiado activos en nuestro concepto de la vida cristiana. Nuestro servicio a Dios y a la Iglesia no consiste sólo en hablar y hacer, sino también en períodos de silencio, en los que escuchamos y esperamos. Quizá sea muy importante, en nuestra época de violencia e intranquilidad, redescubrir la meditación, el rezo intuitivo, íntimo y silencioso, el silencio creativo cristiano. (Thomas Merton, Amar y Vivir).


Un lugar silencioso en el mercado:
“Guarda silencio y reconoce que yo soy Dios” (Salmo 46, 10) Estas son palabras para que las llevemos con nosotros en nuestras vidas trajinadas. Podremos pensar en el silencio, en contraste con nuestro mundo ruidoso. Pero quizá podamos ir más allá y mantener un silencio interior aun mientras seguimos en nuestro quehacer cotidiano. Es importante mantener un lugar silencioso en el “mercado”. Ese es el lugar donde Dios puede morar y hablarnos. También es un lugar desde donde nosotros podemos hablar de manera sanadora con todas las personas con que nos encontramos en nuestro ocupado día. Sin ese lugar silencioso empezamos a dar vueltas como un trompo. Nos convertimos en personas aceleradas, que corren de un lugar a otro sin dirección determinada. Pero con ese silencio Dios puede ser nuestro guía en todo lo que pensamos, decimos o hacemos. (Henri NOUWEN).

TERESA HABLA DEL SILENCIO: ‘También se pueden imitar los santos en procurar soledad y silencio y otras muchas virtudes, que no nos matarán estos negros cuerpos que tan concertadamente se quieren llevar para desconcertar el alma”/ “Dice la primera Regla nuestra que oremos sin cesar. Con que se haga esto con todo el cuidado que pudiéremos, que es lo más importante, no se dejarán de cumplir los ayunos y disciplinas y silencio que manda la Orden; porque ya sabéis que para ser la oración verdadera se ha de ayudar con esto; que oración y regalo no se compadecen”/ “En silencio y esperanza procurar vivir siempre, que el Señor tendrá cuidado de sus almas”.

JUAN DE LA CRUZ HABLA DEL SILENCIO: “Lo que falta, si algo falta, no es el escribir o el hablar, que esto antes ordinariamente sobra, sino el callar y el obrar. Porque, demás de esto, el hablar distrae, y el callar y obrar recoge y da fuerza al espíritu… porque es imposible ir aprovechando, sino haciendo y padeciendo virtuosamente, todo envuelto en silencio”.

ISABEL DE LA TRINIDAD habla del silencio: “El silencio infinito reina en nuestra vida y permite a nuestras almas franquear el Infinito para perdernos, como si se tratase de un cielo anticipado, en el amor de Aquel que es nuestro Todo”.


ESCUCHAR CON FACILIDAD.
¿Alguna vez se ha sentado usted muy silenciosamente, no con la atención fija en algo, no haciendo un esfuerzo para concentrarse, sino con la mente muy quieta, realmente silenciosa? Entonces escucha todo, ¿no es así? Escucha tanto los ruidos lejanos como los que están más próximos, y también los sonidos inmediatos, muy cercanos a usted, lo cual significa que presta atención a todo. La mente no está restringida a un solo canal estrecho y pequeño. Si puede escuchar de este modo, con facilidad, sin esforzarse, hallará que dentro de usted se produce un cambio extraordinario, un cambio que adviene sin que ponga voluntad en ello, sin que lo pida; en ese cambio hay gran belleza y profundidad de discernimiento. (K)

LA PRÁCTICA DEL SILENCIO.
En lugar de hablar desde el primer momento de la meditación, es conveniente hacer previamente ejercicios de silencio asociándolos constantemente a la vida meditativa, para dejar que el espíritu, el alma y el cuerpo se sosieguen. El esfuerzo que se realiza para llegar a la calma física implica, de una parte, cuidar el funcionamiento armónico de todos los órganos, y también un ejercicio específico de total inmovilidad del cuerpo. La calma tiene dos formas: una es la de la vida y otra la de la muerte. La calma de la muerte reina allí donde ya nada se mueve. La de la vida se hace cuando nada estorba o detiene el movimiento de transformación. Por eso el cuerpo vivo está en paz cuando nada impide el movimiento de todas las funciones, como por el ejemplo la de la respiración. La calma del cuerpo supone también la inmovilidad de todos los miembros. Se puede practicar de pie o tumbado, pero preferentemente en posición sentada. El orante se niega todo movimiento, por ligero que sea, y soporta esta inmovilidad el mayor tiempo posible. Esta inmovilidad es ya una energía que ayuda a la meditación. (K.G. Dürckheim

miércoles 3 de agosto de 2011

MERTON, visto por Ernesto Cardenal.

Así narra Ernesto Cardenal, en el primer volumen de su autobiografía, “Vida Perdida”, su encuentro con Thomas Merton, a su llegada como postulante al monasterio trapense de Getsemaní:

-1-
”Al poco rato llegó a hablarme Thomas Merton. Se me presentó con mucha humildad, y no me dijo su nombre sino tan sólo: “Yo soy el maestro de novicios”.

Igualmente el Abad se había referido antes a él sin mencionar su famoso nombre. Después que yo había llenado todos los requisitos exigidos junto con la solicitud de ingreso, me escribió informándome que había sido admitido, y agregaba: “Tendrá de maestro de novicios uno que también es poeta, en cierto sentido, y estudió como usted en la Universidad de Columbia”. Lo cual me había llenado de gozo doblemente: primero al saber que mi maestro de novicios sería Thomas Merton, a quien yo le había leído prácticamente todos sus libros, e incluso traducido; y segundo porque eso yo no lo había sabido antes al pedir mi admisión, y era una garantía de que yo no había escogido ese monasterio buscándolo a él sino a Dios. En su último libro él había escrito que seguramente lo enviarían a una nueva fundación. El que aun estuviera allí y además fuera el maestro de novicios era algo inesperado. Había sido nombrado maestro de novicios como un año antes que yo llegara. Y eso lo atribuí a una acción especial de Dios para mí. Más claramente lo sentiría así cuando dejó de ser maestro de novicios pocos años después de que yo me fuera.

Lo primero que Merton me dijo fue que el P. Abad le había encargado que me dijera que una condición para que yo entrara al noviciado era que renunciara a escribir. Yo le dije tranquilamente que desde que había escogido entrar a esta orden ya había hecho esta renuncia.

En realidad yo muy bien sabía por los libros de Merton que la trapa es una orden anti literaria. Esto que a mí me repugna era una de las razones por las que yo había escogido esta orden. Para entregarme totalmente a Dios yo debía renunciar a todo. Podría haber escogido la orden benedictina, que es de la familia de la trapa, y que se dedican principalmente a las artes y las letras, pero entonces no habría renunciado a mi gran amor: la poesía. También podría haber entrado a un seminario y ser sacerdote en Nicaragua, pero entonces no habría renunciado a otro gran amor: mi tierra y mis lagos. Yo debía ir a Dios despojado de todo. Merton recalcaba mucho en sus libros que como trapense escritor él era una excepción. Al principio no escribía, hasta que un Abad, anterior al actual, le ordenó que lo hiciera.

En cuanto al escribir, ahora me cuenta Merton que el presente Abad no está muy seguro de que él deba seguir escribiendo; en cualquier momento podría prohibírselo también a él. También era posible que a mí me permitieran escribir en el futuro. Esto no se podía saber. Pero era muy bueno para la paz interior estar con esta indiferencia. La prohibición era de escribir profesionalmente, es decir escribir para publicar. Pero sí podía tener mis cuadernos y libretas, y escribir, apuntes, notas, reflexiones.

Merton tenía unos ojos vivaces y regocijados; un semblante ingenuo e inocente; la cara redonda, y empezaba a ser calvo. Era un poco más gordo que delgado, no una figura alargada del Greco como yo lo imaginaba. Los trapenses no podían ser fotografiados, y así los millones de personas que leían a Thomas Merton no podían tener una idea de cómo era. Era relativamente joven; tenía diez años más que yo, y yo entonces tenía treinta y dos años.

También entre las primeras cosas que me habló fue preguntándome qué posibilidad había de una fundación trapense en Nicaragua. Precisamente la semana anterior había estado el P. Visitador y les había dicho que el próximo monasterio lo debían fundar en América Latina; porque ya habían hecho 12 fundaciones en los Estados Unidos, y de ahora en adelante todas las nuevas fundaciones debían ser hechas allá. Yo le hablé de la belleza de Nicaragua. Y también cómo había allí personas interesadas en apoyar una fundación trapense, sobre todo con motivo de mi ingreso aquí. Vi cómo le importaba mucho este tema, y me dijo que habría que hablar de esto al P. Visitador.

Yo iba a pasar pronto al noviciado, porque dentro de pocos días la casa de huéspedes estaría llena de visitantes. Me dijo que la austeridad física la podría aguantar muy bien, porque se dormía lo suficiente, siete horas —y siesta si uno quería, en el verano. La dieta no excluía más que carne, huevos y pescado, y que uno podía comer hasta llenarse. Hay desayuno, y éste era de café y pan. Me dijo que sin embargo debía estar preparado para luchar, porque también tendría que sufrir, y por lo que más tendría que sufrir era por el silencio y por la vida continuamente en comunidad. En cuanto a experiencias místicas yo ya sabía, me dijo, que no había que contar con ellas. Y alguien había definido la vida del monje como un semi-éxtasis y cuarenta años de aridez. Hablaríamos más al día siguiente”.


-2-
Al día siguiente regresó Merton a mi habitación como lo había anunciado. Estuvo viendo con mucho interés los libros que yo había traído y se llevó algunos para leerlos. Lo de los libros había sido por recomendación suya. Poco antes de mi salida de Nicaragua me había escrito una carta ya personal como maestro de novicios, para infundirme tranquilidad y ánimo; y en ella me decía que no vacilara en llevar conmigo un lote de libros, aquellos de mi preferencia. De no ser así yo hubiera llegado despojado de todo libro.

También le mostré algunas fotos de mis esculturas y le gustaron. Me las pidió para mostrárselas al P. Juan de la Cruz que era ceramista.

Hablábamos en español, porque su español era mejor que mi inglés. Lo que me sorprendió mucho, porque en todo lo que había escrito de su vida yo no recordaba que él contara nunca que estuviera aprendiendo español; y cómo lo había aprendido muy bien en el encierro de la trapa, me parecía como milagro. Más me sorprendería después, cuando me fui dando cuenta que los idiomas que él conocía eran muchos, muchísimos; nunca supe cuántos. Y ésta no fue la única cosa suya que yo vería después como milagro.

Me dijo que ahora él iba a perfeccionar más el español con mi conversación y con los libros que había llevado, porque antes había tenido muy pocas oportunidades de practicar el español. Me dijo que yo iba a practicar el inglés teniendo conversaciones con un monje que había sido un escritor de Hollywood, el que le hacía los argumentos a Beatriz Lillie, y autor de muchas otras películas.

Le agradó mucho ver el librito de pájaros que yo había comprado en Miami, y me dijo que eso me iba a ser de mucha utilidad en el monasterio.

Ahora yo ya iba a pasar de la casa de huéspedes al noviciado.

Mucho tiempo después me contaría Merton que cuando el Abad recibió mi solicitud de ingreso, se la dio a él para que me contestara rechazándola. Algunos latinoamericanos habían llegado antes y casi no habían durado nada. El Abad pensaba que las diferencias de clima, idiosincrasia, etc., hacían que este monasterio no fuera propio para los latinoamericanos, y en caso de que debieran regresarse sin tener con qué, los pasajes en avión serían una carga para el monasterio. Pero cuando Merton recibió mi solicitud, sintió —según me dijo— muy claramente en su interior una especie de voz que le decía: “Hay que recibirlo. Es muy importante que él venga aquí”. Eso hizo que él contraviniera la orden expresa del Abad, y así fue que a mí me llegara una aceptación de ingreso.

Y yo ahora pues ya iba a entrar al noviciado”.

viernes 29 de julio de 2011

MERTON EN LA HABANA

“Abril de 1940. La Habana, Cuba.
La Habana es una ciudad bañada por el éxito, una buena ciudad, una ciudad real. En ella hay abundancia de todo, inmediatamente accesible y, hasta cierto punto, accesible a todos.
La animación de los bares y cafés no está secuestrada tras las puertas y los vestíbulos: todos ellos están ampliamente abiertos a la calle, y la música y las risas llegan a la calle, y los peatones participan en ella, de la misma manera que los cafés participan también en el ruido, las risas y la animación callejera.
Ésa es otra característica de la ciudad de tipo mediterráneo: la completa y vital compenetración de todos los ámbitos de la vida pública y comunitaria. La vida real de estas ciudades se encuentra en la plaza del mercado, en el ágora, el bazar y los soportales.
Vendedores de billetes de lotería, de tarjetas postales o de ediciones extraordinarias de periódicos vespertinos (casi cada minuto aparece una nueva edición de algún periódico) entran y salen de la multitud y de los bares. Bajo los soportales se instalan músicos que cantan y tocan algún instrumento para desaparecer después.
Si estás comiendo en una mesa de las terrazas de la plaza, participas en la vida de toda la ciudad. A través de los soportales puedes ver, recortada contra el cielo, una musa alada de puntillas en la parte superior de una de las cúpulas del Teatro Nacional. En la parte baja, los árboles del parque central: y todo el mundo parece estar circulando a tu alrededor, a pesar de que los viandantes literalmente no vienen ni van de las mesas en que se sientan los comensales, que comen sabrosos platos de judías negras o pintas.
El alimento es abundante y barato: pero es que, además, si no tienes dinero, no tienes que pagar por él, porque es de todo el mundo, se desborda e inunda las calles. Tu animación no es algo privado, pertenece a todos los demás, porque cada uno te lo ha dado a ti en primer lugar. Cuanto más observas la ciudad y te mueves por ella más amor recibes de ella y más amor le devuelves, y, si así lo deseas, pasas a formar parte integrante de ella, de todo complejo abanico de alegrías y ventajas, y esto, después de todo, es el modelo mismo de la vida eterna, un símbolo de salvación. Esta pecadora ciudad de La Habana está construida de tal manera que, cualquiera que sepa vivir en ella, puede interpretarla como una analogía del reino de los cielos”.
(Thomas Merton, Diarios I, Páginas 39-40))

Desde Matanzas


"Mi tarea espiritual verdadera consiste en dejarme ser amado, plena y completamente y creer que en este amor llegaré al cumplimiento de mi vocación. Sigo intentando llevar mi ser errante, inquieto y ansioso a su hogar para que pueda descansar en el abrazo de su amor".
Henri Nouwen

Luego de días de ausencia en el blog he encontrado una manera de dejar alguna entrada cada cierto tiempo, y lo aprovecho para comunicarme con las amigas y amigos que pasan por acá. Esta será por tanto una entrada algo especial, en la que incluyo diversos temas: les contaré lo que hago ahora, y les compartiré lo que leo, sin que falte tampoco algo de TM.
Desde el día 1 de julio estoy viviendo en la ciudad de Matanzas, Cuba; encontré un alquiler, cerca de una familia amiga, un lugar tranquilo y agradable, con mucha luz y cerca del mar. Quería tener tiempo para reflexionar acerca de mi vida y mi trabajo, y me he tomado un descanso, sin nada que hacer; un verdadero lujo que no probaba desde hace más de 20 años cuando, casi a la fuerza, experimenté algo similar. De aquella vez salieron muchas bendiciones, de modo que confío será otra vez un momento de gracia; cada cierto tiempo se hace necesario hacer una buena revisión de vida en la que nos miremos de frente, más allá de las ilusiones, y demos el salto, ese que es necesario para crecer. Los primeros días dormí mucho, luego empecé a caminar, a sentarme frente al mar, a leer, a ver películas, a escuchar música; los atardeceres son preciosos, llueve con regularidad, y los pensamientos se hacen más claros con el paso de los días. Lecturas de estos días, de literatura en general, tres libros: “Crónica del pájaro que da cuerda al mundo” de Haruki Murakami, “El hombre que amaba a los perros”, de Leonardo Padura, y “A la sombra del mar. Jornadas cubanas con Reinaldo Arenas”, de Juan Abreu. Y luego, los autores de siempre, leídos y releídos una y otra vez, porque tienen jugo suficiente para saciar la sed, y algún descubrimiento, esta vez de la mano de otro Thomas, esta vez de apellido Moore, y el título, “El cuidado del alma. Segunda parte”. . Es increíble como se aclaran las ideas cuando tomamos distancia de la realidad que nos agobia, y yo estoy viendo que lo que intuía en medio de la bruma era lo mejor, lo más coherente, lo que estaba incubando y creciendo dentro de mí. El paso siguiente en mi crecimiento espiritual, que no reniega para nada de lo vivido, pero exige algo nuevo, es un espacio más abierto, donde pueda acceder a otro nivel de experiencia.
Cada atardecer, cerca de las ocho de la noche, salgo a caminar por la orilla de la carretera, frente al mar, y mientras leo algún texto sugerente puedo meditar en mi presente, y repasar con libertad lo que he vivido. Estoy seguro que de esta experiencia saldrá un tiempo mejor, en el que viva con más plenitud, alegría y paz.


RECONOCER EL MISTERIO: “Elías fue un hombre como nosotros. Andrés, Pedro, Santiago y Juan fueron hombres como nosotros. Como ellos, nosotros venimos con nuestras debilidades a Cristo para que Su fortaleza pueda ser glorificada en la transformación de nuestra debilidad. Un día tras otro el hombre exterior se desmorona y derrumba, y el hombre interior, el Hombre Celestial, nace y crece en sabiduría y conocimiento a los ojos de los hombres, que no pueden reconocerlo. Tampoco nosotros podemos reconocernos a nosotros mismos en la imagen que de Él se forma en nosotros, porque todavía no poseemos los ojos adecuados para verle. Sin embargo, sospechamos que Él está presente en el misterio no revelado a los sabios y prudentes. Sentimos sus ojos sobre nosotros cuando nos sentamos bajo la higuera y en ese momento nuestras almas se abren a la vida al toque de Su dedo oculto. Este destello de fuego es nuestra soledad, que sin embargo nos une a todos nuestros hermanos. Es el fuego que ha avivado al Cuerpo Místico desde Pentecostés de manera que cada cristiano es, al mismo tiempo, un ermitaño y la Iglesia en su conjunto, y todos nosotros somos miembros los unos de los otros. A nosotros nos toca reconocer el misterio de que tu corazón es mi ermita y de que el único camino de que dispongo para adentrarme en el desierto es cargando con tus tribulaciones y dejándote a ti las mías”. (29 de noviembre de 1951)
Thomas Merton


VACÍO, MISTERIO Y TRANSFORMACIÓN:
Tres presupuestos importantes para adentrarse en la vida del espíritu, según Thomas Moore:
1. VACÍO: penetrar en la esfera de lo espiritual y lo santo, el recinto de lo sagrado, requiere una mente y un corazón profundamente abiertos; debemos ser conscientes de nuestra ignorancia, estar dispuestos a renunciar a nuestras ideas preconcebidas y escuchar y obedecer las señales (Evitar: Adhesión ciega, entusiasmo desmedido, mala elección de líderes y creencias). Importante cultivar el vacío en nuestra vida; la religión celebra los espacios vacíos y los convierte en un modelo y un ideal. Debemos hallar el lugar vacío, el orificio en el entramado de significado y cultura a través del cual pueda penetrar lo infinito y misterioso. Si un acto religioso o espiritual carece de este vacío, se llena de sí mismo y se convierte, contrariamente a lo que pretendíamos, en un edificio defensivo contra el poder purificador del misterio. Hasta una mínima porción de vacío contribuye a potenciar nuestra vida espiritual. En fin, que lo importante no es lo que sabemos, sino lo que no sabemos.
2. MISTERIO: El misterio es la auténtica sustancia de la vida espiritual y religiosa. Creer es una palabra de amor, no de pensamiento; debemos reimaginar constantemente nuestro patrimonio religioso. La falta de fe es tan importante como la fe; la fe empieza por una confianza elemental. La fe no consiste en asegurarse uno mismo que todo saldrá bien, sino en confiar en que los misterios que nos envuelven tienen un significado. La fe significa confiar en una forma de pensar y de vivir que tal vez no sea aceptada universalmente ni sea verificable desde un punto de vista intelectual. La fe es vacía, es una confianza firme en el yo y en la vida, por más que las circunstancias indiquen lo contrario.
3. TRANSFORMACIÓN: La apreciación del vacío y del misterio facilita un mayor movimiento hacia el espíritu, un movimiento hacia adentro, hacia abajo y hacia lo profundo. Un proceso natural de transformación, que generalmente empieza con las experiencias más mundanas y difíciles y acaba mostrando el oro que se halla oculto entre ellas.

Ideas para reflexionar:
1. Hay que pasar por la vida de puntillas en lugar de pisando fuerte, ser más hueco que sólido, confiar más y creer menos.
2. A veces se observan mejor las normas y las enseñanzas cuando se las ignora.
3. Un creyente es una persona capaz de permanecer leal a la vida pase lo que pase.
4. Las personas con una profunda espiritualidad poseen una moral refinada, pero en algunas cuestiones dan la impresión de ser inmorales.

(Ideas tomadas del libro “El cuidado del alma. Segunda parte”, de Thomas Moore)

miércoles 29 de junio de 2011

POR EL MOMENTO...

A las amigas y amigos del blog, agradecido por vuestra fidelidad a lo largo de varios años, les informo que temporalmente dejaré de escribir; estoy viviendo un momento clave en mi proceso vocacional y humano, y para ello estaré temporalmente fuera de mi comunidad religiosa. Donde voy no tendré conexión a internet, pero sí estaré cerca de TM, y confío poder regresar en el futuro. Todo lo escrito durante estos años quedará en la red, a disposición de los interesados en la vida y la obra de Merton.
Un fuerte abrazo a todo, y hasta entonces.
GRACIAS!!!!!

SANTIDAD: RESUMEN

Espero y confío en que no dejen de surgir en la Iglesia personas y grupos que proporcionen una nueva visión al mundo. En definitiva, la Iglesia ofrece a la gente la visión de Jesús. Pero esa visión de una vida desde la confianza y el amor no debe trasmitirse en un lenguaje moralizante, sino en la preparación de un nuevo encuentro que se exprese en un lenguaje también nuevo”. (Anselm Grün)
La santidad es para los cristianos la plenitud de una vida de fe. Es el ideal que han perseguido, el proyecto que han buscado vivir, la motivación de sus esfuerzos, el premio de su confianza. En el Evangelio Jesús nos invita a ser santos, es decir, ser de Dios, pertenecerle de verdad, obrando en consecuencia, y la Iglesia desde sus comienzos vio en algunos de sus hijos e hijas un modelo acabado de una realidad que rozaba la utopía. De hecho, la santidad tuvo por momentos una imagen tan poco real, tan poco práctica, que los santos se veían como excepciones dentro de una mayoría común y mediocre. De hecho parecía que una persona o nacía santa o no lo era, y las hagiografías eran una sucesión de acontecimientos extraordinarios, visiones, y un largo etcétera, que alejaba ostensiblemente al hombre o la mujer santos de la vida común, del ser humano real y concreto. El Concilio Vaticano II quiso devolver a la santidad el valor universal que le pertenecía y proclamó que todos los cristianos están llamados a la santidad, independientemente de su estado de vida, y la belleza de esta propuesta volvió a brillar en el horizonte con nuevos colores, vinculando además todo esfuerzo por ser santo con el mejoramiento de la sociedad civil. El papa Juan Pablo II en uno de sus últimos escritos afirmaba con claridad que cuando se le pregunta a un catecúmeno si quiere ser bautizado se le está preguntando si quiere ser santo.

Al mismo tiempo la santidad está íntimamente conectada con la conversión: la santidad se va realizando en la persona al mismo tiempo que ésta entra en esa dinámica constante de conversión, que es la respuesta a la llamada de Dios para ir transformando su vida y su ser a la imagen de Cristo, imagen del hombre nuevo amado por Dios y redimido. La conversión no es algo puntual, sino gradual, por etapas sucesivas y crecientes. Dios se nos va revelando en el sustrato de la propia vida, la de cada uno, enseñándonos a ser hijos, y necesita de nuestra docilidad para ir cambiando lo que sea necesario cambiar. La conversión puede tener lugar a diversos niveles: intelectual, moral,…. hasta conseguir un cambio radical en la vida de la persona. Hay momentos puntuales, definitorios en el camino de un ser humano, virajes que marcan su trayectoria existencial, pero no puede hablarse de una conversión definitiva hasta el final de la vida, porque es un proceso constante que no cesa, que siempre da un nuevo salto, para que la persona vaya abandonando capas superfluas de su ser y llegue ante Dios en la desnudez de la Verdad.

Pero el ser humano de estos tiempos, más libre y más osado, asume la invitación a ser santos desde nuevas coordenadas; una buena parte de los cristianos no quiere renunciar a la santidad como meta de su vida de fe, pero al mismo tiempo quiere acceder a esta desde otros presupuestos. Desde el pasado siglo han puesto sus ojos en algunas figuras espirituales que, estando o no canonizadas, eran testigos de una búsqueda diferente a los patrones habituales y hagiográficos, pero no menos auténticos, de alcanzar la plenitud en Dios. Y la irradiación de estos hombres y mujeres ha iluminado muchos corazones, incluso más allá de las fronteras de la Iglesia. De hecho muchos teólogos y pensadores se han acercado al tema de una manera nueva, actualizando así las motivaciones de los cristianos para buscar la santidad, sin renunciar por ello a los aspectos esenciales que han acompañado esta búsqueda desde el tiempo de los apóstoles.

¿Qué tiene de nueva esta “santidad” que ellos nos proponen? ¿Es una santidad verdadera, cristiana, eclesial? Es desde estas coordenadas que me interesa releer la propuesta espiritual de Thomas Merton, descubriendo como a lo largo de su vida y en sus escritos, en especial en los más personales y biográficos, se va desplegando una experiencia de vida nueva en Cristo, que se desarrolla fundamentalmente a tres niveles: una nueva identidad que parte de una vivencia personal de lo trascendente, la búsqueda de una nueva comunidad donde vivir y hacer plena esa vivencia, y el desarrollo de una nueva forma de comunicar la experiencia, un nuevo lenguaje.

Este esquema puede aplicarse a figuras de estos tiempos, como es el caso de Simone Weil o Henri Nouwen, o también a otras del pasado, como Santa Teresa o San Juan de la Cruz. En la medida en que se van confrontando unas con otras va apareciendo como un patrón que las reúne e identifica. Es lo que me he dado en llamar santidad “imperfecta” (por contraponerla a una santidad entendida como “perfección moral”) y que también otros han llamado “espiritualidad de la imperfección”. Es el deseo de una santidad, “perfección” o plenitud que esté fundada en el Amor, y que, aunque lucha por alcanzar cuotas de perfección, acepta al mismo tiempo limitaciones insuperables, y además, hace de ellas, un trampolín para llegar a Dios; es el paso desde una santidad entendida fundamentalmente como desafío a una santidad entendida como rendición. O también podríamos hablar del paso de una santidad entendida como ruptura a una santidad entendida como comunión. Estas “nuevas” maneras de entender la llamada de Dios a la santidad resultan más comprensibles e imitables para la mayoría de los creyentes, sin rebajar las exigencias que tal vocación o estado exige a los discípulos de Cristo.

martes 21 de junio de 2011

COMPROMISO

“El compromiso de Merton, todos vienen a coincidir, fue radical, una lealtad desde las estructuras monásticas, no hacia ellas únicamente sino, ante todo, hacia Dios. Con un conocimiento vastísimo de su tradición, y habiendo alzado en ocasiones la voz a favor de la reforma de la vida monástica, nunca se detuvo con especial empeño en cuestiones superficiales de forma y estilo. Sin embargo, insistió en la idea de que algunos monjes de probada capacidad y madurez pudieran establecer un diálogo serio con todas aquellas personas interesadas en las dimensiones internas del crecimiento humano y de la experiencia espiritual: poetas, filósofos, psiquiatras, artistas, que pudieran reconocer en los monjes a otros “profesionales” como ellos mismos que deliberadamente profesan una clase de experiencia y una visión diferente en su praxis cotidiana”. (F. Beltrán)

lunes 13 de junio de 2011

TU AMOR LO PUEDE TODO

“No me preocupa nada, Dios mío; lo único que sé es que deseo amarte. Deseo que mi voluntad desaparezca en la tuya. Deseo ser un solo espíritu contigo. Deseo llegar a ser tus propios deseos y pensamientos. Deseo vivir en medio de tu Trinidad y alabarte con las llamas de tu propia alabanza. Sabiendo todo esto, Dios mío, ¿Por qué me dejas sólo en mi autosuficiencia, en mi vanidad y en mi orgullo, en lugar de arrastrarme al centro mismo de tu amor? No te demores más, Dios mío, en hacerme santo y una sola cosa contigo, en vivir en mí. Y si ello exige sacrificio, Tú me darás el coraje necesario para hacer todos los sacrificios del mundo. Tú me consumirás en tu propio e inmenso amor. No te asuste, pues, mi debilidad, oh Dios, porque Tú lo puedes todo. Yo creo en tu amor por encima de todas las cosas y he olvidado todo lo demás (es decir, quisiera olvidarlo). Vivo para tu amor, con tal de que Tú lo quieras”.

Thomas Merton
“Diálogos con el silencio”
Página 31

martes 24 de mayo de 2011

EXPERIENCIAS JUVENILES DE TM (2)

En el relato autobiográfico que seguimos Merton introduce el tema del egoísmo, pues eso es para él el pecado, y dice que empezó a crear una fuerte resistencia a todo lo que fuera no hacer su propia voluntad, y eso fue reforzado cuando recibe la independencia o emancipación económica de parte de su abuelo, que intentaba asegurar su manutención y estudios para los años siguientes. Junto a esa nueva independencia Merton desarrolla otras cualidades: pasa temporadas en casa de su padrino , un amigo de su padre, y aprende a fumar, lee nuevos libros, descubre y disfruta de la música de la época, y amplia sus conocimientos de pintura, teatro y cine, siempre fundados en valores más cosmopolitas y mundanos; y apunta que en la casa de su padrino desarrolla “una maledicencia deslenguada contra quienes no estaba de acuerdo o cuyos gustos o ideas chocaban con los míos”.

De los días de la enfermedad de su padre, Thomas Merton recuerda en su autobiografía un momento particular:

Un día encontré su cama cubierta de notas de papel azul, sobre las que había estado dibujando. Y eran verdaderos dibujos. Pero no representaban nada de lo que había visto…retratos de pequeños santos, airados, de aspecto bizantino, con barbas y grandes aureolas”.

(Merton interpreta así el acontecimiento: De todos nosotros, mi padre era el único que tenía alguna fe Ahora no dudo de que tenía mucha fe, que tras los muros de su aislamiento, de su inteligencia y su voluntad incólumes, no embarazadas por la parcial obstrucción de ninguno de sus sentidos, se habían vuelto a Dios y se comunicaban con Dios, que estaba con él y en él y que le daba, sin duda, luz para entender su sufrimiento en su propio bien y perfeccionar su alma”. M7C, 129).

La figura paterna y lo que acompañó el momento de su muerte son un referente muy importante para el crecimiento espiritual de Merton. Son como detonantes, estímulos, que hacen que el joven tome consciencia de una realidad más honda. Como un anuncio de lo que vendría resultó lo sucedido en Roma, en el año 1933; así lo resume Ramón Cao Martínez en su biografía de Thomas Merton:

Una noche, en su habitación, aun con la luz encendida tuvo por un instante la vivísima sensación de la presencia de su padre. Fue una experiencia sobrecogedora que le hizo percibir con horror el sinsentido de su vida, su profundo extravío moral, su vacío religioso. Experimentó desde lo más hondo el deseo de una transformación radical. Fue como una oración que brotaba de la totalidad de su ser, desde sus más remotas raíces. Entre abundantes lágrimas habla a Dios, como nunca lo había hecho, y a su padre “como si fuera una especie de intermediario”.

Su entrada a la universidad en 1933 empeora la situación, y al año siguiente se ve obligado a regresar a Estados Unidos. Hay en estos años de su vida una cadena de hechos adversos, de conductas desordenadas, que si bien responden a ambientes concretos en los que el joven Merton se desenvolvía, suponen también cierta elección de su parte. Hay una experiencia fuerte que va minando su seguridad y confianza interior, y que le prepara para el momento de dar el “salto” espiritual. Merton describe varios momentos que son como fogonazos que van provocando en él un despertar progresivo a la conciencia de su propia verdad y a la presencia de Dios. Estos acontecimientos no resultan siempre claros en el momento que suceden, pero luego, mirando atrás, caemos en la cuenta de que resultaron claves para que consiguiéramos liberarnos de lo accidental y encontrásemos lo esencial.

sábado 21 de mayo de 2011

EXPERIENCIAS JUVENILES DE TM

Las experiencias que Thomas Merton vive en los primeros años de su vida le van preparando indudablemente para el salto cualitativo que supone en un momento concreto su petición de ser bautizado en la Iglesia católica. El ambiente artístico en que vivió, la pérdida de su madre, los continuos viajes, la enfermedad y la muerte de su padre, los múltiples contactos con personas y ambientes muy diversos, su temprana autonomía económica, sus dotes naturales y su sensibilidad, todo esto fue sembrando las bases para el momento en que Merton siente la llamada de Dios con tanta fuerza que le impele a salir de sí mismo para encontrar al que le habla en su corazón.

El período de 1929 a 1936 fue decisivo en este proceso de maduración que le dispuso para la conversión; fue una etapa difícil para Merton por muchas razones. No en balde, en su autobiografía, le da el título de “El horror del infierno”. Cuando ingresa en Oakham, otoño de 1929, se describe a sí mismo como “aquel muchacho de 14 años, cohibido, desmañado y bastante sincero, pero interiormente infeliz, que llegó con una maleta, un sombrero de fieltro, un baúl y una sencilla caja de madera con golosinas”. Luego vendrá la enfermedad de su padre, que lo preocupa y llena de tristeza; al evocar aquellos momentos, Merton se describe a sí mismo con fuerza dramática:

Me senté en la sala oscura y triste, incapaz de pensar, de moverme, con los innumerables elementos de mi aislamiento agolpándose sobre mí desde todos los lados: sin, hogar, sin familia, sin patria, sin padre y al parecer sin amigos, sin paz interior o confianza o luz o comprensión propia… sin Dios, también sin Dios, sin cielo, sin gracia, sin nada”.

Owen Merton fallece de un tumor cerebral en 1931, tras una prolongada enfermedad que el joven Tom sigue con angustia , y que le dará a esa etapa de su vida adolescente un tinte aun más dramático y triste, cerrando así una etapa, la de la niñez y la inocencia, ya lastimada además por la situación concreta en que había tenido lugar años atrás la muerte de su madre. Cuando Merton cumple 15 años, está teniendo lugar en él una transformación interior, que es producto de toda su historia personal, pero que lleva además los naturales cambios de la edad y la maduración de todo ser humano. Aunque él lo describe con tintes oscuros y sin nada positivo, al leerlo no podemos dejar de ver a cualquier adolescente de esa edad, y algunos aspectos que apuntan a lo que Merton será en el futuro:

En 1930, después de cumplir los 15 años y antes de que estas cosas ocurriesen, empezó a prepararse el camino para mis variadas rebeliones intelectuales con un súbito y muy definido sentido de independencia, un despertar de mi propia individualidad que, por ser natural a esa edad, tomó un insano giro egocéntrico. Todo parecía coadyuvar a envalentonarme para separarme de los demás y seguir mi propio camino".
(Continuará...)

Apenas 6 días para viajar a Santo Domingo, capital de la Republica Dominicana, y luego participar del Capítulo Regional OCD del Caribe, entre el 1 y el 4 de junio. Lo vivo como el final de una etapa, de un trienio, cuya primera parte viví en Madrid, asistiendo a la Universidad de Comillas, y la segunda, en la Habana, al frente de la casa y parroquia de Nuestra Señora del Carmen. El año que viví en Madrid fue altamente positivo, por lo que aprendí, por lo que logré, por lo que recibí, por las personas que conocí. Luego, la segunda parte del trienio ha sido más difícil, muy difícil en algunos momentos, experiencias dolorosas y purificadoras. Sólo cuando deje esta etapa atrás podré valorarla justamente.

Ahora, ante la perspectiva de recibir otro destino y otra responsabilidad, experimento sentimientos encontrados: mi espíritu solitario y aventurero me empuja siempre a cualquier otra parte; al mismo tiempo miro alrededor y me da tristeza abandonar algunas cosas, personas, lugares y proyectos. Pero aquí estoy: abierto, disponible, esperanzado.

Como siempre digo, al estar lejos de casa, fuera del país, no puede prever si tendré conexión para actualizar el blog. De modo que entre el 26 de mayo y el 5 de junio estaremos de viaje, si es posible dejaré alguna entrada para informar del Capítulo

jueves 19 de mayo de 2011

MODELOS DE SANTIDAD

Son muchos, pero creo que todos se complementan, no se excluyen necesariamente, y personalmente me interesa destacar la comprensión de la santidad entendida como ruptura, como novedad, como comunión y como rendición. Así, podemos acercarnos a la santidad cristiana desde diversos ángulos, que se complementan y purifican mutuamente, y que dependen del modelo de santidad que intentamos presentar, de las posturas teológicas, o de la imagen de Dios a la que el modelo apunta.

Intentemos una descripción somera de algunos de estos “modelos” o modos de comprender la santidad en la historia de la Iglesia y la vivencia concreta de los cristianos:

a- La santidad como ascesis y esfuerzo personal: La santidad que depende fundamentalmente de lo que hacemos nosotros, de nuestro esfuerzo y voluntad. Qué pone el énfasis en las prácticas penitenciales y las renuncias del individuo, que se vincula siempre a la austeridad extrema. Que toma poco en cuenta lo “gratuito” de la fe, que puede acabar exigiendo a Dios, negociando con él.

b- La santidad como privilegio: Puede entenderse la santidad como una especie de “clase alta privilegiada” en la Iglesia, y luego en el “Cielo”, por encima del común de los mortales. Una especie de aristocracia espiritual. Ellos han alcanzado o se les ha concedido algo que no está al alcance de todos. Pienso ahora en la insistencia de las familias religiosas de asegurar el linaje de sus fundadores, en la pertenencia a las clases altas de la sociedad de una buena parte de los hombres y mujeres canonizados por la Iglesia. Este modelo encuentra rechazo en el marco de una mentalidad “democrática”.

c- La santidad como problema: La santidad aparece ante algunos como una idealización de la realidad que hay que superar. No tiene sentido hablar hoy de santidad. Las hagiografías del pasado son el mejor ejemplo de que los santos no nos valen hoy como modelos de seguimiento y vida cristianos. Para muchos cristianos ser santo no es una opción en la que piensan, y si lo hacen simplemente les causa preocupación e inquietud, porque lo ven como algo imposible.

d- La santidad como desafío: Un ideal alto es una invitación siempre a buscar más allá de nosotros mismos, a salir de nuestra vida, dejar todo atrás y emprender un camino de liberación de todo lo terreno y mundano, de lo sensible y sensual. Algunas corrientes de la psicología contemporánea valoran la santidad cristiana como estímulo para la búsqueda de plenitud humana. Muchos hombres y mujeres de fe dedicaron su vida a buscar la santidad, a imitar a Jesús, a tratar de vivir la propuesta del Evangelio. La santidad es un desafío a la mediocridad o conformidad en la vida.

e- La santidad como ruptura: Esta comprensión de la santidad cristiana es propia de fuertes experiencias de conversión. Hay un salto, un cambio total de vida. Se rompe con todo lo anterior para asumir una nueva realidad. Hay siempre un antes y un después, una experiencia transformadora, que destaca y aparece como algo espectacular de alguna manera. Renuncia de dimensiones vitales que antes fueron importantes.

f- La santidad como rendición: La santidad es ponerse en las manos de Dios, y aceptar su voluntad en todo. Más que mi obra es su obra, es mi entrega generosa a Dios lo que me alcanza la liberación y la plenitud. Puede ser un pretexto en los comienzos de la vida espiritual para no trabajar por la madurez cristiana, y es generalmente el signo de madurez espiritual en aquellos que han hecho un camino interior durante años. Hay una confianza total, un abandono, que no supone en modo alguno “pasividad”, sino aceptación confiada.

g- La santidad como comunión: Habla de la santidad buscada, recibida y vivida en el seno de una comunidad. Redimensiona el esfuerzo individual por alcanzar la perfección a una búsqueda en común, con otros, compartiendo juntos alegrías y penas, esfuerzos y confianza. Tiene su imagen perfecta en el Misterio de la Trinidad Santa, que es comunión de personas. Es contraria a una búsqueda individual y egoísta de “perfección”, y está además abierta al mundo.

Vistos estos modelos o aproximaciones que se han hecho y se hacen hoy para entender y vivir la santidad, podemos pensar que una realidad tan compleja no puede presentarse a la Iglesia y al mundo con suficiente claridad y poder de convencimiento, y ciertamente ya hemos mencionado antes la “ambigüedad” con que se presenta frecuentemente.

(Estas notas las escribí mientras preparaba mi tesina de licenciatura sobre la santidad en Thomas Merton, y luego quedaron fuera del texto final)

Ser parte de todo...

¡Oh Dios! Somos uno contigo. Tú nos has hecho uno contigo. Tú nos has enseñado que si permanecemos abiertos unos a otros Tú moras en nosotros. Ayúdanos a mantener esta apertura y a luchar por ella con todo nuestro corazón. Ayúdanos a comprender que no puede haber entendimiento mutuo si hay rechazo. ¡Oh Dios! Aceptándonos unos a otros de todo corazón, plenamente, totalmente, te aceptamos a Ti y te damos gracias, te adoramos y te amamos con todo nuestro ser, nuestro espíritu está enraizado en tu Espíritu. Llénanos, pues, de amor y únenos en el amor conforme seguimos nuestros propios caminos, unidos en este único Espíritu que te hace presente en el mundo, y que te hace testigo de la suprema realidad que es el amor. El amor vence siempre. El amor es victorioso. AMÉN.
-Thomas Merton-

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