Mi Amor está sacramentado
Agosto de 2005
RETIRO ESPIRITUAL Mons. DOMINGO S. CASTAGNA Arzobispo de Corrientes (Argentina) Para el Instituto Secular “Misioneras Apostólicas de la Caridad”LA BAÑEZA – ESPAÑA
INTRODUCCIÓN
El Siervo de Dios JUAN PABLO II nos ofreció, durante sus 26 años de Pontificado, una abundantísima enseñanza. En los últimos años, sin dejar su alto nivel doctrinal, su enseñanza adquirió un tono confidencial en base a su rica experiencia de hombre de Dios. Entre los temas escogidos es la Eucaristía el que adquiere mayor gravitación. Por ello, asistidos por la luz que reflejan sus palabras, procuraremos abordar, durante estos siete días, el mismo tema. Estamos aún celebrando el Año de la Eucaristía, iniciado piadosamente por él, que concluirá en el cercano mes de octubre. Estoy convencido de que algunas reflexiones superan la dimensión del pensamiento y logran su perfecta formulación en el silencio de la adoración eucarística. Lo he comprobado durante la preparación y celebración del Xº Congreso Eucarístico Nacional de Corrientes – Argentina. Sus resultados superaron las expectativas y causaron verdadero asombro a congresistas y peregrinos provenientes de los lejanos lugares de nuestra extensa geografía nacional. Mi primera recomendación, para el aprovechamiento de este Retiro Espiritual, se refiere a la práctica de la adoración eucarística. Es Jesús Sacramentado quien se reserva la tarea principal de un singular impulso a la santidad. Es preciso acudir a Él, contemplarlo en silencio, captar - de su asombroso silencio - toda la verdad que necesitamos. Los santos, todos ellos, nos enseñan a comportarnos como discípulos aprovechados en la humilde escuela de la Eucaristía. Procuraremos aprender de sus labios – no de los míos – cada lección. Lo que se imponga a nuestro entendimiento debe transmitirse a nuestro comportamiento para que logre ser un verdadero conocimiento.
No he iniciado la redacción de estas reflexiones con un esquema previo. Será consecuencia del rimo espiritual que quiera imprimirle su Inspirador, el Santo Espíritu de Jesús. Será – en mi humilde tarea de predicador – como apuntar escuetamente lo que vaya descubriendo en la intimidad del Corazón Eucarístico del Señor. Poco discurso, mucho silencio y soledad, con los oídos atentos a la Palabra que no se impone por el volumen de la voz. Invocaremos la intercesión de María, a quien Juan Pablo II llama: “Mujer eucarística” porque lo es “en toda su vida”. De esta manera iniciamos, con empeño y fervor, estos privilegiados días de Retiro.
Corrientes, agosto de 2005.
I.- VIDA BAUTISMAL Y EUCARISTÍA.
Somos de Cristo por el Bautismo. Nuestra vida debe ser suya, y la suya nuestra. La Eucaristía hace posible ese misterioso intercambio. Es ofrecida en la Última Cena, a sus amigos y discípulos principales, antes de ofrecerla en la Cruz. El Bautismo, por el que participamos de su Muerte y Resurrección, nos hace sus amigos y discípulos. Sin él no podríamos celebrar la Eucaristía. El Bautismo y la Eucaristía se exigen mutuamente. El
Bautismo hace referencia necesaria a la Eucaristía; conduce a los bautizados a celebrar la Eucaristía en el sagrado Rito y en la vida. La Eucaristía es para los bautizados y, en consecuencia, para la Iglesia. La vida bautismal toma de Ella la capacidad esencial para la santidad y para el compromiso evangelizador. Los bautizados constituyen la Iglesia - “como el sacramento de Cristo” - y con ella ofrecen al mundo el testimonio de la Pascua. Si María – modelo de la Iglesia – es “mujer eucarística”, cada bautizado necesita, para ser cristiano, concretar esa identidad que proviene de la Eucaristía. La intención de Cristo, al instituir la Eucaristía, es incorporar a amigos y discípulos – los bautizados – al Misterio de su Muerte y Resurrección. Al encomendar su celebración a aquellos otros amigos, constituidos en Apóstoles, la ofrece a toda la Iglesia. Ésta no podrá ser ella misma – llegar a su perfección sacramental – si no celebra la Eucaristía. El teólogo dominico Liégè lo expresa con sencilla sabiduría: “La Iglesia es ella misma cuando celebra la Eucaristía”. Celebrar a Cristo en la Eucaristía constituye el momento más importante de comunión con el Misterio de Salvación: con la persona de Cristo, o con el Dios hecho Hombre.
Debemos agradecer a Jesús el don que nos ofrece, pero, antes nos corresponde agradecer al Padre el don de Cristo, su Hijo, y de la Eucaristía, su peculiar sacramento. Lo hacemos litúrgicamente el Jueves Santo. Nuestra vida bautismal hubiera sufrido una frustración de no haberse concretado aquella sagrada Institución. La Iglesia depende de Jesús resucitado y es su razón de ser hacerlo presente al mundo. Todo el mandato misionero de la Ascensión queda así cumplido. La frase antes mencionada del P. Liégè se inspira en este concepto. La devoción eucarística acompaña necesariamente todo trabajo evangelizador. Por su intermedio se produce una relación personal con Cristo cuyo Espíritu logra una perfecta y asombrosa identificación del bautizado con Él. El gozo y la gloria del discípulo es parecerse a su Maestro. La palabra no es la más acertada; ese “parecido” es una misteriosa identificación del bautizado con Cristo. San Pablo expresa con asombrosa exactitud el concepto: “¿No saben ustedes que todos los que fuimos bautizados en Cristo Jesús, nos hemos sumergido en su muerte? Por el bautismo fuimos sepultados con él en la muerte, para que así como Cristo resucitó por la gloria del Padre, también nosotros llevemos una Vida nueva”. La fe y el bautismo – la conversión como estilo de vida bautismal – producen esa saludable inmersión en la Muerte y Resurrección de Cristo. Su consecuencia es la santidad o la total y personal identificación con el “Santo de Dios”. La Eucaristía – Sacramento de la Muerte y Resurrección de Jesucristo – es el alimento esencial (y necesario) de la vida bautismal. Es imposible prescindir de él: “Les aseguro que si no comen la carne del Hijo del hombre y no beben su sangre, no tendrán Vida en ustedes”.
Quienes escucharon la promesa se escandalizaron por la crudeza de sus expresiones; muchos de ellos lo abandonaron. Pero el Señor insiste utilizando los mismos términos y subrayando el mismo contenido. La Vida del bautizado depende de Cristo, “Pan bajado del Cielo” y de su asimilación como alimento. La condescendencia amorosa de Dios abre caminos aproximativos – como “alternativos” - para quienes no han logrado llegar al conocimiento del Evangelio o a la plena comunión con la Iglesia de Cristo. Pero es Él, “el Pan bajado del Cielo”, quien se constituye en el alimento necesario de la Vida de sus seguidores. Me refiero a todos los bautizados y a quienes, sin haber llegado al bautismo, responden con fidelidad a los dictámenes de su recta conciencia. Los mismos están ocupados en menesteres diversos y comprometidos en las variadas condiciones de vida. Presentes en todas las edades del hombre, desde la niñez a la ancianidad, reciben de Cristo la capacidad de manifestar la novedad del Misterio de la Pascua. La Eucaristía es el Sacramento que hace de la vida bautismal un acontecimiento de la gracia y el testimonio contagioso de la Pascua. Procuraremos, en estos días, introducirnos en el Misterio Eucarístico y hallar su referencia imprescindible con nuestra vida cotidiana. He comprobado, durante los dos años de preparación del Xº Congreso Eucarístico Nacional, celebrado en mi Arquidiócesis de Corrientes, y durante los mismos días de su celebración, la obra admirable de su presencia, celebrada y adorada devotamente por todos los miembros de nuestras comunidades. Si supiéramos hacerle trascender – en nosotros – los límites de lo excepcional y constituirlo activo y normal en nuestra vida, ¡qué maravilla de transformación y renovación lograría frente al desafío y a la amenaza de un mundo avejentado por el pecado!
La evangelización consiste en esa experiencia eucarística transmitida. Cristo es el Evangelio del Padre y el evangelizador principal. Su presencia transparenta al Padre – “el que me ve contempla al Padre” – y transforma, por el Espíritu Divino, a quienes se ponen en contacto con Él. De esa manera, la realidad contaminada por el pecado es sustancialmente modificada por la gracia. El responsable del pecado, y del desequilibrio de la humanidad, transformado por la gracia de su Redentor, será el instrumento para que el mundo se renueve. Jesús se hace hombre para hacernos Él. La vida del bautizado – sumergido por el bautismo en la muerte y resurrección de Cristo – es la Vida del Señor resucitado, fuente inagotable para quienes deseen hacerla propia. En la medida de una vivencia más intensa y generosa de la Vida bautismal, la evangelización - o la presencia evangelizadora de la Iglesia - será más significativa en el mundo actual. Los santos – o “los buenos cristianos” – conmueven las bases aparentemente indestructibles de la edificación del mundo “sin Dios”. Muestran la eficacia de la Redención, difundida por Cristo y su Iglesia Santa, y, de esa manera, ofrecen la posibilidad – a quien quiera – de abandonar la muerte y vivir la nueva Vida. “El verdadero misionero es el santo”. (Juan Pablo II)
La Vida bautismal, vivida en su integridad, es germen de salud para una sociedad enferma. La Eucaristía debe volver a ocupar el centro de la vida cristiana y constituirse en el Pan que la nutre. Advertimos una pobre adhesión a la misma por parte de los cristianos profesos y, lamentablemente, de algunos sacerdotes y consagrados. No lo atribuyo a mala voluntad sino a un grueso defecto en la espiritualidad que debiera asistirlos. El Siervo de Dios Juan Pablo II nos ha dejado un rico patrimonio magisterial referido a la Iglesia y a la Eucaristía. Como hombre santo advertía la importancia absoluta de la celebración de la Misa diaria y de la prolongada adoración.
II.- EUCARISTIA Y CONOCIMIENTO DE JESÚS.
Es preciso conocerlo como es, como se revela durante la convivencia con sus discípulos: Maestro y modelo de vida. Quien lo ama más – su Madre – lo conoce mejor. Debemos pedir a María que nos enseñe a ser buenos discípulos. El método de aprendizaje es absolutamente original. No se apoya en reglas pedagógicas. Podemos imaginar el amor contemplativo y servicial de la Virgen. El amor entrañable, silencioso, desinteresado y despojado que María le profesa alcanza un grado sumo e inefable. El amor rige todos los gestos de Jesús, todas sus relaciones con las personas. El Evangelio relata su amistad con la familia de Betania: Lázaro, María y Marta. Esta María “elige la mejor parte” que “no le será quitada”. Permanece absorta en la contemplación de Cristo y sabe descubrir en cada uno de sus gestos y palabras el Misterio oculto. Le inspira, como a Juan Apóstol, el amor fiel y pronto y el don de la propia vida. No la incomoda la apreciación negativa de su hermana, atareada en tantas cosas que no constituyen “la única necesaria”. Descubre el “tesoro” y “la perla preciosa” que merecen que les dé todo, hasta el buen nombre y la estima. Con el Evangelio abierto ante nuestra mirada de fe podremos conocer a Jesús en los rasgos que lo identifican entre los hombres. El Evangelio que leemos no es un mero texto escrito, es el que nos predica la Iglesia y viven los santos. ¿Cómo aparece Jesús en él? Es el Hijo de Dios encarnado. En el transcurso de su vida mortal expone su obediencia filial y perfecta a su Padre, rasgo fundamental de su fisonomía, y la pobreza sobrecogedora de la Encarnación. “No tiene en cuenta su condición divina” – dirá San Pablo – y sufrirá voluntariamente un inexplicable anonadamiento. El amor de Dios llega al extremo del anonadamiento. Hacerse “nada” es más que hacerse “pobre”. Es la pobreza extrema por amor que sedujo a grandes santos como San Francisco de Asís, Santa Clara y el Beato Charles de Foucauld.
La Eucaristía prolonga el rasgo identificatorio de la pobreza de Jesús. Si hacerse hombre y obediente, hasta padecer la Cruz, es la misteriosa declaración de amor de Dios al hombre pecador, elegir el signo eucarístico colma esa medida. Si “no hay mayor amor que dar la vida por los amigos”, darla como alimento, en un mendrugo de pan, rebasa toda imaginación. Cuando lo contemplamos en la Sagrada Hostia podremos descubrir la medida de su amor por cada uno de nosotros. No acaba con la Cruz decirnos que nos ama y se entrega a nosotros. Su lenguaje sacramental es tan elocuente como la Encarnación, la Muerte y la Resurrección. Casi podremos arriesgarnos a decir que agranda la expresión de su conmovedor anonadamiento. Sometido a nuestro trato, a veces muy irrespetuoso (hasta el sacrilegio), nos da a entender que somos “la niña de los ojos” de Dios. El amor pleno es contemplación. Dios nos contempla amorosamente, desde el Sacramento de la Pascua de su Hijo, y espera nuestra respuesta de amor “también contemplativo”, celebrando y adorando la Eucaristía. Si hasta el momento hemos perdido el tiempo, Él nos espera para que lo recuperemos rápidamente. ¡El silencio y la espera de Jesús constituyen la transparencia del amor paterno de Dios! ¡Qué distraídos estamos de Él! Pasamos desatentos e indiferentes ante lo que cada día realizamos. El lugar de la reserva se halla – a veces - reducido a un rincón olvidado y sin atractivo. La Eucaristía es Cristo pobre hasta la abyección y, no obstante, Dios verdadero “que vence al pecado y a la muerte”.
Sumergirnos en la contemplación de su pobreza eucarística es ponernos cara a cara frente a Él, para conocerlo de verdad. Nos ayudará repetir el pedido de los discípulos de Juan Bautista: “Rabbí, ¿dónde vives?. Vengan y lo verán, les dijo. Fueron, vieron dónde vivía y se quedaron con él ese día”. Los santos, así absortos en la contemplación de la Pasión, aprenden a transitar el estrecho camino de la santidad. Todos son profundamente eucarísticos. La Pasión y la Eucaristía son inseparables. Celebrar y adorar la Eucaristía sin el marco de la Última Cena – o de la Pasión – es ocultar su verdadero realismo. El Cristo Eucarístico es el pobre hasta la muerte en Cruz. Es el Amor inmolado – supremo anonadamiento - por cada uno de los pecadores. La ternura experimentada por algunos santos ante la Eucaristía responde al descubrimiento del amor de Dios. La santidad es fruto y consecuencia de ese encuentro con Jesús, que siempre nos da su Espíritu. La esencia de la conversión está en la adopción de la pobreza, descubierta en el Señor Sacramentado. La participación en la Eucaristía es recibirlo con su Espíritu que nos modela a su imagen. Es verdad, es toda la Verdad. Se cumple en el ser bautizado, como se cumple la Encarnación en el ser inmaculado de María. Es preciso aprender de ella y de los santos a no anteponer nada a la libertad de su acción. Es un esfuerzo que se produce desde opciones constantes, decididas en el silencio y el sufrimiento. La Eucaristía es celebrada como sacrificio siempre actual y cada plegaria eucarística introduce, al que preside en nombre de Cristo y a la comunidad que participa, en el misterio de la Pasión y de la Resurrección. La Muerte como gracia de aniquilación del pecado y la Vida “que causa la santidad”.
Celebrar el Misterio es trascender el Rito; no detenerse en él para vaciarlo de su contenido. Toda la vida de relación con Dios por la contemplación prepara y agradece la Eucaristía. En Ella todo empieza y culmina. La Eucaristía es “fuente y cima de toda la vida cristiana”. Nuestra vida bautismal – sacerdotal, consagrada o laical – debe referirse a la Eucaristía. De ella saca todo el alimento que le permite desarrollarse saludablemente hasta adquirir “la estatura de Cristo”, a saber, la santidad. El bautismo que nos hace miembros de su Cuerpo Místico requiere recibir de su divina Cabeza la savia vital que logre el desarrollo correspondiente al miembro que somos. Toda gracia proviene de Cristo – origen y Cabeza de la Iglesia – y, por lo mismo, debe establecer con Él un contacto y relación personal y comunitaria que lo abarque todo. Una extensa meditación, que comprenda a todos sus miembros y al compromiso evangelizador de los mismos, viene a nuestro auxilio para contrarrestar el riesgo permanente de la indiferencia y de la tibieza. Procuraremos avanzar paso a paso por este sendero, auxiliados por la reflexión y la contemplación.
III - LA POBREZA DE CRISTO Y NUESTRA CONVERSIÓN.
Dijimos: la Eucaristía es pobreza extrema. Dios se hace hombre y pobre. Acepta el empobrecimiento de la Encarnación y, con la muerte en Cruz, llega a padecer la “muerte” que no merece. Así vence a la otra muerte que había tomado posesión del hombre. No existe otra forma de redimirlo que asumirlo con sus imperfecciones y pecados. Jesús es el Dios que redime al hombre haciéndose hombre y aceptando el rigor de una culpa que Él no cometió. Hasta aquí podemos soportar el misterio de un Dios, que “no tiene en cuenta que lo es” y se hace “criatura”, enferma de muerte, se “anonada” sin reclamar ser tratado conforme a su dignidad divina. El mismo Padre, expresándole su predilección, deja que lo traten como al peor de los reos. Lo envía a perdonar, a que sea el perdón haciéndose ver y maltratar por los pecadores que debe redimir. La Eucaristía mantiene ese comportamiento. Es el extremo de la pobreza que lo lleva a la Cruz. Una comida austera y rápida y, de ella, un trozo de pan y un sorbo de vino. El anonadamiento de la Encarnación y de la Cruz avanza hacia el colmo, lo inexplicable, lo que deshace todos los límites de lo humanamente justo y prudente. En Belén lo vemos Niño; en la Cruz agonizante; en la Eucaristía lo contemplamos hecho alimento de pobres. Su pobreza es un gesto supremo de amor. Se introduce en la historia humana por el ángulo humilde de un pueblo lejano - del centro de la tierra habitada - desconocido e insignificante. A nadie se le hubiera ocurrido escoger ese misterioso trayecto. El Dios “empobrecido” se hace más pobre en el sacramento de su pobreza. Su pobreza coincide con la inauguración de un estilo de vida filial y fraterna. El llamado a la conversión “al Reino” se conjuga con la exhortación a seguirlo cargando la cruz, vale decir, la pobreza que redime.
El estado de conversión, que caracteriza la vida cristiana, es un seguimiento de Jesús que incluye necesariamente su pobreza. En ella se nos revela Dios como es: “Dios es Amor”. La pureza del amor es meta perfeccionadora de toda vocación personal y se expresa en la pobreza de darlo todo. Dios – revelado en su Hijo encarnado – es así. Decíamos que el “anonadamiento” del Verbo, que termina en la Cruz, es un acto sublime de amor que manifiesta a Cristo como revelador y transparencia de su Padre. Seguirlo es empobrecerse para responder a Dios, dado a Sí mismo en Él. No existe una mejor imagen del amor de Dios que la pobreza de Jesús. La Eucaristía prolonga, hasta el fin de los tiempos, el empobrecimiento por amor de Jesucristo. Celebrarla y contemplarla hace del acontecimiento pascual la ocasión sacramental única de hacerlo propio y conformarse con él. Como en Jesús, avanzando hacia la Muerte y Resurrección, nosotros también debemos aceptar la lucha de la conversión como despojo. La Eucaristía es la gracia de ser como Jesús. Nuestra vida bautismal consiste en una constante obediencia al Padre, asistida por la gracia de la obediencia perfecta de Jesús. El pecado convierte - al que lo comete - en el soberano de un mundo inicuo. Posee bienes que se corrompen en sus manos, ya que él mismo los orienta a dioses, sustitutos del Dios verdadero. La conversión exige un despojo de los mismos, un auto destronamiento que abaja a la condición de siervo. Es la muerte a una condición fraudulenta; es el doloroso y saludable desprendimiento del pecado como concupiscencia de la carne y soberbia de la vida. La pobreza de Cristo se presenta como sendero abierto para quienes quieren seguirlo: “Carguen sobre ustedes mi yugo y aprendan de mí, porque soy paciente y humilde de corazón, y así encontrarán alivio”.
Su yugo es el de la pobreza. En otra ocasión lo designa con otro término cualitativamente semejante – casi sinónimo - : “Cruz”. Invita a tomar la cruz, no la de Él sino la que corresponde a cada uno. Para ello se debe ser como Él “manso y humilde”, verdaderamente pobre. De esa manera la conversión inicia y sostiene un verdadero cambio de reino. El considerado por cada uno: “dominio propio”, en el que pretende ejercer una hegemonía absoluta, mal usando la libertad ya viciada “por el egoísmo”; y el otro Reino, el de Dios, para cuyo ingreso debe decidir – cada uno - un verdadero repudio del anterior. No hay desprecio del mundo sino del pecado; no hay negación de los valores de la creación sino del manoseo irrespetuoso de los mismos. Para iniciar el proceso de conversión, que el Evangelio exige, se requiere la adhesión incondicional a la pobreza de Jesús. Tendrá su desarrollo en el trayecto de la vida personal y su dimensión social. En la Eucaristía se produce la gracia para que esa adhesión sea íntegra y eficaz. Es el mismo Cristo quien la causa en el contacto directo con los bautizados que la celebran. El Espíritu Santo es el don permanente de Cristo a su Iglesia (a partir de Pentecostés). En la Eucaristía, Sacramento de su presencia pascual, Jesucristo se da a cada celebrante, desde el que necesariamente preside hasta el más pequeño de los bautizados, e inicia – siempre de nuevo – la evangelización del mundo.
Ser pobre con Jesús es el secreto de la identificación total con Él, “Santo”. Es la condición necesaria para aprovechar espiritualmente la plena participación en la Eucaristía. Estar en gracia de Dios, (una gracia ciertamente “cristiana” o proveniente del Misterio de Cristo), incluye haber adoptado su pobreza - como despojo y muerte al pecado – y vivir en el amor (en la caridad) – como relación filial y fraterna. Me aseguraban, mis antiguos directores espirituales, que una sola comunión bien “recibida” (era el lenguaje espiritual de entonces) bastaba para llegar a la santidad. Yo me atrevo a decir que la Eucaristía bien celebrada, tanto presidiéndola – los sacerdotes – como participando, por nuestro carácter de miembros de la comunidad eclesial, nos hace santos. Porque nos hace partícipes de la santidad del Señor que se entrega con infinita generosidad. La Eucaristía, si se celebra como corresponde, transforma rápidamente la vida de los bautizados y presenta al mundo el testimonio de que Cristo es el Redentor. El Padre Huvelin manda a Charles de Foucauld, después de su confesión “del retorno a la fe”, a rezar ante el altar de la Virgen y a recibir la Comunión. El mundo desecha el discurso que no se testimonia. Tenemos, a nuestra disposición, un discurso exquisito, pero una vida – a veces – poco elocuente para que el mismo sea creíble. Para que se produzca un sano equilibrio entre la denuncia y el anuncio es preciso que la fe se manifieste viva. No somos nosotros quienes la generamos sino la gracia del Espíritu que Jesús sopla sobre nosotros: “Reciban el Espíritu Santo”. Los santos – los buenos cristianos – descubren que es así cuando se deciden con generosidad vivir en el seguimiento de Jesús, escuchando su palabra y compartiendo su Eucaristía.
La conversión es ponerse tan cerca de Jesús como él se puso de nosotros en la Encarnación. Se empobreció, asegura San Pablo, con el propósito de elevarnos con él a su condición de Hijo de Dios y, de esa manera, lograr recomponernos como familia de hermanos. El gran combate de la fe es concretar esa conversión cualquiera sea la situación en la que nos encontremos y la responsabilidad que debamos asumir. En la Eucaristía acaba su llegada a nosotros – partiendo de la Encarnación (Muerte y Resurrección) – y alimenta nuestra conformación con él hasta la perfección de la que es Modelo el Padre: “Sean perfecto como el Padre Celestial es perfecto”. Es conveniente, conociéndonos, que nos propongamos vivir nuestra conversión en su aspecto central de muerte a lo que somos por el pecado. Él muere en la Cruz para que lo logremos.
IV.- LA POBREZA DE CRISTO EUCARÍSTICO ES AMOR EXTREMO. HACE DE NUESTRA VIDA UNA RESPUESTA DE AMOR.
Es oportuno detenernos en el “amor extremo” que nos revela Jesús desde la Encarnación hasta la muerte. San Juan lo expresa muy bien en la noche de la Institución Eucarística: “Antes de la fiesta de Pascua, sabiendo Jesús que había llegado la hora de pasar de este mundo al Padre, él, que había amado a los suyos que quedaban en el mundo, los amó hasta el fin”. Se refiere a su muerte, que desemboca en la Resurrección y constituye la nueva Pascua. Acontecimiento que abarca toda la historia actualizándose continuamente “hasta el fin de los tiempos”. Esa actualización pascual se cumple por los Sacramentos que su Iglesia celebra, principalmente por el que instituye esa noche: la Eucaristía. El mundo necesita más que nunca recobrar la conciencia de que es amado por Dios “hasta el fin”, con amor extremo. La Iglesia debe constituir la conciencia viva y expresa de esa Verdad en medio de las generaciones que se suceden, despreocupadas y hostiles. Para ello, los bautizados deben empeñarse en manifestarla en sus vidas, entremezcladas con la cizaña del pecado en sus múltiples y diversas expresiones. La celebración de la Eucaristía, la nutrición principal que significa para la vida bautismal de una buena parte de la humanidad, está destinada a mantener esa saludable conciencia y a despertarla en los otros. El “empobrecimiento por amor” de Cristo llega a un extremo inimaginable en la Eucaristía. Transforma la pobreza del hombre en su “pobreza”, la que viene a instalar como estilo de vida que, perdonado el pecado, constituye su forma de ser en la historia como Hijo del Padre y Hermano Universal. La Eucaristía reúne a la familia de los hijos de Dios y establece relaciones de amor – capacidad para relacionarse con un amor semejante al suyo – con el Padre y con toda la humanidad, y con el mismo cosmos, cuya síntesis es el hombre redimido por Cristo.
La Pascua hace que Cristo muerto y resucitado sea el modelo o paradigma de todo hombre. Nadie encuentra su perfección fuera de Cristo: “el hombre que Dios quiere de los hombres es Cristo”. Su proyecto está realizado en Cristo y en Cristo todo el que quiera encuentra la capacidad para identificarse con sus términos: “Muerte y Resurrección”. La Pascua se celebra en la Eucaristía. Aunque su poder se extiende a todo el acontecer histórico - por ello: “Cristo es Señor de la historia” - en la estructura sacramental de la Iglesia tiene su propio Sacramento: la Eucaristía. La Palabra que la Iglesia ofrece a los hombres, mediante su acción evangelizadora, endereza la vida de los convertidos a los sacramentos y a su cumbre: La Eucaristía. En la suposición de que todos los bautizados son cristianos - viven en Cristo el misterio de la historia - empujamos a celebrar la Eucaristía a quienes no han iniciado aún el proceso de conversión. Los abusos que se cometen son muchos. Celebrarla para decorar mundanamente un acontecimiento, del pasado o del presente, la descoloca de su centralidad. La Eucaristía es Cristo “constituido Hijo de Dios con poder según el Espíritu santificador, por su resurrección entre los muertos”. No puede ser relleno en un evento temporal por más importante que parezca. Es la Liturgia principal de la Iglesia – de todos los bautizados – y todos los acontecimientos humanos que afectan a los mismos convergen en ella. Podríamos decir que encuentran en ella su verdadero y trascendente sentido. Por ello su “solemnidad” consiste en la sencillez de la vida familiar. Se la celebra a diario, principalmente el día domingo. Los bautizados pueden acceder siempre a su plena participación, mediante la comunión sacramental. A medida que avanzamos en su conocimiento comprobamos su absoluta necesidad para el sostenimiento de la conversión y la plena vivencia de los valores evangélicos.
La gracia de la fidelidad al Padre, que Jesús ofrece generosamente, tiene su origen en Él. Si logramos comprender e incorporar lo que nos dice de Sí mismo: “Mi comida y mi bebida es hacer la voluntad de mi Padre”, habremos llegado a la perfección que anhelamos. La voluntad del Padre expresa su divino proyecto sobre el hombre; Cristo lo realiza plenamente y nos lo propone como único. La gracia que tiene el Señor para ser fiel al Padre no la tenemos nosotros – por nosotros – la recibimos de Él. El trayecto espiritual que debemos recorrer es obedecer al Padre con el auxilio necesario de la gracia de Cristo que nos la ofrece e infunde por su Espíritu. La Eucaristía es Él mismo ofreciéndose como gracia – por el Espíritu – en el Sacramento de su Pascua. Sumergidos en su Muerte por el bautismo necesitamos participar de su Vida de resucitado, sostenerla y acrecentarla aquí. Su consecuencia es la fidelidad a la voluntad del Padre en todas las circunstancias de nuestras vidas. La incoherencia entre la fe y la vida, que nos es dable comprobar, responde a la falta de llegada a la Eucaristía. Sin la gracia de Cristo es imposible agradar a Dios, es decir, “hacer su voluntad”. Un bautizado que, por un motivo u otro, no lleva la vida bautismal a Cristo y a la Eucaristía, no gozará de la capacidad elemental para realizar el proyecto de Dios. Más del 80% - de los bautizados - en la Nación (el 94,2 % en Corrientes) que no tiene en cuenta a Cristo como centro , inspirador y autor de la fe recibida en el Bautismo, no podrá concretar el proyecto de Dios – que desconoce – y seguirá las pautas de quienes han propuesto otro proyecto, extraño al de Dios. Una mayoría de bautizados no se comporta cristianamente. Entre ellos, también se encuentran algunos llamados “prácticos”; que frecuentan los sacramentos – reconciliación y Eucaristía – pero que no lo logran de verdad. San Pablo atribuye ciertas irregularidades graves, en la vida bautismal de los Corintios, a una falta de “discernimiento” del Cuerpo y de la Sangre del Señor. “Que cada uno se examine a sí mismo antes de comer este pan y beber esta copa; porque si come y bebe sin discernir el Cuerpo del Señor, come y bebe su propia condenación”
La vida de la comunidad cristiana depende necesariamente de la Eucaristía que celebra. Se reúne en torno a la palabra apostólica y a la fracción del Pan. La Palabra de la fe conduce dinámicamente a la Eucaristía. Son instantes de un mismo encuentro. No se llega a la Eucaristía sin un firme trayecto de conversión, iniciado y acompañado por el servicio apostólico de la Palabra. El constante empeño pastoral de la Iglesia posibilita y resguarda ese proceso. La construcción de la Iglesia, en continua tarea de edificación, mira hacia el centro, donde Cristo es “todo en todos”. Cuando descuidamos, o abaratamos este designio, se produce una verdadera corrupción que deja sin sustento la vida de la Iglesia en sus notas esenciales y, por lo mismo, bloquea la eficacia de su acción en el mundo.
V.- REPRODUCE EN LOS BAUTIZADOS LOS RASGOS DE CRISTO.
No me refiero a los rasgos fisonómicos sino a aquellos - espirituales - que lo individualizan entre los hombres. Proyecto del Padre, cumplido a la perfección, que constituye la revelación de la Verdad sobre el hombre. Difícil identificar a Jesús como uno entre tantos. No es un ser que viene de otra galaxia. Sus contemporáneos se sorprenden ante algunas manifestaciones de su sabiduría. Tienen que seguirlo y convivir con Él, como los Apóstoles, y decidir un cambio interior para identificarlo como el Hijo de Dios encarnado y Mesías Salvador. El Padre se ve obligado a intervenir para dar testimonio de su identidad. El Bautista, tan inspirado por Dios, envía a sus discípulos a preguntarle si es Él o será preciso esperar a otro. La Eucaristía conserva los elementos que constituyen la intimidad de aquel Colegio Apostólico. Está Cristo, no como entonces sino en la perfección de su Pascua. No obstante, está en nuestra vida tironeada por el pecado, alentando nuestro combate por la fe y la santidad. No nos hará fácil las cosas sino posibles. ¿Quiénes son los Apóstoles en el momento del llamado a componer su grupo misionero? Hombres comunes, hijos de una cultura marcada por lo religioso, con graves límites para la convivencia y distantes de los rasgos que exhibe su Maestro. Deben pasar, rápidamente, por vicisitudes dolorosas, coronadas por el drama incomprensible de la Cruz. Sabemos cuál es el fin de cada uno de ellos: la contradicción, la persecución y la muerte violenta. Jesús no disimula el destino que les aguarda. Serán como su Maestro; más aún, serán dichosos si son tratados como Él fue tratado. El valor manifestado por aquellos hombres les permite conformar y conducir la Iglesia en circunstancias de graves tensiones y peligros. La energía y la sabiduría que requieren tienen una fuente de alimentación: la convivencia con Jesucristo. Incluye el aprecio por su palabra directa y por su conmovedor ejemplo. El Colegio Apostólico no es el exclusivo beneficiado en esa convivencia. Son los animadores de una familia de bautizados (de santos).
El espacio para esa necesaria convivencia es la Eucaristía. Los discípulos deben ser como su Maestro. Aprender de Él es el secreto que los conduce a ser como Él, para ello será preciso escuchar su palabra e imitar sus virtudes o rasgos esenciales. ¿Cuáles son? Nos hemos referido a su pobreza, constituyéndola en la principal expresión de su identidad. Hay otros rasgos que son inseparables: la obediencia y la castidad. El Hijo de Dios se relaciona siempre con su Padre. Basta conocer sus expresiones para advertir la intensidad de su amor al Padre y el celo por hacer su voluntad. Consiste en la Redención de los hombres. Obediente al Padre “hasta la muerte de Cruz”. En el proyecto divino está la Cruz. Sus seguidores tendrán que amarla sin retaceos, hasta la muerte (soportando la propia). Él no rehuirá una vida de sacrificios, de penosas caminatas, de contradicciones provenientes de los enemigos y de las incomprensiones ocasionadas por los amigos. Es ilustrativa la escena evangélica en la que algunos de sus seguidores lo abandonan porque no logran entender el anuncio de la Eucaristía: “Desde ese momento, muchos de sus discípulos se alejaron de él y dejaron de acompañarlo”. No así sus más íntimos, quienes constituyen su comunidad apostólica y lo tratan continuamente. No lo abandonan quienes lo aman. La fidelidad a Cristo, tan endeble en muchísimos bautizados – también sacerdotes y consagrados - se asegura y crece en la celebración y adoración eucarísticas. Es “el espacio de la comunión” y de una conformación virtuosa con Él. La Eucaristía bien celebrada – no me refiero a una mera prolijidad litúrgica – produce una identificación con Cristo: Hijo obediente del Padre y Hermano que muere por sus hermanos.
De la Eucaristía nace la obediencia al Padre, que debe sostener toda nuestra vida moral. El secreto de la obediencia verdadera es el amor. Jesús obedece a su Padre porque lo ama. No le inspira miedo, al contrario. Por el amor su obediencia será una respuesta incondicional. Únicamente en el gran intercambio de amor – que es la Eucaristía – podremos aprender a obedecer a Quien descubrimos que nos ama. Amándonos hasta la Cruz nos muestra el rostro de “su” Padre y el “nuestro”. La gracia de la obediencia filial no es un “energizante espiritual” sino consecuencia de la intimidad con Quien es el Hijo y nos capacita serlo. Los Apóstoles saben que el secreto de su fecundidad pastoral está en Cristo. De Él lo siguen aprendiendo todo, porque lo conocen a Él e imitándolo adquieren la capacidad de hacerlo conocer. No serán suficientes aquellos tres años. Pablo ingresa por otro camino a su círculo íntimo y lo aprendió todo de Él. No es catequizado por Pedro o alguno de los Doce; el mismo Cristo se ocupa de su instrucción. Esa intimidad, u original escuela de vida cristiana, se mantiene como única opción para el aprendizaje apostólico. Es preciso ser discípulo, acudir a ella, respetar su disciplina y no abandonarla. Cristo está a cargo de la misma y su labor educativa reclama un consentimiento humilde, sereno y paciente de parte nuestra. El buen discípulo no es quien entiende más sino el que ama más. El modelo de discípulo es Juan. Su amor lo convierte en conocedor, en experto. Su “teología” es una “cristología”; por Cristo, amado en la contemplación descubre al Padre y todo el contenido de la Revelación. Quedan así establecidas las normas para acceder a la Revelación de Dios. Las bibliotecas mejor surtidas son insuficientes si no se acepta la invitación de Cristo a su intimidad: “¿Dónde habitas? Ven y lo sabrás”. La Eucaristía, celebrada y adorada, es su nueva y temporal intimidad.
Es tan importante su Padre, es tan seductor su rostro invisible, que se olvida de sí por largas jornadas y oscuras noches. Allí se produce una admirable identificación con su Padre que ama a los hombres y quiere su Redención. Su obediencia necesita calcar el amor de su Padre a los hombres. No lo hará mediante un calco superficial sino dejándose consumir por el mismo fuego del Amor, el Santo Espíritu. Su intimidad con el Padre debe ser modelo de nuestra intimidad con Él. El fuego de su Amor nos conforma con Él y marca sus rasgos de pobreza, obediencia y castidad en nuestro ser bautizado. La obediencia apunta a cumplir, con prontitud y fidelidad, el proyecto del Padre. En ese compromiso queda asumido el tiempo y el espacio o la historia personal. Beber el cáliz hasta el final, o concluir la obra encomendada, será su máximo deseo. Su Padre quiere la salvación de todos los hombres mediante la Muerte y Resurrección de su divino Hijo. La Iglesia es un pueblo que se edifica en la “obediencia de la fe” y da testimonio del Amor redentor. Por la Eucaristía la obediencia al Padre, hasta el fin, es posible. En el interior de la celebración, quienes la celebran como es debido, se produce el formidable don de la gracia que hace realmente presente a Cristo, en sus testigos y apóstoles. Toda la Iglesia, por la santidad de sus bautizados, es testigo del Cristo presente y Salvador. La obediencia es inseparable de la pobreza. El verdadero pobre es siempre obediente. Ocuparse de los hermanos, del mundo aún irredento, es el mandato del Padre. Dios es el autor exclusivo del proyecto. Para que se realice es preciso que sea conocido y acatado puntualmente.
VI.- CASTIDAD O DON TOTAL DE SÍ, A EJEMPLO DE CRISTO.
El mundo ha excluido de sus culturas el valor de la castidad. Su fuente es Cristo, el don de su vida revela el verdadero sentido de la castidad. No concluye, que la sexualidad bien ordenada no sea sendero de perfección y santidad. Se le ha dado más importancia – en la Iglesia - a la impureza, como negación, que a la castidad como valor positivo y universal. En la castidad se produce el auténtico amor. Las relaciones humanas, específicamente diversas, requieren de la castidad para que sean expresivas del amor verdadero. El pecado ha manchado de egoísmo lo más sagrado. La gracia de Cristo puede contrarrestarlo y devuelve a la humanidad su original bondad. Jesucristo es el profeta de los valores perennes con su comportamiento histórico. La radicalidad de los rasgos mencionados constituye a ese profetismo en una presencia ejemplar. La Eucaristía realiza el amor puro, sin la contaminación del egoísmo, porque es don humanamente indescriptible que procede del Misterio Pascual. Allí Dios se hace dádiva en el Hijo que acepta todas las consecuencias de la Encarnación. La vida pobre y la muerte humillante constituyen el extremo del amor. El pecado es vencido en la misma carne que se había apropiado. La Eucaristía hace comunicable el Misterio. Participar de ella es “sumergirse en la Muerte y resucitar para la santidad”. El amor de Dios, hecho tiempo y espacio, necesita manifestarse. Cristo es la revelación del amor de Dios a los hombres. El amor verdadero revelado en Cristo es el que debemos profesar a Dios y entre nosotros. Un amor “casto”, vale decir, desprovisto de todo egoísmo (un amor puro). En esta perspectiva toda expresión de amor debe ser casta. También el amor conyugal. Lo nupcial ha sido entendido como manifestación del amor casto, el que nos profesa Dios y debemos profesarle y profesarnos.
Para imitar al Padre, como exhorta Jesús – “sean perfecto como el Padre” - nuestra respuesta de amor debe ser casta; purificada del egoísmo y orientada al don sin reservas, a la gratuidad. El pecado ha creado una estructura que pesa en el momento de decidir rumbos y pautas de conducta. Lo experimenta cada uno en su interior. Desarmar esa estructura es un presupuesto obligado para producir el cambio y la renovación. La tarea es enorme, no hay suficientes brazos para recoger la cosecha. Es preciso que el cristiano se apasione por llevar a cabo esa misión. Algunos se constituirán en signos proféticos que indiquen la urgencia de manifestar lo esencial. Jesús está al frente, presenta el modelo acabado de fidelidad al Padre. Jesús encarna el amor de Dios desde la radicalidad de los valores nuevos. La pobreza, la obediencia al Padre y la castidad, constituyen el exclusivo cometido de su vida. Todo por el Reino. Por sobre otros intereses, propuestos como legítimos derechos y comprensibles concesiones a la naturaleza enferma. Jesús lleva al extremo opuesto la oscilación de la historia humana: del pecado a la gracia, de la disolución a la santidad, del egoísmo al amor sin medida, de la corrupción a la honestidad. Para ello su comportamiento entre los hombres lleva a la radicalidad los valores que la nueva humanidad debe adoptar como estilo e inspiración. Las virtudes para ingresar al Reino se constituyen en condiciones necesarias. Jesús, por su extraordinaria pobreza y dependencia del Padre, es el “niño” digno del Reino. Renuncia a administrar los bienes económicos para dejar claro, a quienes sí deben hacerlo, que no constituyen el bien supremo. De esa manera se producirá el equilibrio de las virtudes. El seguidor de Jesús debe ser un virtuosode los valores del Reino.
De esa manera se cumplirá el “profetismo” auténtico, destinado a velar por la vivencia del espíritu evangélico en la Iglesia y en el mundo. La vida de Cristo y, en la actualidad, la de quienes han optado por su seguimiento radical, se convierte en fuente de inspiración para el compromiso histórico, de los cristianos y de todos los hombres. La consagración virginal por el Reino – voto perpetuo de castidad y celibato – es una exclusiva dedicación al anuncio y al establecimiento del Reino. Es mostrar en la propia vida, por un llamado especial de Dios, los rasgos que identifican a Jesús: pobre, obediente y casto. La castidad no es una mera observancia del sexto mandamiento o la renuncia a las legítimas relaciones sexuales, posibles en el estado matrimonial. Es un don que hace, a quien lo recibe, una verdadera ofrenda a Dios y a los hermanos. Jesús lleva, a la perfección de la muerte en Cruz, su estado de víctima santa que redime y santifica al mundo. La Iglesia es “como el sacramento de Cristo” y, por lo mismo, debe hacerlo visible – con signos apropiados – para que, en el hoy de todos los tiempos, sea identificado. En la Iglesia todo es significación del Misterio de Cristo. Por la castidad, el consagrado no sólo renuncia al matrimonio, sino a todo lo suyo: tiempo, proyectos, prestigio personal. En él Cristo lo toma todo para hacerse contemporáneo de todos los hombres: Evangelio y evangelizador
Los Apóstoles, seguidores principales de Cristo, aprenden a darlo todo, a vivir exclusivamente para la misión. Lo dejan todo; padres, hijos, esposas, posesiones. Jesús les promete estar con Él en el Cielo. El premio es el amor perfecto, donde no habrá mezcla de mal – pecado – y las relaciones con Dios y con los demás habrán sido liberadas del egoísmo. La castidad otorga solidez a la pobreza y a la obediencia y, por ello, una verdadera permanencia entre las fluctuaciones que padece la sociedad. Es el amor para siempre. Verdadera definitivez en el tiempo, un signo escatológico y anticipo de la eternidad. La animadversión que la cultura actual sostiene contra los valores cristianos tradicionales, como la virginidad y el compromiso para siempre, está causando estragos. El valor de la castidad está en crisis, aún dentro de la Iglesia, con su honda secuela de permisivismo moral y relativismo. Su sustento es el amor revelado en Cristo, expresado en la Cruz y prolongado en la Eucaristía. Si los bautizados se identifican con la Eucaristía que celebran presentan, como verdad inobjetable, al mismo Cristo Redentor, en plena obra de recuperación del hombre. La oportunidad del encuentro es salvífica y debe ser ofrecida en todos los ámbitos de la vida humana. La evangelización consiste en mantener vigente esa oportunidad mediante el testimonio de la Iglesia testigo y santa.
El amor es hasta el extremo. En esa perspectiva de continuidad no desaparece ni se debilita. La castidad toca al amor. Le otorga perseverancia y crecimiento. Los consagrados se constituyen en verdaderos testigos de que el amor, en todas sus expresiones, debe llegar a la castidad. Mientras decrezca la castidad las expresiones del amor entre los hombres pierden su rica esencia e impulsan a los seres humanos a la decrepitud, a la soledad egoísta y a la muerte. El panorama doloroso de un mundo quebrado por el odio, la violencia, la injusticia y la intolerancia, presenta una imagen lamentable y desesperante.
VII – LA EUCARISTÍA, SECRETO DE LA COMUNIÓN DE VIDA CON DIOS, CON LOS OTROS Y CON EL UNIVERSO.
En la Eucaristía Jesús crea el espacio temporal de la comunión de Vida a la que estamos llamados. La vida recibida, desde el primer instante de nuestra concepción, está destinada a perfeccionarse en la plena comunión de Vida con Dios. Partícipes de su Vida, ya desde aquel primer instante, el pecado se constituyó en mortal obstáculo e impidió el pleno desarrollo de la vida desordenando trágicamente la Creación de Dios. Esa comunión de Vida es trascendente, afecta todas las relaciones interpersonales y las cósmicas. El hombre, afirma el magisterio conciliar: “En la unidad del cuerpo y alma, el hombre, por su misma condición corporal, es una síntesis del universo material, el cual alcanza por medio del hombre su más alta cima y alza la voz para la libre alabanza del Creador”. Inmediatamente después del pecado - anticomunión salvaje - Dios decide e inicia la recomposición de la comunión de Vida. Lo hace por su Hijo encarnado. Se cumple en el Misterio de la Muerte y Resurrección de Cristo y se celebra hoy por el ministerio de la Iglesia. Ya hemos anticipado que el Sacramento que lo pone en contacto salvífico – de manera peculiar - con los hombres es la Eucaristía. Jesús, cuando lo anuncia y celebra, le atribuye la capacidad de transmitir la Vida: “El que come mi carne y bebe mi sangre permanece en mí y yo en él. Así como yo, que he sido enviado por el Padre que tiene Vida, vivo por el Padre, de la misma manera, el que me come vivirá por mí. Este es el pan bajado del cielo; no como el que comieron sus padres y murieron. El que coma de este pan vivirá eternamente”.
La Eucaristía es restablecimiento de Comunión de Vida, como Dios lo ha pensado y cumplido. Cuando la celebramos litúrgicamente y la adoramos en nuestros templos y oratorios somos llevados a introducirnos en esa Comunión de Vida. ¡Vivir la Vida de Dios! Anhelo principal, intentado trabajosamente y logrado por gracia. Nuestro esfuerzo debe ser un humilde consentimiento a lo que Dios hace y quiere hacer. Ese intercambio tan desparejo - nuestro pobrísimo e insuficiente trabajo y la acción de Dios, por su Espíritu - se realiza peculiarmente cuando la Eucaristía es celebrada. Si en la Santa Misa esos son nuestros pensamientos y sentimientos, hallaremos en ella un sentido más rico cada día. Con su vida sacrificada en la Cruz Jesús nos ofrece – de verdad – la Vida que el Padre nos ha obsequiado en la Creación y que el pecado malogró. Allí se produce el perdón como eliminación de la “anticomunión”. También es designado con el término apostólico de “reconciliación”. Hace propia nuestra naturaleza humana, lastimada por el pecado, y la redime. Su aproximación a nosotros, hasta el extremo de la Encarnación, lleva a cabo el Plan de su Padre Dios. Desde el anuncio del Ángel, y el consentimiento de María, el puente está tendido; de parte de Dios se ha restaurado la comunión de Vida con el pecador. El mismo Cristo Redentor, por su Muerte y Resurrección, se pone a la cabeza de la nueva humanidad obedeciendo al Padre. Es el Hijo fiel que inaugura una filiación marcada a fuego por la fidelidad. Su obediencia “hasta la muerte” genera la gracia para que los suyos – sus íntimos – sean obedientes como Él. Obediencia que comprende la misión de evangelizar y, por ello, de llevar a sus hermanos a la misma obediencia por la fe.
La gracia, para que sea posible la obediencia al Padre, debe ser “cristiana” o proceder de la Pascua de Cristo. La comunión íntima y continua con Cristo es indispensable. En la Eucaristía se cumple. Cristo sacramentado alimenta, con su Cuerpo y Sangre, la fidelidad de los bautizados. Los hace vivos en la obediencia produciendo una misteriosa y real identificación con Él. Ese pensamiento debe alentar nuestra preparación y la misma celebración. Parece no alcanzar el mero conocimiento teológico, aunque su catequesis siempre es necesaria; se requiere vivir la experiencia espiritual, como la vivieron y viven los santos. Quienes celebran y participan de la Eucaristía desarrollan una fervorosa relación con Jesucristo que los anima a ser promotores de la comunión intra eclesial y de la unidad en la sociedad de la que forman parte. ¡Es admirable la gravitación social de la Iglesia cuando celebra la Eucaristía! El individualismo religioso provoca una situación alejada de lo auténticamente evangélico para acomodar las formas de culto a la comodidad de cada uno. Si con esas disposiciones se celebra la Eucaristía se produce una contradicción que escandaliza al mundo. Mantener la Eucaristía en el nivel puramente formal da lugar a contradicciones graves, que la desnaturalizan y alejan de una realidad que debe ser saneada. “Recibir la Comunión” debe recuperar su sentido original de “participación” en el Misterio de la Pascua. Hace cincuenta años, hasta las reformas del Concilio Vaticano II, existía una práctica de la comunión diaria “fuera de la Misa”. Recuerdo el esmero de los comulgantes y la paciencia de los sacerdotes, que debían organizar las tandas de comuniones. Hoy se comulga en la Misa. La comunión, excepto en caso especiales y de enfermedad, es la plena participación de la Eucaristía celebrada por la Iglesia. La comunión crea un clima espiritual de fidelidad a Jesucristo, que se ofrece como alimento e inspiración.
La fe en su presencia real ha promovido la práctica de la adoración. Es el mismo Señor, ofrecido por nosotros, que permanece en la Reserva para los enfermos y para la adoración. En ella se prolonga el momento inefable de la celebración y la presencia de Jesús mantiene su peculiar realismo. “Es Él” - decía el Beato Charles de Foucauld - con su pobreza, obediencia y castidad, perceptible por la fe. En las horas dedicadas a la adoración se logra afianzar la comunión de Vida y, allí, se produce una verdadera transformación. El Cura de Ars permanecía absorto ante la sagrada Hostia recién consagrada; – “Por si no lo veo en el Cielo” – afirmaba con cierta ingenua preocupación. Cuando el cansancio cerraba sus ojos, después de muchas horas de confesionario, se ponía de rodillas frente al sagrario para recobrar, por el amor y la adoración, sus fuerzas y sabiduría celestial de excepcional confesor. He comprobado, durante la preparación del Xº Congreso Eucarístico Nacional del año 2004, en Corrientes (Argentina), que la práctica de la adoración constituía un medio admirable de preparación para los agentes de su compleja organización.
VIII.- LA EUCARISTÍA, ÁMBITO PARA LA INTIMIDAD Y LA CONTEMPLACIÓN.
La historia de la Iglesia relata el desarrollo de la piedad de sus miembros. El Culto divino ha desplegado una sucesión de plegarias de gran contenido y belleza. Su centro es la Eucaristía. Recordábamos la convivencia de Jesús con sus discípulos. El encuentro prolongado con Él constituye el ámbito necesario para la amistad. En su interior se producen los cambios principales. Jesucristo es el artífice de la nueva Vida compartida en esa intimidad. Allí se contempla, en el rostro de Cristo, el rostro invisible del Padre y se produce la confluencia del perdón y de la misericordia de Dios para aquellos elegidos. El empeño por celebrar el Misterio del amor, tanto en la Liturgia como en la oración personal, mantendrá activa la vida del bautizado y discípulo. La piedad eucarística se constituye en el medio privilegiado para lograr que Jesucristo sea el centro. Es allí donde el discípulo aprende. Es allí donde el Maestro establece una relación tan profunda con sus apóstoles que los hace familiares – de su carne y de su sangre -. Es allí donde conforma a la Iglesia, su Cuerpo Místico. El Espíritu Santo es el misterioso Artífice que enciende en los corazones el entusiasmo y el fervor. Cristo, por la Eucaristía, se vuelve el Amigo que da su vida para quienes celebran con Él la Pascua. Es provechoso recordar el ámbito de la primera Eucaristía, su verdadera Institución. Jesús lo vive con especial intensidad. Sabe lo que le espera y desea que llegue pronto. Está solo con sus discípulos, llegados a la más profunda amistad: “He deseado ardientemente comer esta pascua con ustedes antes de mi Pasión, porque les aseguro que ya no la comeré más hasta que llegue a su pleno cumplimiento en el Reino de Dios”.
Se produce un estado de “comunión de Vida” que determina la existencia de sus discípulos constituyéndolos en depositarios de su sacerdocio capital. A partir de aquella particularísima HORA se inicia definitivamente la evangelización del mundo. La Iglesia, como comunidad fraterna, presidida por los Apóstoles – Vicarios de Cristo – inicia la instancia final en la que todos puedan acceder a la intimidad del Señor. Lo que experimentan durante los tres años del ministerio público de Jesús cobra, en lo sucesivo, especial relevancia. La Eucaristía, instituida antes de la Muerte y Resurrección, se hace espacio habitual de intimidad, aprendizaje y vigorización para la vida de las comunidades cristianas. La enseñanza de los Apóstoles y “la fracción del pan” o Eucaristía, constituyen el núcleo visualizador de la Iglesia naciente. Así lo es ahora. Lo será siempre, hasta que acabe la historia y se produzcan “los cielos nuevos y la tierra nueva”. Hecho alimento – Pan bajado del Cielo – Cristo cumple perfectamente su deseo de causar la Vida y de vencer el pecado. La Vida plena que causa es la Suya, la que recibe el día gozoso de la Resurrección. La Eucaristía transmite la Vida del Señor y hace que los participantes entren en la nueva condición de hijos de Dios. Cristo, Hijo de Dios, por la Encarnación es Hermano de todos los hombres. Su identidad desemboca en la misión que, a partir de Él y con Él, recibe toda la Iglesia.
Como los Apóstoles también nosotros necesitamos introducirnos en su intimidad y entablar con Él una amistad que nos reconcilie con el Padre, con las otras personas y con el universo. Se logra ciertamente en la Eucaristía. Cristo, que con su cuerpo inmolado derrumba el “muro de división” y mantiene esa presencia por el ministerio de sus sacerdotes. El mundo, cruzado por ese muro, necesita que la acción reconciliadora del Señor mantenga su vertiente sacramental siempre, oponiéndose al desencuentro producido por el pecado:”Y por él quiso reconciliar consigo todas las cosas: haciendo la paz por la sangre de su cruz con todos los seres, así del cielo como de la tierra”. Para entenderlo el mundo necesitará, además del primer anuncio evangélico, una catequesis adecuada. Si el mundo comprendiera qué es la Eucaristía se aprovecharía de la virtud dimanada de ella y restablecería su unidad, si es verdad que la desea. Para ello necesita del servicio pastoral de la Iglesia. La meta de ese servicio no es incrementar el número de adeptos a la Institución “Iglesia” sino despertar la conciencia de un acontecimiento siempre actual: la Pascua de Cristo. La acción evangelizadora, al anunciar el hecho salvífico de la Muerte y Resurrección de Cristo, ofrece a todos los hombres la oportunidad de adherirse a él. La adhesión a la que nos referimos es la conversión. La predicación de Jesús, que será también de los Apóstoles, es un verdadero llamado a la conversión: “Conviértanse el Reino de Dios está cerca”. El gran argumento para la conversión no es el resultado de un acuerdo intelectual sino de la presentación de Cristo resucitado y su propuesta evangélica. Así lo entendió Pedro el día de Pentecostés al proclamar - por primera vez - a Jesucristo que padeció la muerte en Cruz y resucitó. Con sus simples palabras y la fuerza del Espíritu Santo llegó al corazón de aquella muchedumbre que, en número de tres mil, decidió convertirse y bautizarse. En lo sucesivo aquellos nuevos bautizados se mantendrán fieles en la escucha de la palabra apostólica y en “la fracción del pan”. La Eucaristía será su suprema referencia. Se habituarán a la intimidad con el Maestro y hallarán en ella la Verdad y la Vida que son celebradas en el Sacramento. Es asombrosa la fortaleza de los mártires, la osadía de los misioneros y la silenciosa heroicidad de los santos confesores.
El secreto de esas virtudes está en la Eucaristía. Jesucristo, que nos da su Espíritu, es allí el causante de toda vida virtuosa. Si logramos que la Eucaristía sea – con toda su verdad – “el origen y cúspide de la vida cristiana” nuestro mundo desahuciado por sus propias enfermedades iniciará un proceso de profunda renovación. Es lo que anhelamos y proyectamos continuamente. Se produce un error de cálculo y se establece en la sociedad la idea de que el Evangelio se ha agotado, como tantos otros sistemas religiosos y filosóficos, y que Jesucristo ha fracasado al intentar trazar un sendero de pobreza y humildad. No es así. Hemos abandonado el camino y atribuimos al “Camino” nuestra actual desorientación y no al abandono del Camino. Es preciso volver a Cristo presente en su Eucaristía, para recuperar nuestra propia presencia cristiana en el mundo. La ausencia de los cristianos es fruto de un desmejoramiento de la vida de comunión con el Maestro. Es floja la relación con Él - es mortecina la luz de nuestra fe - es insípida la sal con la que debemos preservarnos y preservar de la corrupción - es poco notable nuestra adhesión a Jesucristo. Si no fuera así el mundo estaría más evangelizado y, ciertamente, otra sería la historia que hoy nos espanta y deploramos.
IX.- LA EUCARISTÍA ESCUELA DE ORACIÓN.
La intimidad con Cristo, tan importante para los Apóstoles, supone la práctica constante de la oración. La intimidad es convivencia, es relación amical, es perseverancia y constancia, es la verdadera oración. La Eucaristía bien celebrada logra esa intimidad, mucho más profunda que cualquier otra. Cristo, en el pan y el vino eucarísticos, se hace tan íntimo nuestro como el alimento a nuestro organismo. Se ofrece en sacrificio por amor nuestro, en alimento y bebida, para que nos ofrezcamos con Él en el sacrificio generoso de nuestra conversión. En aquella convivencia, los Apóstoles aprendían de Él a ser como Él. Debían ser sus testigos, sus amigos que velan para que la Iglesia – la humanidad redimida – fuera la novia santa, la esposa virginal. Esa formidable misión apostólica crece y se cumple gracias a la Eucaristía. Por ella, Cristo edifica a su Iglesia sobre el fundamento de los Apóstoles y, con ellos, la constituye en testigo suyo en medio del mundo. El Culto eucarístico crea el espacio para la oración. La naturaleza humana de Cristo es el medio necesario para el encuentro con Dios. La Eucaristía, naturaleza humana de Cristo inmolada y glorificada, hace posible ese encuentro y, en él, se cumple nuestra identificación con ella. Celebrar la Eucaristía es lograr que nuestra naturaleza de bautizados se sumerja en la Muerte y Resurrección de Cristo. El bautismo y todos los sacramentos adquieren en ella su cumplimiento y plenitud. Nos referiremos, particularmente, a las actitudes orantes personales, a su necesidad y a su capacidad precursora de la celebración. Para entenderlo mejor debemos volver nuestra mirada a cada uno de los Apóstoles: desde Pedro a Juan.
Cada uno de ellos recorre un camino personal que ilumina a la Iglesia. Los más notables de los doce son Pedro y Juan. El primero debe probar el fracaso y morder el polvo del regreso. Presumió de una fortaleza, que no poseía, y de una fidelidad al Maestro que temerosamente pospuso y contrarió. El segundo, “discípulo amado” o discípulo fiel al amor de su Maestro, se mantiene en la senda estrecha del seguimiento hasta la Cruz. Ambos aman al Señor, y simultáneamente aprenden a amarlo: uno por la senda del fracaso (el pecado); otro por la senda simple de la inocencia; ambos beneficiados por la misma acción misericordiosa de Dios. El aprendizaje se hace difícil, comprende el ejercicio de la humildad, y aquellos hombres “duros de entendimiento” abrazan la cruz con espíritu de pobres. Todo buen discípulo llega a formular una síntesis final de lo que recibió: Pedro junto al lago, en la profesión humilde de su amor; Juan, solícito, cediendo el lugar a Pedro - favorecido por su juventud - en la entrada al santo Sepulcro. Uno y otro descubren el valor principal de la pobreza y humildad de Cristo. Aprendieron en la intimidad de los tres años y se ponen en condiciones de profundizar - aquella amistad con el Maestro - en el nuevo clima de la fe pascual. En lo sucesivo será la Eucaristía el nuevo espacio para la intimidad con el Señor. Allí aprenderán todo lo que la historia les demande para anunciar y celebrar la Pascua como el acontecimiento que redime al mundo. Estamos en ese tiempo de plenitud, iniciado en Pentecostés, pero ya anticipado en la Institución de la Eucaristía. Cuando la celebramos, y participamos plenamente de ella, vivimos el aprendizaje que nos hace verdaderos discípulos y testigos de Cristo. Cuando se produce una cierta distancia o debilitamiento en su celebración, nos volvemos discípulos negligentes e incapaces de aprender.
La Eucaristía supone una relación que se inicia en el primer encuentro con Jesucristo, fruto inmediato del anuncio pascual. Quienes celebran, presidiendo y participando, deben familiarizarse con el Señor celebrado mediante la oración. El intercambio que se produce tiene comienzo y se perfecciona. La Eucaristía es, sin duda: “fuente y cima de toda la vida cristiana”. En ella nace y se desarrolla la oración como relación de amor. El Misterio Pascual cumplido, mediante la Muerte y la Resurrección, está orientado a la reconciliación: con Dios, entre los hombres y con el cosmos. Su cumplimiento requiere la acción regeneradora del Espíritu Santo. La transformación que causa el bautismo reabre las dimensiones cerradas por el pecado. Es un ser (nuevo) capaz de iniciar y perfeccionar una auténtica relación con Dios, en el Hijo que – mediante la Encarnación – lo revela a todos los hombres. Una celebración rutinaria empalidece la adhesión a Jesucristo. La fe indica que, no obstante, se realiza el contenido del signo sacramental mientras se den las condiciones requeridas. Los santos (sacerdotes y laicos) permanecían absortos durante la Misa y ante el la sagrada Reserva. El mismo Señor se hace cargo de la intensidad de esa peculiar relación de amor. Basta el consentimiento humilde, hasta abarcar tiempos generosos, para que el amor crezca y desborde las posibilidades de cada persona. La Eucaristía celebrada piadosa y cuidadosamente se constituye – ella misma – en escuela perfecta de oración. Existe una interacción espiritual entre la oración, abarcativa de la existencia cotidiana del bautizado, y la liturgia eucarística. Aquí encontramos a Quien deseamos ardientemente en la oración. Se constituye en logro alcanzado y pregustación del Cielo.
Cristo, Verbo encarnado, se nos brinda en un anuncio fuerte, directo y que exige conversión. Darle nuestra bienvenida es iniciar un trato amical con Él. En la perspectiva de una predicación vigorosa se presenta la Eucaristía como momento culminante. Es Cristo que ha empezado antes, como Palabra predicada, y que reclama su plena manifestación en la Eucaristía. El Señor constituye el centro de la vida de la Iglesia y la Eucaristía le ofrece la ocasión de estar entre los hombres como sacramento o visualización, signo elegido por el mismo Cristo para que la gracia de su presencia pascual alcance total expansión. La piedad popular retiene a los creyentes en un estado de subdesarrollo mientras no concluya en la Eucaristía. Cuando la Iglesia celebra la Eucaristía advierte que lo puede todo, que su intercesión por el mundo obtiene un poder excepcional que todo lo logra del Padre: “Padre, yo sé que siempre me oyes”. Jesús se hace presente al mundo en una Iglesia que celebra la Eucaristía. Se hace sentir existencialmente en una comunidad de bautizados que - celebrando la Eucaristía - se deja devorar por el hambre de Dios que el mundo tiene. La devoción eucarística manifestada de muchas maneras, especialmente durante la adoración, hace posible la vida de una Iglesia misionera.
X.- EUCARISTÍA Y RELACIÓN CON EL PADRE.
La devoción filial al Padre distingue a Jesús. Habla con enorme ternura del Padre, todo lo refiere a Él, el cumplimiento de su voluntad constituye su máxima aspiración. Los discípulos lo observan orar sin interrupción, prefiriendo - sobre toda otra actividad - los tiempos prolongados de silencio y soledad en medio del trajín de su vida misionera. Es el Padre quien lo atrae irresistiblemente. El Evangelio nos relata que “pasa las noches en oración con Dios”. Es bueno que imaginemos el fervor de su relación con el Padre, la familiaridad respetuosa que se apodera de Él, el crecimiento de su seguridad humana en la presencia invisible del Padre. Su sereno desplazamiento de pueblo en pueblo, el lenguaje claro y misterioso con el que se dirige a los diversos grupos de personas, la sencilla rapidez en las respuestas a sus manifiestos o encubiertos enemigos, constituyen el fruto innegable de esa relación madura y confiada con el Padre. Sus discípulos aprenden a confiar y a obedecer al Padre de la enseñanza, actitudes y gestos de Jesús. Más aún, cuando le piden que les enseñe a orar, compone esa bellísima plegaria filial que repetimos constantemente: “Ustedes oren de esta manera: Padre nuestro que estás en el cielo...”. Hacia el final de su misión terrestre los mismos discípulos le suplican que les muestre al Padre, como culminación de su magisterio: “Felipe le dijo: Señor, muéstranos al Padre y eso nos basta. Jesús le respondió: Felipe, hace tanto tiempo que estoy con ustedes ¿y todavía no me conocen? El que me ha visto, ha visto al Padre”.
Esa relación intima y continua, la obediencia inquebrantable a la voluntad divino paterna, producen una identificación tan real que mirarlo es ver al Padre. No necesita aducir muchos e interminables argumentos para convencer a los hombres del conocimiento de Dios, que Él tiene y transmite a quienes lo miran y escuchan. Cristo revela a un Dios que ama entrañablemente al hombre, porque es su verdadero Padre. En la parábola del “hijo perdido” o “del padre bueno” demuestra que el pecado del hombre consiste en haberse alejado de un padre tan bueno. La bondad de Dios Padre se vuelve misericordia y gozo por el regreso del “hijo perdido”. El hombre necesita cambiar la idea que tiene de Dios, si la tiene, en la que Jesús formula y muestra. Es el comienzo necesario de la redención y el perdón de los pecados. No se produce una verdadera conversión a la Vida si el Dios referente es un ser implacable, vengativo, distante y desinteresado de las angustias y búsquedas de los hombres. Tarde o temprano aparecen la fatiga existencial y la desesperación. ¡Cuántos “ateos” constituyen la reacción a una imagen de Dios que no es la verdadera! Cristo es “el rostro visible del Padre invisible”, por ello, quién lo mira ve al Padre. La Eucaristía, prolongación real y misteriosa del amor de Cristo, constituye la revelación del amor “extremo” del Padre. Me refiero al amor perfecto de Dios, ideal propuesto por Jesús a todos los hombres, de difícil pero posible realización: “Sean perfectos como el Padre celestial es perfecto”.
Por la Eucaristía entramos en comunión con Cristo que nos muestra al Dios Bueno. Cuando la celebramos nos movemos al ritmo de Cristo que se ofrece por nosotros – y por todo el mundo – comisionado por el Padre para manifestarnos el amor extremo que nos tiene. En ese ámbito celebratorio, incluida su prolongación en la adoración, se enternece nuestro corazón endurecido por el pecado y sus derivados. No existe argumento más convincente – de que Dios es nuestro Padre Bueno - que el sacrificio de Cristo prolongado en la Eucaristía. Recuerdo la vida admirable del Beato Charles de Foucauld: “La Eucaristía había conducido a Fray Carlos a buscar la imitación literal de Jesús. Su amor a Cristo alcanza ahora claramente un nuevo estado: una configuración muy íntima con Jesús. En lugar de sufrir simplemente con Jesús y por Jesús, en lugar de estar solamente junto a Él, en adelante quiere dejar que Jesús ame, que Jesús sufra en él”. El Padre se encuentra más transparentado en la pobreza extrema de la Eucaristía que en Belén o durante las apoteóticas presentaciones de Galilea. La Cruz, extremo del amor de Dios Padre, se manifiesta con admirable perfección en la Eucaristía. Es urgente que descubramos este sentido hondo de la Eucaristía para que Cristo sea reconocido y amado en la imagen más pobre que ha elegido. Su misión es que el Padre sea descubierto en Él más allá del acontecimiento de su Encarnación, nacimiento, vida misionera, dolorosa Muerte y Resurrección. Me refiero a la Iglesia en la Eucaristía que la expresa y perfecciona.
La Iglesia, consolidada su unidad en la Eucaristía y alimentada por Ella, se presenta ante el mundo como enviada del Enviado del Padre: “Como el Padre me envió yo los envío a ustedes”. Su liturgia es una conmovedora plegaria filial. Es el Padre su destinatario, en el Espíritu y por Jesucristo. Esa imitación – que no debe ser formal – de Cristo, le permite introducirse en el clima de las relaciones del Hijo encarnado con el Padre. Incluye la mediación poderosa de Cristo que toma a cada uno de sus miembros para que resuene su clamor intercesor en ellos. La Iglesia, al celebrar la Eucaristía, presenta al Hijo que hace oír su gemido suplicando al Padre el perdón y la misericordia para los pecadores: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen”. El proceso de configuración con Cristo, que la Eucaristía realiza en los bautizados que la celebran, es más evangelizador que la actividad pastoral mejor planificada. Es Cristo que se hace reconocer en nuestra pobreza humildemente asumida. Es Cristo que vuelve a “anonadarse” por amor en nuestro clamor de hijos, en el fruto de nuestro humilde trabajo, en el pan y el vino que presentamos. Adoptando su misma actitud ante el Padre desaparecemos para que sólo aparezca Él. Cuando la Iglesia se empeña en celebrar auténticamente la Eucaristía ofrece a Jesús – al mundo – para que se produzca la reconciliación definitiva con el Padre.
Esa es la intención de Dios. Jesús la lleva a cabo personalmente y por medio de su “como sacramento” la Iglesia. Jesús es la Eucaristía “ para la Vida de la Iglesia y del mundo” que afirma su presencia “hasta el final de los tiempos” y muestra la eficacia de la Redención. La incredulidad, que el pecado genera, debe ser vencida por el testimonio imprescindible de los santos. Cada uno debe responder a la vocación común a la santidad que reclama el acceso por un sendero de normalidad.
XI.- EUCARISTÍA Y RELACIÓN CON EL ESPÍRITU SANTO.
A partir de Pentecostés la Eucaristía adquiere su perfecta identidad. Jesús promete el Espíritu Paráclito como confirmación de su obra. Es muy difícil formular con palabras simples lo que acontece en el mundo con la presencia de Jesucristo. Él sabe hacerlo. La vida cristiana se afirma en sus valores esenciales por la presencia y acción del Espíritu Santo. La Eucaristía, considerada, por el mismo Jesús, como absolutamente necesaria para la vida, toma su lugar visible entre los suyos – ya que es Él mismo - y los envía a ser sus testigos a un mundo enfermo por causa de la irresponsabilidad. Como Cristo, misteriosamente engendrado por el Espíritu Santo en el seno virginal de María, la Iglesia se convierte en fruto de similar modelación. Pentecostés es el nacimiento de la Iglesia. Jesús la deposita como semilla prometedora en el corazón del mundo y de quienes reciben su Palabra y lo siguen dócilmente. Los lugares del Evangelio en los que Jesús habla del Espíritu Santo son muchos. Al comprobar cierta “dureza de entendimiento” ofrece la oportunidad de exponer su “plan B”, con la diferencia de que es el plan original. El Señor refiere a la venida del Espíritu Santo el pleno entendimiento de la Verdad por parte de sus torpes discípulos. Promete formalmente esa venida y, haciendo mención de su futura plenitud como glorificado, afirma que lo enviará. Tan importante es esa llegada que es aguardada en oración con la presencia animadora de la Virgen María: “Todos ellos, íntimamente unidos, se dedicaban a la oración, en compañía de algunas mujeres, de María, la madre de Jesús, y de sus hermanos”. Así los sorprende Pentecostés, el cumplimiento de la promesa del Maestro.
La Eucaristía es el momento central de las ejemplares comunidades cristianas: “Todos se reunían asiduamente para escuchar la enseñanza de los Apóstoles y participar de la vida común, en la fracción del pan y en las oraciones”. El fruto de esa vida en común, sostenida y alimentada por la Eucaristía – la fracción del pan – es la evangelización: “y eran queridos por todo el pueblo. Y cada día, el Señor acrecentaba la comunidad con aquellos de debían salvarse”. El Espíritu Santo corona su misión divina, como otra Persona de la Trinidad, promoviendo la Vida cristiana y centrándola en “la enseñanza de los Apóstoles – la misma palabra de Jesús que ellos transmiten con absoluta fidelidad – y la fracción del pan”. La Eucaristía, Sacramento de la Persona del Verbo encarnado, llena con una centralidad inigualable la vida de la Iglesia. Connatural a esa vivencia, animada por el Espíritu y nutrida por la Palabra y el Pan eucarístico, se da la misión evangelizadora. El Operador o Artífice es el Espíritu Santo. Produce la sacramentalidad de la Iglesia, desde el bautismo a la Eucaristía, y – en ese arco - las Ordenes diversas del servicio sacerdotal. Asegura su fidelidad a la Verdad y la custodia en sus formulaciones doctrinales legítimas. En dependencia del Espíritu Santo la Iglesia conserva su identidad y desempeña su misión. La insistencia en la celebración del día Domingo, mediante “la enseñanza” y “la fracción del pan”, responde a la solicitud del Espíritu de Pentecostés. Al celebrar la Eucaristía, con la asiduidad que corresponda, la Iglesia es renovada constantemente en santidad y misión. Alejarse de ella es restar al Espíritu el principal espacio de su acción como divino Artífice. Es estremecedor advertir la tibieza, la frialdad y el menosprecio que rodea a nuestras Eucaristías.
Apenas nos empeñamos en celebrar con fervor la Eucaristía y en animar los momentos extra sacramentales de la prolongada y frecuente adoración, advertimos que se produce una renovación – obra del Espíritu – que otorga identidad a la Iglesia ante un mundo que necesita urgentemente su testimonio evangelizador. Ya lo decía casi dramáticamente el Papa Pablo VI: “En este mundo moderno... No sería exagerado hablar de un poderoso y trágico llamado a ser evangelizado”. La Iglesia, animada por el Espíritu y centrada en la Eucaristía, es necesaria al mundo. Las manifestaciones del pecado, publicitadas y promovidas, constituyen un desafío a nuestro espíritu, no tanto a la esgrima apologética que apetecen los medios de comunicación. La santidad es la respuesta adecuada: “El mundo actual reclama a los cristianos el testimonio de la santidad”. La gracia del Espíritu – la gracia de Cristo – vence al pecado, en y desde los santos. La santidad es obra exclusiva del Espíritu de Dios. Son ellos, por lo mismo, los testigos auténticos y “los verdaderos misioneros”.
Es significativo que la Iglesia celebre sus momentos más importantes y trascendentes con la invocación del Espíritu Santo y con la Eucaristía. El Espíritu y la Eucaristía hacen a la Iglesia “como el sacramento de Cristo” para un mundo que se empecina, irresponsablemente, en apartarse de su Redentor. No podemos reducir esta reflexión a lo meramente institucional. Existe un movimiento subterráneo que afecta a nuestra vida personal. La fe se aleja de lo masivo. No es la muchedumbre o los pueblos quienes se convierten a Cristo. La conversión es una decisión personal y la gracia del Espíritu Santo hace santa a cada persona; nadie es santo por otro (la santidad no se hereda). La relación con Dios se inicia en un encuentro personal. Su desarrollo depende del sostenimiento de la conversión personal, asistida por la oración, por la escucha de la Palabra y su progresivo conocimiento y por la participación en la celebración de la Eucaristía. No es un pietismo individualista el que se avizora sino la concreción de una respuesta al llamado que termina siendo un auténtico acto de amor. Por ello resulta ser un proceso personalizador. El Colegio Apostólico es una conformación de discípulos. Allí el Espíritu Santo logra su exclusiva obra de santificación. La comunidad que oye y obedece, que ora y celebra, supone que sus miembros han emprendido personalmente ese itinerario. Cuando todo se espera de la comunidad, o de los grupos que la expresan, la Vida se debilita hasta la distorsión o la desaparición. Lo hemos podido comprobar. La docilidad al Espíritu Santo no es una devoción más, no podría agotarse con ser una devoción de libre elección. Cristo - y su Misterio - no será entendido cabalmente sin la llegada del Espíritu. Por algo lo esperaban con verdadera ansiedad. A partir de entonces la acción evangelizadora será eficaz. Los Apóstoles no se contentaban con el bautismo, averiguaban si los bautizados habían recibido el Espíritu Santo. A veces se les anticipaba, como en algún grupo de gentiles, y los convencía – por el desborde sorprendente de sus dones – que también los gentiles tenían derecho a ser de Cristo. La historia extensa de santidad de la Iglesia expone, ante nuestra mirada sorprendida, las diversas fisonomías de los santos.
XII.- AL SERVICIO DE LA RECONCILIACIÓN Y DE LA UNIDAD.
El Redentor se encuentra frente a una humanidad dispersa, profundamente incomunicada, necesitada de una eficaz reconciliación. La Eucaristía constituye, de manera plena y definitiva, la acción de Dios que restablece la unidad desde el mismo corazón humano, donde se produce la ruptura. Juan Pablo II lo afirma con claridad: “La Eucaristía se manifiesta, pues, como culminación de todos los Sacramentos, en cuanto lleva a perfección la comunión con Dios Padre, mediante la identificación con el Hijo Unigénito, por obra del Espíritu Santo”. La fuerza y la luz que asisten a la Iglesia, en relación con el mundo, nace de la Eucaristía que celebra continuamente. En ella - y gracias a ella - la Iglesia se constituye en modelo de la unidad, a la que debe llegar la humanidad, y deposita en el interior de la sociedad al Autor supremo de esa unidad. Los cristianos de fe profunda y muy desarrollada – los santos – atribuyen a la Eucaristía la virtud de crear las condiciones adecuadas para la unidad y la paz. No es una fe que se aferra a los ritos sino que despliega su capacidad transformadora tanto en los individuos como en las comunidades. El letargo producido por el tedio y el acostumbramiento insensibiliza espiritual y culturalmente a sectores amplios de la misma Iglesia. Es preciso renovar el fervor. He mencionado la experiencia del Xº Congreso Eucarístico Nacional celebrado en Corrientes, en el año 2004. Su preparación, además de lo estructural y técnico, acentuó esa renovación del fervor eucarístico. Sus frutos, que aún perduran, constituyen el verdadero resultado de aquellas inolvidables jornadas. Someterse a la acción del Espíritu y, de esa manera, identificarse con el “Hijo Unigénito” desemboca en una comunión auténtica con el Padre, con las demás personas y con el universo creado.
Celebrar la Eucaristía es identificarse con Cristo reconciliador de los hombres. Ser con Él reconciliadores a partir de la propia experiencia de reconciliación es nuestra esencial misión como Iglesia. Necesitamos a Cristo porque Él es la causa de nuestra reconciliación, y nosotros, en virtud de nuestro Bautismo, carismas y ministerios, somos su expresión sacramental y sus humildes testigos. Esa prolongación de su presencia en el “hoy” de la historia se vale – respetando nuestra libertad – de nuestra fidelidad y consentimiento. Los santos se constituyen en transparencia de su acción reconciliadora. Cuando aparecen en sociedad atraen las voluntades más distantes y establecen un vínculo nuevo y cordial entre personas y grupos antagónicos. Causan un clima humano de especial serenidad y dulzura que hace posible el esfuerzo doloroso de la conversión a la unidad. Ocurre lo contrario cuando quienes protagonizan la vida social no están interiormente reconciliados en Cristo. La grave dificultad que enfrenta el buen entendimiento y cooperación entre las personas y, como consecuencia, entre los pueblos y grupos, proviene de la sustancial incapacidad causada por el pecado. Como ocurre en la acción evangelizadora auténtica, se produce una especie de contagio o irradiación que modifica las condiciones personales y grupales para el logro de un avance eficaz hacia la unidad
Al contrario de toda gestión diplomática, la reconciliación - de la que es Cristo actor principal - se funda en una transformación interior de los individuos comprometidos en ella. No podemos pensar en una relación cordial permanente sin esa personal transformación, sólo posible por la gracia. Las “buenas maneras” se transforman en “afecto fraterno”, logrando - de esa manera – una situación de estabilidad para el desarrollo de los valores sociales, hasta la paz. La Eucaristía es el Sacramento en el que Cristo “hace” la unidad, sobre el leño de la Cruz, y se convierte en sustento de la misma. Es conveniente recordar que Cristo, por su Eucaristía – prolongación histórica de su Sacrificio redentor – se constituye en la necesidad para la unidad de todos los hombres. Se requerirá una opción de fe, mediante la conversión, y su correspondiente catequesis. Si no se ha dado aún el encuentro explícito con el Evangelio todo esfuerzo por la unidad constituirá una legítima aproximación a Cristo, Misterio supremo de unidad. La gracia invisible, proveniente de la misma fuente - el Espíritu Santo - actuará sin sacramento y ofrecerá la misteriosa oportunidad de recibirla. La Eucaristía, que la Iglesia celebra sin interrupción, constituye un don inmerecido y la posibilidad de llevar a la conciencia de los bautizados el gozo de contemplar – en el signo sacramental – el Misterio acontecido. Misterio – o acción de Dios que reconcilia a los hombres consigo y entre ellos – ofrecido generosamente por el ministerio de la Iglesia.
Es innegable que la misión principal de la Iglesia – de todos sus bautizados – consiste en anunciar y celebrar, por la Eucaristía, el misterio de la Pascua. Lo hace públicamente, privilegiando el día Domingo, y aprovecha toda ocasión para señalar su destino universal. Es como si proclamara al mundo: “Aquí está el remedio, la clave de la unidad perdida por siglos”. Con frecuencia celebro la Eucaristía en soledad. Se apodera de mi la convicción de que estoy actualizando el Misterio de la Pascua y, ciertamente, la Salvación del mundo. Pocos o nadie están enterados de esa celebración, sin embargo allí está la Verdad que el mundo necesita conocer para anular su trágica dispersión. ¡Qué lejos está este simple y humilde rito del formalismo y la importancia social con que lo revestimos en tantas ocasiones! Celebramos el acontecimiento de la Pascua; no podemos reducirlo a menciones históricas de trascendencia puramente temporal. Es bueno recorrer la doctrina apostólica, particularmente la de San Pablo, para confirmar nuestra fe en el poder reconciliador de Cristo. En la Eucaristía que celebramos – y adoramos – cotidianamente cumplimos el acto más trascendente haciendo que la Pascua de Cristo se actualice por el Sacramento y muestre el poder que vence al pecado e inicia una era nueva de Vida.
Es el momento de contemplar el Misterio eucarístico, y sorprendernos ante su novedad. El gozo que produce ese descubrimiento no es emotivo, está envuelto en la oscuridad de la fe. La Eucaristía nos ofrece dar pasos largos en ese camino de fe. Ante su adorable presencia no existe otra alternativa que creer. La ausencia de todo gozo sensible favorece el desarrollo de la fe y el misterioso crecimiento en santidad. Es alentador pensar que, en esos momentos, se realiza la identificación perfecta con Jesucristo, y se produce el aporte, original e irremplazable, de la Iglesia a la sociedad deshecha por la división y el desencuentro. Está en el plan de Dios que no veamos lo que Él hace por los humildes gestos y palabras que nosotros ponemos. Como si nada pasara, como si Dios no hablara en el susurro de la brisa o no asegurara su presencia en el fuego que no consume la zarza. Cuando celebramos la Eucaristía experimentamos la cruz y percibimos, en el silencio de nuestras cosas y de nuestros deseos de sentirnos bien, el realismo de una viva conformación con Él. Así seremos reconciliadores con Él y constructores de la unidad que el mundo necesita.
XIII.- MARÍA, MUJER EUCARÍSTICA.
Expresión que pertenece a S.S. Juan Pablo II y abre una senda de comprensión del Misterio eucarístico. También ilumina nuestra espiritualidad y misión: “Pero, más allá de su participación en el Banquete eucarístico, la relación de María con la Eucaristía se puede delinear indirectamente a partir de su actitud interior. María es mujer “eucarística” con toda su vida. La iglesia, tomando a María como modelo, ha de imitarla también en su relación con este santísimo Misterio”. María “es quien es” por su misteriosa relación con Jesús, el Hijo de Dios encarnado en su seno, por obra del Espíritu Santo. También la Iglesia, de quien María es Madre y Modelo, “es quien es”por su necesaria relación con Cristo. La Eucaristía constituye la fuente que alimenta su Vida y orienta su actividad misionera. El Papa toma de los momentos más importantes de la vida de María los elementos motivadores de la espiritualidad cristiana. La Eucaristía celebrada como es debido nos pone en condiciones de imitar las actitudes de María “modelo”: “Hay, pues, una analogía profunda entre el “fiat” pronunciado por María a las palabras del Ángel y el “amén” que cada fiel pronuncia cuando recibe el cuerpo del Señor”. El amén como acto de fe es, al mismo tiempo, la decisión firme y humilde de ser de Cristo inmolado y ofrecido al mundo como salvación. María, desde que Dios la elige, la prepara y la saluda por el Ángel, vive para su Hijo divino y en función de la misión redentora del mismo. Basta recorrer los evangelios y subrayar las apariciones significativas de María. Desde la Encarnación, la Navidad, la vida oculta en Egipto y en Nazaret, el recorrido misionero, la Muerte y Resurrección, María está al lado de Jesús y de sus discípulos, con una ejemplar actividad servicial. Ello indica que su vida interior se alimenta constantemente del Misterio que contempla y adora.
Su fidelidad excepcional a Jesús, motivada por su situación de Madre y discípula, tiene etapas. La destacada escena de la Cruz, relatada por Juan Apóstol y Evangelista, constituye el momento extremo de su fidelidad. Es constituida en Madre de la humanidad, en la persona de Juan, e iniciado su místico alojamiento en la vida de quienes transitan el camino de la historia. Constituye, junto a su Hijo divino – por la Asunción – el enlace entre la vida presente y la futura, entre el tiempo y la eternidad. Está, con Jesús, en el Cielo y en la tierra, junto al Padre y entre los hombres que anhelan en la fe la perfección del Cielo. Son admirables las expresiones de esa presencia. Jesús está presente, por su Espíritu, en el acontecer de la historia humana y en el sacramento de la Iglesia, peculiarmente en la Eucaristía. María lo está, en esos inexplicables acontecimientos devocionales por los que atrae hacia Cristo a multitudes de peregrinos. Es interesante observar la historia desde esa perspectiva de Dios. El Papa agrega a la feliz apelación de “mujer eucarística” un término programático: “María es mujer eucarística en toda su vida”. La Iglesia debe serlo también, no se la entendería si no fuera así. Por ello, cuando se produce un debilitamiento en el fervor eucarístico, corre un gravísimo riesgo su propia identidad. Vive de Cristo para el mundo. El título de la Encíclica comentada lo expresa con claridad: “La Iglesia vive de la Eucaristía”. Al proponer a María como modelo de la Iglesia, el Papa manifiesta la convicción de que “María vive de Cristo, Misterio eucarístico”. Este pensamiento se merecería una extensa y profunda meditación.
La vida bautismal se prepara y desarrolla en una práctica de celebración eucarística que lo toma todo. Mantenerse en el amor a Dios – en gracia – exige vivir de la Eucaristía como inserción amorosa en el Misterio de Cristo. La muerte al pecado, ya significada en el Bautismo, exige y supone toda una vida de combate por la fidelidad a Dios. Jesucristo se hace cargo del auxilio necesario para que no debilitemos la conversión, y seamos constantes en ella por la penitencia. La Eucaristía debe trascender el rito para tomar enteramente la vida de cada bautizado. Cuando nos referimos a la vida, entendemos la que cada uno debe vivir, presente en la realidad ambigua que le corresponde. Cristo es el auxilio, Él mismo, en el Sacramento de la Eucaristía. Ese auxilio se produce, o llega a nosotros, mediante una verdadera identificación con Él, en la participación de su Muerte y de su Vida. De esa manera Cristo mismo se hace presente por su Iglesia testigo. Su presencia es activa, transformadora de la vida personal, familiar y social. Lo hará Él, por mediación de su Iglesia conformada con Él por la Eucaristía. “La Iglesia es ella misma cuando celebra la Eucaristía” y a Él identificada puede cumplir eficazmente su misión evangelizadora. Toda la vida de la Iglesia es eucarística. Se ofrece por el mundo en sacrificio, como alimento de los nuevos valores y logro de los cambios profundos que posibiliten incorporarlos al proceso de su historia.
En María se produce una comunión única con su Hijo divino, imposible de superar. Su comportamiento se adecua totalmente al de Jesús. Es también “la servidora” que acata sin reservas la voluntad del Padre. La obediencia filial de Cristo tiene ese humilde anticipo. La obediencia de María prepara y acompaña al Misterio de la Encarnación. La Salvación de la humanidad requiere la recomposición de la libertad y, por ello, el acontecimiento que la cumple sucede a un sorprendente intercambio de libertades: Dios, que libremente elige, y el hombre, que libremente responde. Se inicia en María, en la propuesta divina formulada por el Arcángel Gabriel, y llega a su perfecto cumplimiento en el “hágase tu voluntad” de Getsemaní. Es el sendero trazado por el comportamiento de Jesús y de María. La Eucaristía es un intercambio de libertades: Dios que toma la iniciativa, mediante el Misterio Pascual cumplido, y el hombre, vigorizado por la gracia de Cristo obediente al Padre, que consiente en su acción transformadora. La Eucaristía lo hace significativamente posible. Su presencia activa es necesaria a la Iglesia y al mundo.
María, “mujer eucarística en toda su vida”, se constituye en modelo de quienes deben hacer de sus vidas – unidas a Cristo – una eucaristía. Es preciso aprender, en su intimidad familiar, a ser “con Jesús” hijos del Padre. Ella lo aprende desde el primer instante, el de la Anunciación, y se mantiene absolutamente fiel a lo aprendido. La devoción mariana, tan característica de la Iglesia Católica, conduce a los bautizados a la escuela de María y les transmite lo que ella contempla y “guarda en su corazón”. Ya hemos hablado de la Eucaristía como espacio privilegiado para la oración y la contemplación. Imaginemos el estado altísimo de contemplación de María desde su concepción virginal hasta el instante dramático de la Cruz. Así se desarrolla su vida y, con la de su Hijo divino, se hace eucarística.
XIV.- EUCARISTÍA Y SANTIDAD.
La santidad es participación de la santidad de Cristo: “el Santo de Dios”. Él es el Modelo, no únicamente para los bautizados, también para todo hombre que – por ser tal - intente su propia perfección humana. “Es el Hombre que Dios quiere de los hombres” - decíamos - y, por lo mismo, el cumplimiento del único y original proyecto. Advertimos los esfuerzos que ponen nuestros contemporáneos por llegar al pleno desarrollo físico psíquico, que aún permanece latente e inexplorado. Excluyendo la Redención, aquel desarrollo se agota pronto y deja una sensación de fatiga extrema y de desilusión. El “hombre nuevo”, del que Cristo es origen y modelo, es un ser recuperado del estado en el que lo puso Adán “el hombre viejo”. La Eucaristía hace santa a la Iglesia – que lo es en su Cabeza y en sus medios - en los bautizados que la celebran. De allí la necesidad de celebrarla como corresponde, identificando en Ella el Misterio de la Muerte y Resurrección de Cristo. ¿En qué consiste esa identificación o “discernimiento”? En saberlo presente en el Sacramento y en la vida cotidiana de quienes lo celebran. Los santos son los buenos cristianos que celebran como es debido la Eucaristía. Sus vidas constituyen una verdadera transparencia de las virtudes de Cristo y, de esa manera, son testigos auténticos de la Pascua. Juan Pablo II ha dicho a los Cardenales en 2001: “El mundo espera de los cristianos el testimonio de la santidad”. La santidad, para una sociedad tan descreída como la nuestra, es el testimonio creíble del amor de Dios a los hombres. Muestra a Cristo, imagen perfecta del Padre. El texto de Juan que recordábamos puede ser trasladado, sin violentarlo, a los mejores seguidores de Jesús: los santos. Felipe le suplica al Señor: “Muéstranos al Padre y eso nos basta”. El mundo suplica a los cristianos: “Muéstrenos a Cristo y eso nos basta”. Hablamos constantemente de Él. Lo predicamos sin cesar, lo homenajeamos en liturgias espectaculares, pero, no basta. Debemos asegurar a nuestros contemporáneos: “Quienes nos miran ven a Jesús”. San Pablo dice lo mismo, con otras palabras: “Sean imitadores míos como yo lo soy de Cristo”.
Para ello es preciso llegar a una verdadera identificación con Cristo. No se producirá por “imitación mimética”. No haríamos más que teatralizar, con mucha o poca habilidad, los gestos y palabras del Señor. Su seguimiento no consiste en ese tipo de “teatralización” sino en la participación de su Misterio. El don de su Cuerpo y de su Sangre – Última Cena: “los amó hasta el fin” - supera las dimensiones anteriores de su intimidad. Allí, sus discípulos (todos sus seguidores) son moldeados conforme al Modelo divino. Por la acción del Espíritu los discípulos son santificados. Santos como Cristo “el Santo de Dios” e impulsados a testimoniarlo ante todo el mundo. ¡Cuántas dificultades tendrán que enfrentar! Una desafortunada desinteligencia de lo que Dios hace en esa intimidad ocasiona el debilitamiento que observamos en muchos bautizados. Falta conocimiento y adhesión a la persona de Cristo; es obvio que el despiste generalizado sea su dolorosa consecuencia. Es preciso regresar al primitivo fervor: a la Palabra atendida con docilidad y a la Eucaristía celebrada con amor. Ese regreso supone un verdadero cambio o nueva conversión y su penitencial desarrollo. Lo esencial es la conformación que se produce con Cristo, ofrecido como alimento de nuestra fidelidad al Padre y de nuestro testimonio ante los hombres. Es Cristo el centro, el Todo que lo impregna todo en nuestro ser y en nuestra vida. Así lo entiende San Pablo, el gran enamorado de Cristo. No entiende su vida apostólica sin Cristo... no entiende su vida sin Cristo.
Volver a la Eucaristía es ponerse junto al Señor y aprender de Él a ser como Él. La Eucaristía olvidada o mal celebrada es el daño más importante que padece la vida cristiana de nuestros tiempos (sacerdotes que no celebran). Su consecuencia es un mundo enfrentado apologéticamente pero no evangelizado. El “testimonio de la santidad” dispone de poca prensa y pasa desapercibido. No debe afligirnos. La salud no se transmite con bellas conferencias científicas sino con la aplicación directa de la medicina que corresponde o de la terapia adecuada. Podríamos dejar sin palabras a los adversarios de la fe. No basta para ofrecerles la oportunidad de convertirse y vivir. El contacto personal con Cristo, que suscita la fe y la alimenta, se produce por el testimonio de los santos. Los santos testigos no son “fanáticos” sino seres con identidad propia, íntimamente renovados por la gracia de Cristo “el verdadero Santo de Dios”. Ellos han transitado el sendero de su propia redención, de la que es Autor Jesucristo. La novedad producida en ellos los constituye, sin enajenarlos, en “hombres nuevos”, a imagen de Jesús. La ausencia del pecado, por la inmersión en la Muerte de Cristo (en el Bautismo), los vuelve al estado de “original inocencia”. La transformación no es automática, supone un proceso trabajoso y prolongado, para el que la Eucaristía constituye un verdadero “viático”.
El esfuerzo por celebrar y participar de la Eucaristía está inspirado en su valor de “viático” ya que quienes la celebran son peregrinos. Hay que andar hacia Dios. Jesús se ha declarado Camino que conduce, Verdad en la que se debe caminar y Vida a la que se debe tender. Imaginemos las primitivas comunidades y el fervor contagioso de los Apóstoles que las presiden. No pocos, gracias a Dios, se mantienen en aquel fervor. Son desconocidos, mal interpretados y socialmente descartados. ¿Hasta cuándo? No depende de nuestra habilidad organizativa sino de la presencia de Jesucristo. San Pablo, más allá de la escena de su conversión, mantiene una prodigiosa intimidad con el Señor. De ella provienen su extraordinaria sabiduría y el valor evangelizador manifestado en ocasiones de gran riesgo para su vida. Nuestros contemporáneos necesitan, después de un inicial encuentro, familiarizarse con Cristo. La Eucaristía lo consigue con seguridad. Es preciso que las comunidades eclesiales ofrezcan el testimonio de una Liturgia eucarística capaz de mantener en intimidad con el Señor a quienes han decidido ser suyos.
Imagino que el Apóstol Pablo vive de la Eucaristía. No conoce a Jesús como los Doce; no ha sido testigo presencial de la vida del Señor como los otros. Aparece después, cuando la Iglesia comienza su desarrollo institucional, y se constituye en su peligroso perseguidor. Se beneficia, apenas convertido y bautizado, de la gracia de Pentecostés y, por lo mismo, del testimonio apostólico. Ciertamente, el núcleo de aquella gracia pentecostal es, para él: la palabra de los Apóstoles y la “fracción del pan” o la Eucaristía. Sus enseñanzas sobre la misma adquieren una especial importancia para la vida de las comunidades. La ciencia que obtiene del Misterio de Cristo sorprende a Pedro y a los otros Apóstoles. Vive un discipulado en el que el mismo Cristo, de manera personal, se constituye en su Maestro. Así lo entienden los Doce que no creen tener que agregar nada, o corregir algo, a su formidable conocimiento. El consentimiento generoso a la acción del Espíritu Santo es su necesario aporte – “la gracia no fue estéril en mi” -. El intercambio iniciado en Damasco se desarrolla rápidamente. Llega a un tal grado de santidad, correspondiente a la excepcional vocación apostólica, que lo ubica a nivel de los otros Apóstoles. Él se considera personalmente el último, “como un aborto”, pero reconoce la dignidad de su ministerio: “para que yo lo anunciara (a Cristo) entre los paganos”. Entendemos por qué, en la extensa historia de santidad de la Iglesia, gravita decisivamente la Eucaristía: hace a los santos.
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RETIRO ESPIRITUAL
Mons. DOMINGO S. CASTAGNA
Arzobispo de Corrientes (Argentina)
Para el Instituto Secular
“Misioneras Apostólicas de la Caridad”
LA BAÑEZA – ESPAÑA
AGOSTO 2005
INDICE
INTRODUCCIÓN
1.- Vida bautismal y Eucaristía.
2.- Eucaristía y conocimiento de Jesús.
3.- La pobreza de Cristo y nuestra conversión.
4.- La pobreza de Cristo eucarístico es amor extremo
que hace de nuestra vida una respuesta de amor.
5.- Reproduce los rasgos que identifican a Cristo.
6.- Castidad o don de sí, a ejemplo de Cristo.
7.- La Eucaristía, secreto de la comunión de Vida
con Dios, con los otros y con el universo.
8.- La Eucaristía, ámbito para la intimidad y la contemplación.
9.- La Eucaristía, escuela de oración.
10. Eucaristía y relación con el Padre.
11. Eucaristía y relación con el Espíritu Santo.
12. Al servicio de la reconciliación y la unidad.
13. María, “mujer eucarística”.
14. Eucaristía y santidad.
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