domingo, 14 de agosto de 2011

CBML_MTC

Reacciones de la publicación del libro:

Ven Se Mi Luz

Madre Teresa, "la noche" aceptada come un don

La Madre Teresa de Calcuta llegó "a amar la oscuridad"

Madre Teresa, Evangelio puro

Un secreto por descubrir: la santidad de la Madre Teresa

La Madre Teresa: Una luz en la «noche oscura» del siglo XXI

La larga noche oscura de la Madre Teresa

La «noche oscura» de la Madre Teresa, una especie de «martirio»

La Madre Teresa de Calcuta llegó “a amar la oscuridad

El padre Kolodiejchuk en la presentación de “Las cartas privadas”


MADRID, 4 de junio de 2008 (ZENIT.org-Veritas).- El postulador para la Causa de beatificación de Madre Teresa, padre Brian Kolodiejchuk, M.C., presentó este miércoles en Madrid el libro "Ven sé mi luz. Las cartas privadas de 'la santa de Calcuta'" (Planeta-Testimonio).


La correspondencia privada de Madre Teresa permite reconstruir "el lado más espiritual" y menos conocido del trabajo que hizo famosa a esta humilde albanesa, según explicó el postulador de su causa, que pudo acceder a las cartas que ahora se publican al iniciarse su proceso de beatificación.

Una de las sorpresas que deparaba esta documentación permanecía oculta a la mayoría de las personas tras la sonrisa permanente de Madre Teresa, y fue sin embargo esencial en su vocación. Se trata de la oscuridad interior que experimentó sobre todo a partir de los años 60, pero que comenzó a sentir mucho antes, alrededor de 1937, cuando era todavía misionera de Loreto, antes de fundar su propia Congregación (Misioneras de la Caridad).

Sin embargo, Madre Teresa pudo armonizar la "alegría por hacer día tras día lo que Dios le pedía" con el "desconsuelo y la soledad". Según el padre Kolodiejchuk, "sonreír" fue su elección. En una de sus cartas, Madre Teresa escribe: "cuando veo a alguien triste, pienso siempre que le está negando algo a Jesús".

Además, la religiosa llegó a "amar la oscuridad", como confiesa en una carta al padre Neuner: "Por primera vez en estos once años-he llegado a amar la oscuridad.-Pues ahora creo que es una parte, una muy, muy pequeña parte de la oscuridad y del dolor de Jesús en la tierra. Usted me ha enseñado a aceptarla como un "lado espiritual de "su obra"" (...) Hoy sentí realmente una profunda alegría-porque Jesús ya no puede sufrir de nuevo la agonía-sino que Él quiere sufrirla en mí-Más que nunca me entrego a Él.-Sí- más que nunca estaré a su disposición".

El padre Kolodiejchuk confesó que tuvo que leer "varias veces las cartas" hasta entender de qué se trataba verdaderamente su "oscuridad"; incluso muchas hermanas que convivían cerca de ella, "no tenían ni idea de lo que pasaba en su interior".

Al ver la ingente obra que Madre Teresa realizó (sobre todo después de su "inspiración" en 1946, cuando recibe "la llamada dentro de la llamada" para trabajar entre los más pobres de los pobres) lo más fácil es pensar que lo hacía apoyada en el consuelo que experimentaba en Dios. Sin embargo, según el postulador de su causa, lo que hizo "heroica" su vida, fue precisamente la fidelidad a Dios a pesar de esta falta de consuelo.

Para Madre Teresa, "la pobreza más grande en el mundo de hoy" era "no sentirse amado", por eso comprendió que experimentar el abandono de su Amado como algo real, le acercaba a sus pobres y la identificaba con el sufrimiento de Jesucristo en el Huerto de Getsemaní y en la Cruz, cuando pregunta al Padre: "¿Por qué me has abandonado?"

Según el padre Kolodiejchuk, la experiencia de Madre Teresa es similar a la de otros santos y más que "crisis" de fe (que hace referencia a algo "más existencial e intelectual"), lo que atravesó la Madre fue una "prueba de fe" hasta alcanzar, como dijo uno de sus confesores, "una fe pura y desnuda, sin sentir nada".

Además, el postulador de la Causa de Madre Teresa ve en esta actitud un ejemplo para los creyentes, que deben saber que "la fe no siempre es fácil" y "tenemos que luchar".

A pesar del deseo de Madre Teresa de que sus escritos fueran destruidos, finalmente han visto la luz, porque la Iglesia considera que aunque se trató de una experiencia "personal", no ha sido una experiencia "privada", porque no fue sólo para ella. Los Misioneros y Misioneras de la Caridad heredaron el "carisma" de Madre Teresa, que consiste no sólo en compartir la pobreza material, sino también "la espiritual".

El postulador de la Causa de beatificación de la religiosa concluyó que el amor que vivió Madre Teresa no es sólo "para admirar", sino que "es posible imitarlo empezando a nuestro alrededor".

© Innovative Media, Inc.



Madre Teresa, Evangelio puro

Diez años después de morir, la Beata Teresa de Calcuta sigue viva en el corazón del mundo

Mother Teresa

Estas líneas no han sido escritas ahora; fueron publicadas, hace casi cinco años, en la colección de folletos de Mundo cristiano (editorial Palabra). Cuando se cumplen diez años del paso definitivo de Teresa de Calcuta a la Vida verdadera, no faltan quienes pretenden ensuciar su memoria, rebuscando en su impecable biografía el silencio de Dios del que ha hablado el Papa. ¡Ojalá que Umbral, que se atrevió a tratar de difamarla, haya encontrado ya la Plenitud que, a su manera, como todo ser humano, iba pordioseando! Ella, Evangelio puro, se la habría regalado.

Desde la ONU, la llamaron, y con razón, porque lo era, «la mujer más poderosa del mundo». Tenía billete gratis en todas las grandes líneas aéreas. Experta en amor, dijo un día: «Lo que importa no es lo que hacemos, sino el amor que ponemos en ello. Mientras no haya amor en el mundo, no podrá haber paz». Como en este mundo hay gente para todo, una miserable cadena de televisión británica intentó manchar su imagen, y cierta bienpensante prensa española se apresuró a hacerle el juego, pero la sarta de calumnias se volvió, como un boomerang, contra quienes la lanzaban. Un columnista del Times londinense comentó: «Una de las pruebas de la verdadera santidad es la magnitud de la ira que suscita».
Vargas Llosa escribió: «No cuenta lo que ella cree, sino lo que ella hace». Está en un grave error el famoso escritor: ni ella, ni nadie, haría lo que ella hacía, si no creyera en Quien creía. Hacía lo contrario que las organizaciones internacionales con fantasiosos programas de ayuda de boquilla: mucho congreso, mucha reunión y mucho viaje con dietas, mucha rueda de prensa y mucho salir en televisión; mucha estadística, pero nada de acudir cuanto antes allí donde nadie acude, nada de cambiar en lo posible, poco o mucho, la vida de esta persona concreta que sufre. No de la gente en abstracto, no, sino de fulanita de tal con lepra, de menganito con sida, y con nombre y apellidos, y con una dura cruz a cuestas...
Sabía que lo que hacía no era más que una gota de agua en el océano, pero sabía todavía mejor que el océano se compone de gotas de agua, no de otras cosas. «Quien no quiera a los niños que van a nacer, que me los dé a mí. No rechazaré ni a uno solo. Yo encontraré a unos padres para ellos. Si una madre es capaz de matar a su hijo, ¿qué puede evitar que nos matemos unos a otros? Nadie tiene derecho a matar a un ser humano que va a nacer. Ni el padre, ni la madre, ni el Estado, ni el médico. ¡Nadie. Nunca. Jamás!» Prefería la Providencia a la planificación. Sabía de Quién se había fiado. Time le dedicó su soñada portada en 1975 y, al año siguiente, se la dedicó París Match, y las dos revistas coincidieron en el titular: «Todavía hay santos». Le preguntaron en Estocolmo si el Nobel de la Paz había sido su mayor alegría, y con desarmante humildad respondió: «No; mi mayor alegría ha sido haber conocido a Jesucristo».
El lenguaraz Umbral, cada vez que su deteriorada mercancía intelectual se le viene abajo, averiada, que obviamente es cada poco, porque nadie da lo que no tiene, se ve necesitado, para alimentar su decadente autopublicidad, de armar el taco, y recurre a las mas facilonas y desdeñables tretas para seguir en el candelero. Como de tonto no tiene un pelo, sabe que la Virgen María, el Papa, la Madre Teresa no dejan indiferente a nadie, y sabe que un insulto, una innoble osadía, o una insidia barriobajera contra ellos hacen que se hable de él. Escribe de la «Terecalcuta que lo mismo va a Oxford que al tercer mundo y que cuando viene a Madrid, la verdad es que nos hace mucho daño, pues tranquiliza las conciencias reaccionarias mediante la caridad, que es una manera atardecida y dulce de postergar / olvidar la justicia». Aunque acaso sepa lo que quiere decir -y entonces, peor para él-, Umbral no sabe lo que dice. Hay cosas que se les escapan a los sabios e inteligentes y sólo se revelan a los sencillos y humildes de corazón. Evidentemente, Umbral no ha entendido ni palabra si cree que la Madre Teresa y sus hijas olvidan la justicia.
Si el amor, único Banco que nunca quiebra, tiene un nombre en el pasado siglo XX, es Teresa de Calcuta. En China quiso recibirla Deng Xiao Ping. Fue al hogar para minusválidos donde estaba el hijo de Deng:
- Señor -le dijo-, está usted haciendo aquí algo maravilloso, una obra de Dios.
- Pero si yo no creo en Dios...
- No importa; Él sí cree en usted...
Últimas palabras de un moribundo en sus brazos: «¡Gracias. Ya ni me acordaba de lo que era un beso...»
Lección definitiva, diez años después: «Sólo se tiene lo que se da».
Miguel Ángel Velasco – 2007.IX.05

    La Madre Teresa: Una luz en la «noche oscura» del siglo XXI

    Mother Teresa

    ROMA, martes, 11 septiembre 2007-- Como comentaba un respetado abogado de Boston al hablar de las biografías recientes, «son tiempos duros para los muertos». Un ejemplo claro ha sido la portada de la revista «Time» del 23 de agosto. Al hojearla se leía el siguiente titular «La vida secreta de la Madre Teresa», acompañado por la imagen más melancólica que puede imaginarse de la religiosa albanesa.

    Con su titular sensacionalista, la revista «Time» no sólo se rebajaba al nivel del periodismo de tabloide, sino que mostraba una lamentable ignorancia del camino espiritual de la beata Teresa de Calcuta.

    Cediendo al capricho de buscar lo sórdido detrás de lo impoluto, cuando titulares como «La ruptura de Britney Spears» o «Lindsay Lohan en crisis» son garantía de un aumento de las ventas, el artículo mismo alimentaba la mentalidad de que las cosas nunca son tan bonitas como parecen. En nuestra época en la que se enmascaran nuestros propios defectos sacando a la luz los de los demás, sugería que el amor alegre a los pobres de la Madre Teresa ocultaba un lado más oscuro, casi siniestro.

    El reciente interés por la fundadora de las Misioneras de la Caridad viene de la publicación reciente de un libro «Madre Teresa: Ven, sé mi luz». El padre Brian Kolodiejchuk, postulador de la causa de canonización de la religiosa, que murió en 1997, recopiló sus cartas y escritos, incluyendo un apartado que revelaba las luchas espirituales de Teresa.

    Al publicar estos documentos, el padre Kolodiejchuk intentaba abrir a los lectores una ventana a la vida espiritual íntima de la Madre Teresa, y ofrecer inspiración y esperanza contando sus desafíos en el seguimiento de Cristo.

    Sin embargo, algunos han convertido sus dudas de fe, que ella confió en cartas a su director espiritual, en una acusación contra su sinceridad y su santidad personal. El redactor de «Time», David Van Biedma, escribe: «Perpetuamente cariñosa en público, la Teresa de las cartas vivía en un estado de profundo y permanente dolor espiritual».

    Estos términos equiparan la vida de la Madre Teresa con la de un actor cómico, sugiriendo que su persona profesional y su privacidad estaban separadas. Sin embargo Teresa hacía mucho más que sonreír a las cámaras, demostraba su amor gozoso a través de cada una de sus acciones, gestos y expresiones.

    El modo depredador con el que saltaron los servicios de noticias sobre la expresión «noche oscura del alma» de la Madre Teresa se parece mucho a la forma que tienen de informar sobre los arrestos de los famosos. Preguntas como «¿Puede todavía ser santa?» demostraban una carencia absoluta de conocimientos sobre la idea de santidad de la Iglesia, además de intentar sembrar división esparciendo dudas sobre su santidad.

    Como nota marginal, la Madre Teresa es beata, lo que significa que la Iglesia ha reconocido oficialmente que está en el cielo. Cuando se convierta en santa, se permitirá la devoción a la Madre Teresa en el mundo, es decir, dedicarle iglesias, invocarla durante la liturgia, etc…

    Un estándar diferente
    Los estándares de los medios no son los de los santos. Mientras que la misma Teresa temió caer en una suerte de hipocresía espiritual, el hecho fue que ella, como muchos santos, poseía una sensibilidad especial ante su distancia del ejemplo de Cristo.

    Célebres ateos han saltado para reclutar a la monja para su causa. Christopher Hitchens, que elaboró una biografía tergiversada de la Madre Teresa, era citado de forma extensa en el artículo. Aferrándose a la oportunidad de llegar a millones de personas, Hitchens intentó convertir a Teresa en un cartel infantil del nihilismo.

    «Time» también consultó a psicólogos que analizaran, después de la muerte, a la Madre Teresa a partir de sus cartas. Resulta extraño que tanta gente que no cree en el alma se sienta capaz de sondear la de la Madre Teresa.

    Aunque muchos han salido a dar la cara por ella, la Madre Teresa obviamente no necesita defensa. Felizmente en el cielo con muchas de sus hijas probablemente suplicará a Jesús con su característica compasión que perdone a Hitchens y a otros «porque no saben lo que hacen».

    Paradójicamente, el aspecto que buscaba la división de estas historias ha hecho lo que muchos sínodos de la Iglesia no podrían. Los católicos liberales y los tradicionalistas han unido sus fuerzas para corregir las anteriores afirmaciones y para reconocer a la Madre Teresa como un ejemplo para toda persona que sufre soledad espiritual.

    Sus dudas y sufrimientos, lejos de ser motivo de vergüenza para los que aman y admiran a esta gran mujer, debería enorgullecernos por descubrir que ella es una heroína incluso mayor de lo que pensábamos.

    Para cualquier persona seriamente interesada en la causa de Teresa, sus dificultades espirituales no son ninguna sorpresa. Se dieron a conocer tras su beatificación en 2003. Hablando sobre el tema en encuentros casuales en Roma en aquella época, la gente hablaba con admiración de la excepcional perseverancia de la Madre Teresa ante lo que habría destrozado a cualquiera que no hubiese tenido tanta presencia de la gracia de Dios.

    Las experiencias de la Madre Teresa no son un escándalo sino un espejo de la soledad de nuestra época. Mientras que la gente hoy intenta disipar la sensación de soledad con psicoanalistas, medicamentos o con la espiritualidad de moda, Teresa abrazó su soledad y se aferró a su fe en Jesús, que, aunque a menudo desprovista de sentimientos, era sólida y profunda. De lo que muchos no han logrado darse cuenta, es que un buen número de sus expresiones de soledad están dirigidas a Jesús mismo.

    «Sentirlo»
    Carole Zaleski en «First Things» escribía que Teresa había convertido «su sentimiento de abandono de Dios en un acto de abandono en Dios».

    De muchas formas, su propio sentido de marginación de Dios ayudó a la Madre Teresa a reconocer la soledad en los demás. Proclamó que había «en el mundo más hambre de amor y aprecio que de pan». Se dio cuenta de que el rechazo y el abandono no sólo era patrimonio de los leprosos, sino que estaba presente incluso en la vida interior de aquellos que parecían tener éxito o ser privilegiados.

    Cuántas veces hemos ido a misa sin «sentirlo», como se dice actualmente. Nuestros labios se movían, nuestros gestos eran mecánicos, pero permanecíamos distantes de la realidad de Dios y de su amor por nosotros. En ese vacío, la tentación aparece, sugiriendo que esta práctica era más bien «hipocresía», y que deberíamos dejar la Iglesia y marcharnos a jugar al golf.

    La Madre Teresa vivió sus dudas, no sólo durante una hora el domingo, sino cada día cuando atendía al pobre y al moribundo en medio de la miseria completa e implacable. Su ejemplo llega tanto a cristianos como a no cristianos.

    Benedicto XVI, cuando era conocido como el teólogo Joseph Ratzinger, hablaba de esto en su «Introducción al Cristianismo» de 1963, que «tanto el creyente como el no creyente comparten cada uno a su manera, la duda y la fe». Esto le llevó a darse cuenta de que la duda podía ser una posible «avenida de comunicación» entre ambos.

    En repetidas ocasiones, los santos nos muestran que cuando sufren, la solución es mirar fuera de uno mismo, no tanto dentro. San Alfonso María de Liborio y San Juan de la Cruz superaron sus propios problemas centrándose en sus vocaciones. Como una hermana religiosa observaba con agudeza, cuando Teresa no podía encontrar a Jesús en su vida de oración, lo encontraba en los rostros de sus compañeros humanos.

    Teresa logró dar un significado a sus pruebas. Las vio como un privilegio, el don de compartir la soledad de Cristo en la cruz.

    En su película «La Pasión», Mel Gibson presentaba una imagen conmovedora de la agonía de Cristo en el huerto de Getsemaní. Entre la oscuridad opresiva, la mirada de Jesús, abandonado por sus apóstoles, luchando por continuar con su misión, enfrenta a los espectadores con el sentido de desolación que acompañaba su sacrificio.

    Los santos como la beata Teresa, que afrontó la soledad en su propio sacrificio, experimentaron una experiencia única de compartir el misterio de la pasión de Cristo. Como el oro puro, han sido forjados a fuego vivo.

    Especialmente en nuestro tiempo en el que se da más importancia a los sentimientos que a los hechos, a la sensación más que al sentido, la Madre Teresa enseña al mundo a perseverar a través de la duda, el dolor y la soledad. En la noche oscura espiritual del siglo XXI, el ejemplo de la Madre Teresa de Calcuta es un faro de luz para todos nosotros.

    Por Elizabeth Lev, profesora de Arte y Arquitectura Cristiana en el campus de la Universidad Duquesne en Roma (lizlev@zenit.org)

    La larga noche oscura de la Madre Teresa

    James Martin

    La larga noche oscura de la Madre Teresa

    New York - Quizás los católicos no debieron haberse sorprendido por las revelaciones de Madre Teresa en Ven y sé mi Luz, una nueva colección de cartas de la “santa de las alcantarillas” que muestra su sorprendente batalla con la oscuridad espiritual. Desde 2003 se había oído hablar de su “noche oscura” cuando Brian Kolodiejchuk, un sacerdote Misionero de la Caridad, publicó en el sitio católico Zenit una serie de artículos sobre sus conflictos interiores. Ese mismo año, en el periódico First Things, Carol Zaleski escribió un artículo titulado “La noche oscura de Madre Teresa”, que citaba fragmentos de sus cartas. De manera que había cierta información disponible para el público general desde hacía algunos años sobre la lucha interna de la Madre Teresa contra la oscuridad, sus dudas y desesperaciones.

    Lo nuevo de Ven y sé mi luz, es que reúne el grueso de las cartas, revelando la extensión de su confusión interna. Por primera vez los lectores sabrán que la Madre Teresa sufrió esta implacable aridez espiritual durante casi 50 años –con un breve respiro– hasta su muerte en septiembre de 1997. “En mi alma siento ese terrible dolor de la pérdida –de que Dios no me quiera, de que Dios no es Dios, de que Dios realmente no exista–”, le escribió a un confesor en 1959.

    Según el padre Kolodiejchuk, estas cartas se obtuvieron de los archivos conservados por obispos, sacerdotes y directores espirituales a quienes la Madre Teresa escribió. En una entrevista reciente, el padre Kolodiejchuk dijo que a pesar de que la Madre Teresa había expresado el deseo de que las cartas fuesen destruidas, juntar todos estos escritos ha sido parte esencial del proceso de canonización. Estas cartas también son un recurso importantísimo para las Misioneras de la Caridad en su proceso de comprender cabalmente la particular espiritualidad o carisma de su fundadora.

    Misticismo temprano y posterior oscuridad

    La colección póstuma es mayoritariamente un largo ruego a Dios, expresado a través de sinceras cartas. Un hábito sintáctico recurrente –el uso frecuente de guiones–, incrementa la jadeante urgencia de sus lamentos. “No hay fe en mi corazón – no hay amor – no hay confianza – hay tanto dolor – el dolor de desear, de no ser querida – amo a Dios con toda la fuerza de mi alma”, escribe en la carta antes citada de 1959.

    El sentimiento de la ausencia de Dios no es infrecuente en las vidas de los santos o en las del creyente promedio. El místico español san Juan de la Cruz lo llamó la noche oscura y lo describió como una etapa necesaria para la ascensión hacia la unión mística con Dios. San Ignacio de Loyola lo llamó “desolación espiritual” en sus Ejercicios Espirituales. “El alma se encuentra completamente perezosa, tibia, triste”, escribió, “y se siente separada de nuestro Creador y Señor”. Durante su enfermedad terminal, la carmelita francesa santa Teresa de Lisieux, experimentó una desolación que parecía reflejar dudas acerca de si algo la esperaría después de su muerte. “¡Si solamente ustedes supieran la oscuridad en la que me encuentro sumida!”, les dijo en una oportunidad a las hermanas de su convento.

    Para la Madre Teresa, las décadas de oscuridad espiritual, que empezaron poco después de que fundó las Misioneras de la Caridad, se hacían incluso más agudas al reflexionar sobre su relación anterior con Jesús.

    Esta mujer, cuyo nombre era Gonxha Agnes Bojaxhiu, creció en el seno de una devota familia católica en Skopje, Albania. Su madre, Drana, era una señora generosa, que cuidaba a un anciano vecino consumido por el alcoholismo y cubierto de úlceras. “Cuando hagas el bien”; Drana le decía a su hija, “hazlo calladamente, como si tiraras una piedra al mar”.

    Una charla de un sacerdote jesuita en su parroquia despertó en Agnes el deseo de ser misionera y en 1928, a los 18 años de edad, se alegró al ser aceptada por las Hermanas de Loreto en Irlanda. A los tres meses de su ingreso, la hermana María Teresa (tomó este nombre en honor de Teresa de Lisieux) fue enviada en una misión a la India a trabajar en un colegio de niñas en Calcuta. En 1937 profesó sus votos de pobreza, castidad y obediencia y, como era la costumbre en su orden, se le dio el título de Madre. Cinco años después hizo un voto privado a Jesús “de no negarle nada”. En 1946, durante un viaje en tren camino a un retiro (y algo de descanso) en Darjeeling, fue sorprendida por una serie de intensas experiencias místicas que incluyeron escuchar la voz de Jesús, que le pidió que empezara a trabajar con los más pobres de los pobres. “¿Te rehusarás?”, preguntó Jesús. Estas experiencias, que ella denominó “la llamada dentro de la llamada” la convencieron de tomar el difícil paso de dejar a las Hermanas de Loreto y fundar una nueva orden.

    Sus últimos años de oscuridad fueron aún más desconcertantes para ella debido a las bendiciones únicas que había recibido en los primeros momentos de su vida religiosa. Además, como a los clérigos y miembros de órdenes religiosas les era (y aún les es) aconsejado confiar en Jesús como su más íntimo amigo, su desaparición posterior de la vida interior de la Madre Teresa hacía que fuera casi imposible para ella entenderlo.

    También ella parece haberse demorado en reconocer que su oscuridad pudo haber sido una suerte de respuesta a sus fervientes oraciones y voto privado; en 1951 escribió sobre su deseo de “beber sólo de Su cáliz de dolor” (el énfasis es de ella). Para el lector que sabe lo que le esperaba, éste es uno de los pasajes más difíciles de leer de Ven y sé mi luz. Las pruebas siguientes recuerdan el comentario de otra Teresa, Teresa de Ávila, quien dijo que se vierten más lágrimas sobre las oraciones respondidas que sobre las que permanecen sin respuesta.

    “He venido a amar la oscuridad”

    Al fin, en 1961, la Madre Teresa encontró algún consuelo de su conflicto interior con los consejos de Joseph Neuner, S.J. Éste le sugirió que su noche oscura podría ser una manera a través de la cual Dios la estaba invitando a identificarse con Cristo abandonado en la cruz y con los pobres abandonados. También le recordó que el intenso deseo de Dios viene de Dios. “Por primera vez en estos 11 años”, le escribió al teólogo jesuita, “he llegado a amar la oscuridad”. En verdad, uno de los aspectos más conmovedores del libro Ven y sé mi luz, es que deja claro todo lo que puede sufrir una persona sin la orientación espiritual adecuada, y cuánto alivio puede recibir con unas pocas palabras de sabio consejo.

    Con todo, mientras esto le proporcionaba un entendimiento más profundo y lo que podríamos llamar alivio intelectual, la ausencia de Dios seguía incólume en sus oraciones. En 1967, le escribió nuevamente a Neuner: “Padre, quiero contarle cuánto deseo –cuánto mi alma desea a Dios– lo desea solamente a Él y lo doloroso que es estar sin Él”.

    La Madre Teresa estaba consciente de cuán extraña era su situación: la mujer aclamada como una “santa viviente”, se debatía con su fe. A pesar de que algunas veces admitió sentirse “hipócrita”, como dice en una carta, decidió que admitir públicamente sus luchas haría que la atención se dirigiera hacia ella, en vez de hacia Jesús. Por eso, mayoritariamente sufrió sus conflictos sola. Este acto radical de humildad es un aspecto menos conocido de sus diarios y si estas cartas hubiesen sido destruidas, pocos habrían podido saber de sus conflictos. Tal como su madre le había aconsejado, trataba de hacer el bien calladamente.

    ¿Por qué?

    La mayoría de los creyentes que lean Ven y sé mi luz, en algún momento se preguntarán: “¿Por qué Dios haría esto?” Por supuesto uno puede preguntarse además: “¿Por qué hay sufrimiento?”

    En sus Ejercicios Espirituales, San Ignacio de Loyola sugiere tres posibles explicaciones para la desolación espiritual. Primero, podemos ser “tibios, perezosos o negligentes” en la oración. Claramente no era éste el caso de la Madre Teresa, que era absoluta y completamente fiel a la oración diaria, a la Misa y las visitas frecuentes al Santísimo. En segundo lugar, puede Dios querer poner a prueba “cuán dignos somos y cuánto nos extremaremos en el servicio y alabanza a Dios”. Nuevamente, si la Madre Teresa, quien trabajó incansablemente hasta su muerte, no “se extremó”, ¿quién de nosotros lo hace? En tercer lugar, nos puede dar “real conocimiento” de que el consuelo es “un don y una gracia de Dios, nuestro Señor”. En otras palabras, nos recuerda quién está al mando. Pero después de 10 ó 20 años de oscuridad, la Madre Teresa se dio cuenta de ello, como lo demuestran sus cartas a su director espiritual.

    Las “razones” divinas de su conflicto siguen siendo un misterio. Pero en retrospectiva ciertos frutos de su sufrimiento –además de la tremenda capacidad de identificarse con los pobres– pueden sugerirse por sí mismos.

    Por un lado, la Madre Teresa, como muchos santos, tenía un ego dominante, lo suficientemente fuerte como para hacerla bogar a favor de la fundación de su orden confrontando una fuertísima oposición. Un tema común en sus primeras cartas es su obstinada fuerza para lograr la aprobación de su incipiente orden, una búsqueda nacida del convencimiento de sus experiencias místicas. “¿Por qué me hacen esperar tanto?... ¿Cuánto más deberé esperar? ¿Podré escribir de nuevo o dirigirme directamente a Roma?”, le escribió al Arzobispo de Calcuta en 1948, cuando la aprobación vaticana para su orden no le fue otorgada con prontitud. Más adelante, cuando su ministerio floreció, fue galardonada con honores mundanos, incluyendo quizás el máximo elogio secular, el Premio Nobel de la Paz. ¿Será que sus conflictos espirituales de alguna manera atemperaron su orgullo natural, que de otra manera podría haber comprometido sutilmente su misión?

    De la misma manera, uno podría argumentar que las cartas que la Madre Teresa pidió que fueran destruidas fruto de su agonía espiritual, ahora ayudarán a un nuevo grupo de personas. Habiendo servido a los enfermos y moribundos de Calcuta durante su vida, ahora servirá a los que están llenos de dudas, como una especie de santa de los escépticos. ¿Podría ser una manera de Dios de usar los sufrimientos de ella para producir un bien aún mayor? ¿Es éste el Domingo de Resurrección del largo Viernes Santo de la Madre Teresa? Sólo Dios, y ahora la beata Teresa de Calcuta, conocen las respuestas.

    Gran santa, buscadora complicada

    Ven y sé mi luz revela que la Madre Teresa es una de las más grandes santas. Ante tan temeraria declaración, los historiadores de la Iglesia y los teólogos seguramente dirán: “esperen y verán”. Sin embargo, es difícil pensar en alguien que haya logrado tanto con tan poco sostén espiritual. Las analogías más cercanas son santa Juana Francisca de Chantal, fundadora de la Orden de la Visitación, cuyo conflicto duró tres décadas, y san Pablo de la Cruz, fundador de la Orden Pasionista, que sufrió un conflicto aún más largo, pero que obtuvo consuelo hacia el fin de sus días.

    Si bien todos los santos han sufrido conflictos espirituales, la mayoría han estado cerca de Dios durante sus años de ministerio activo. San Ignacio de Loyola, por ejemplo, a menudo era dominado por la emoción al celebrar la misa, al borde de las lágrimas. A algunos incluso se les concedieron gracias únicas. En sus últimos años San Francisco de Asís vivió experiencias místicas durante la oración y en un retiro se le produjeron estigmas.

    En contraste, la Madre Teresa no sintió nada durante 50 años –excepto por un breve respiro– hasta su muerte. “Mi alma es igual a un cubo de hielo”, escribió. Ven y sé mi luz también proporciona una respuesta no intencional a aquellos que durante su vida consideraron a la Madre Teresa sólo como una bien intencionada pero poco sofisticada creyente. Sus cartas muestran cómo, al verse confrontada con una crisis espiritual, cuestionó con candor, vigor y pasión, y finalmente respondió con confianza, amor y trabajo de caridad. Se revela entonces como una creyente compleja y una buscadora sofisticada.

    “Jamás te he rehusado nada”

    La aridez espiritual permanente de la beata Teresa de Calcuta hace que sus realizaciones terrenales sean aún más extraordinarias. Sus cartas también sirven de lecciones a los creyentes. Primero, se les recuerda que lo que podría llamarse Cristianismo radical no es simplemente terreno de aquellos que llamamos santos. Muchos imaginan que dado que los santos tienen un acceso privilegiado a Dios en la oración, su trabajo es de alguna manera más fácil, más liviano –un punto de vista equivocado que excusa al “creyente promedio” de empeñarse en lograr la santidad–. En vez de ello, la vida de la Madre Teresa nos recuerda que la santidad es un objetivo de todo creyente, incluso de aquellos que albergan dudas. En segundo lugar, sus cartas nos recuerdan que la aridez, oscuridad y la duda son partes naturales de la vida espiritual, para el creyente común o el santo extraordinario. Finalmente, nos recuerdan que la fidelidad no depende únicamente de sentimientos o emociones.

    La beata Teresa de Calcuta permaneció heroicamente fiel al llamado original del mismísimo Dios que parecía haberla abandonado. Poco antes de su muerte, una de sus hermanas la vio rezando sola ante la imagen de Cristo, y escuchó una frase que puede resumir toda su existencia: “Jesús”, oró, “jamás te he rehusado nada”.

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    James Martin, S.J.
    Editor de América y autor de My Life With the Saints (Loyola) [Mi vida con los Santos (Loyola)
    ]



    ...

    Según explica el padre Raniero Cantalamessa, OFM Cap.


    CIUDAD DEL VATICANO, lunes, 27 agosto 2007 - La «noche oscura» que vivió la Madre Teresa de Calcuta, documentada por un libro recién publicado, fue una especie de «martirio» debido a la «presencia-ausencia» de Dios, explica el padre Raniero Cantalamessa, OFM Cap.

    El predicador de la Casa Pontificia ha comentado la publicación de cartas inéditas de la beata, recogidas en el libro «Madre Teresa: Ven y sé mi luz» («Mother Teresa: Come Be My Light»), publicado por el padre Brian Kolodiejchuk, postulador de la causa de canonización de la religiosa, diez años después de su fallecimiento.

    En una de sus cartas, la Madre Teresa dice: «Hay tanta contradicción en mi alma: un profundo anhelo de Dios, tan profundo que hace daño; un sufrimiento continuo, y con ello el sentimiento de no ser querida por Dios, rechazada, vacía, sin fe, sin amor, sin celo... El cielo no significa nada para mí: ¡me parece un lugar vacío!».

    El predicador del Papa, a través de las ondas de «Radio Vaticano», ha aclarado que «este sufrimiento lacerante, provocado por el vacío de Dios, es el signo de que se trata de un fenómeno positivo».

    «Se trata de una presencia-ausencia --añade el sacerdote capuchino --: Dios está presente pero no es experimentado».

    «El que la Madre Teresa pudiera pasar horas ante el Santísimo [en la Eucaristía, ndr.], como dicen los testigos que la vieron, casi extasiada… y el que lo hiciera en estas condiciones demuestra que es un martirio», subraya.

    «Es un verdadero martirio, porque para quien no experimenta a Dios y siente ese vacío, estar durante horas quieta ante el Santísimo significa verdaderamente estar entre llamas», añade.

    «Es extraño que alguien se escandalice por estos escritos de la Madre Teresa o incluso que piense que, quien les está publicando, tiene que vencer las dudas de que la gente se escandalice», confiesa.

    «Para mí, esto hace más grande la figura de la Madre Teresa, no la empequeñece», sigue reconociendo Cantalamessa. «Los ateos “normales”, comunes, no quedan afligidos por la ausencia de Dios; sin embargo, para la Madre Teresa era la prueba más terrible que podía vivir».
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    Un secreto por descubrir: la santidad de la Madre Teresa

    Un libro ofrece al gran público aquello que la causa de beatificación ya había verificado: su soledad interior, su sentirse abandonada por Dios. De ese modo fue mejor compañera de los pobres, en todo. El comentario del predicador pontificio, Raniero Cantalamessa
    por Sandro Magister

    ROMA, 4 de septiembre del 2007 – Hace tres días, hablando a trescientos mil jóvenes reunidos en Loreto, Benedicto XVI recordó que también una santa como la Madre Teresa de Calcuta, “con toda su caridad y su fuerza de fe” – no obstante ello – “sufría del silencio de Dios”.

    Y agregó: “Ha sido publicado un libro con las experiencias espirituales de la Madre Teresa en el que esto que ya sabíamos se muestra todavía más abiertamente”.

    El libro citado por el Papa se titula “Mother Teresa: Come Be My Light [Madre Teresa: Ven y sé mi luz] y está a la venta desde el 4 de setiembre en su edición inglesa, cuidada e introducida por el padre Brian Kolodiejchuk, de los Misioneros de la Caridad, postulador de la causa de canonización de la Madre Teresa.

    En el mismo se recogen algunas cartas que la religiosa, muerta hace diez años y que ahora es beata, escribió en diferentes momentos a sus directores espirituales. Son cartas que testifican la larga fase de su vida en la que experimentó la “noche de la fe”.

    El simple anuncio del libro, incluso antes de su publicación, ha desencadenado en varios países del mundo un remolino de discusiones, como si en él hubiera revelaciones sin precedentes que lleven a la ruina la imagen de la beata.

    Por el contrario, todo ya se conocía, como ha remarcado Benedicto XVI. Las cartas que ahora se publican, junto a escritos análogos, ya estaban presentes en los ocho volúmenes de la causa de beatificación de Madre Teresa. Y cuando fue proclamada beata, el 19 de octubre del 2003, en su biografía oficial, difundida por el Vaticano, estaban escritas textualmente estas palabras:

    "Existía un lado heroico de esta mujer que salió a la luz sólo después de su muerte. Oculta a todas las miradas, oculta incluso a los más cercanos a ella, su vida interior estuvo marcada por la experiencia de un profundo, doloroso y constante sentimiento de separación de Dios, incluso de sentirse rechazada por Él, unido a un deseo cada vez mayor de su amor. Ella misma llamó 'oscuridad' a su experiencia interior. La dolorosa noche de su alma, que comenzó más o menos cuando dio inicio a su trabajo con los pobres y continuó hasta el final de su vida, condujo a Madre Teresa a una siempre más profunda unión con Dios. Mediante la oscuridad, ella participó de la sed de Jesús (el doloroso y ardiente deseo de amor de Jesús) y compartió la desolación interior de los pobres".

    De aquella oscuridad interior suya que duró medio siglo – precisamente mientras todo el mundo admiraba su radiante alegría cristiana – la Madre Teresa dio cuenta solamente a sus directores espirituales, ordenando que después destruyeran sus cartas: cosa que ellos no hicieron.

    La oscuridad de la fe es un distintivo de la vida de muchos santos, hasta de los más grandes. Pero hay siempre algo peculiar en cada uno de ellos. También en la Madre Teresa.

    En el comentario que sigue, un autor de excepción intenta tratar la peculiaridad de la Madre Teresa, precisamente en relación a sus dudas de fe. Es el padre Raniero Cantalamessa, franciscano, historiador de los orígenes del cristianismo y predicador de oficial de la casa pontificia.

    El comentario apareció en el “Avvenire” del domingo 26 de agosto, en el pleno de la discusión que siguió a la publicación del libro.

    En él el padre Cantalamessa sostiene una tesis audaz: identifica en la Madre Teresa a la ideal compañera de viaje y de mesa de tantos “ateos en buena fe” que llenan el mundo hoy. Los más amados por Jesús que sobre la cruz experimentó, más que todos, el abandono de Dios.

    Madre Teresa, "la noche" aceptada come un donMother Teresa

    por Raniero Cantalamessa


    ¿Qué sucedió después que la Madre Teresa dio su sí a la inspiración divina que la llamaba a dejar todo para ponerse al servicio de los más pobres?

    El mundo ha conocido bien lo que ocurrió en torno a ella – la llegada de las primeras compañeras, la aprobación eclesiástica, el vertiginoso desarrollo de sus actividades caritativas – pero hasta su muerte ninguno supo lo que ocurrió dentro de ella.

    Lo revelan los diarios personales y las cartas a sus directores espirituales, ahora publicados por el postulador de la causa para la canonización. No creo que los editores, antes de decidirse a darlas a la imprenta hayan debido superar el temor de que tales escritos puedan suscitar desconcierto o que incluso puedan escandalizar a los lectores. Lejos de disminuir la estatura de la Madre Teresa, ellos, en efecto, la engrandecen poniéndola junto a los más grandes místicos del cristianismo.

    “Con el inicio de su nueva vida al servicio de los pobres – escribe el jesuita Joseph Neuner que fue cercano a ella – vino sobre ella una oscuridad abrumadora”. Bastan algunos breves pasajes para hacernos una idea de la densidad de las tinieblas en las que se llegó a encontrar: “Hay tanta contradicción en mi alma, un profundo anhelo de Dios, tan profundo que duele, un sufrimiento continuo – y con ello el sentimiento de no ser querida por Dios, rechazada, vacía, sin fe, sin amor, sin celo…El cielo no significa nada para mí, me parece un lugar vacío”.

    No es difícil reconocer inmediatamente en esta experiencia de la Madre Teresa un caso clásico de aquello que los estudiosos de mística, después de san Juan de la Cruz, suelen llamar la noche oscura del espíritu.

    Taulero hace una descripción impresionante de dicho estado: “Entonces somos abandonados en tal modo que no tenemos ninguna conciencia de Dios y caemos en tal angustia que no sabemos más si alguna vez estuvimos en el camino justo, ni sabemos si existe Dios o no, o si nosotros mismos estamos vivos o muertos. De modo que sobre nosotros cae un dolor tan extraño que nos parece que todo el mundo en su extensión nos oprime. No tenemos ya ninguna experiencia ni conciencia de Dios, pero también todo el resto nos parece repugnante, por lo que nos parece que estamos prisioneros entre dos muros”.

    Todo permite pensar que esta oscuridad acompañó a la Madre Teresa hasta la muerte, con un breve paréntesis en 1958, durante la cual pudo escribir jubilosa: “Hoy mi alma esta colmada de amor, de alegría indecible y de una ininterrumpida unión de amor”. Si a partir de un cierto momento prácticamente no habla más de ella, no es porque la noche terminó, sino porque se adaptó a vivir en ella. No sólo la aceptó, sino que reconoce la gracia extraordinaria que eso encierra para ella. “He comenzado a amar mi oscuridad, porque ahora creo que ella es una parte, una pequeñísima parte, de la oscuridad y del sufrimiento en el que Jesús vivió sobre la tierra”.

    El silencio de la Madre Teresa Mother Teresa

    La flor más perfumada de la noche de la Madre Teresa es el silencio que guarda sobre la misma. Tenía miedo que al hablar sobre su experiencia pudiera llamar la atención sobre sí misma. Incluso las personas más cercanas a ella no sospecharon nada de este tormento interior de la Madre sino hasta el final. Por orden suya, el director espiritual debió destruir todas sus cartas y si algunas se salvaron es porque él, con el permiso de ella, había hecho una copia para el arzobispo y futuro cardenal Trevor Lawrence Picachy; después de muerto, entre sus cartas, se encontraron las de Madre Teresa. El arzobispo, para suerte nuestra, se negó a aceptar el pedido de destruirlas que también le hizo a él la Madre Teresa.

    El peligro más insidioso para el alma en la noche oscura del espíritu es el de darse cuenta de que se trata, precisamente de la noche oscura, de lo que grandes místicos han vivido antes que ella y por lo tanto de hacer parte de un círculo de almas elegidas. Con la gracia de Dios, la Madre Teresa evitó este riesgo, escondiendo a todos su tormento bajo una sonrisa perenne. “Todo el tiempo sonríe, dicen de mí las hermanas a la gente. Piensan que lo más íntimo de mí esté pleno de fe, confianza, amor… Si sólo supiesen y cómo mi ser alegre no es más que un manto con el que cubro vacío y miseria”. Una sentencia de los Padres del desierto dice: “Por más grande que sean tus penas, tu victoria sobre ellas está en el silencio”. Madre Teresa lo puso en práctica de manera heroica.

    No sólo purificación

    ¿Pero por qué este extraño fenómeno de una noche del espíritu que dura prácticamente toda la vida? Aquí hay algo de nuevo respecto a lo que han vivido y explicado los maestros del pasado, incluido san Juan de la Cruz. Esta noche oscura no se explica con la sola idea tradicional de la purificación pasiva, la llamada vía purgativa, que prepara a la vía iluminativa y a la unitiva. La Madre Teresa estaba convencida de que su caso se trataba precisamente de esto; pensaba que su “yo” era particularmente difícil de doblegar, si Dios era obligado a tenerla por largo tiempo en ese estado.

    Pero eso no era cierto. La interminable noche de algunos santos modernos es el medio de protección inventado por Dios para los santos de hoy que viven obrando constantemente sobre los reflectores de los medios. Es el traje de asbestos de quien debe andar entre las llamas; es el aislante que impide a la corriente eléctrica perderse y provocar un cortocircuito.

    San Pablo decía: “Para que no me engría con la sublimidad de esas revelaciones, fue dado un aguijón a mi carne” (2 Cor 12, 7). La espina en la carne que era el silencio de Dios se ha revelado eficacísima para la Madre Teresa: la ha preservado de toda ebriedad, en medio de todo lo que el mundo hablaba de ella, hasta en el momento de retirar el premio Nóbel de la paz. “El dolor interior que siento – decía – es tan grande que no siento nada por toda la publicidad y el hablar de la gente”. ¡Qué lejos de la verdad está Christopher Hitchens cuando en su ensayo venenoso “Dios no es grande. La religión envenena todo” hace de Madre Teresa un producto de la era mediática!

    Hay una razón todavía más profunda que explica estas noches que se prolongan por toda una vida: la imitación de Cristo, la participación en la oscura noche del espíritu que envolvió a Jesús en Getsemaní y en la que murió sobre el Calvario, gritando: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”. La Madre Teresa alcanzó a ver siempre más claramente su prueba como una respuesta al deseo de compartir el grito de Jesús sobre la cruz, “Tengo sed”: “si la pena y el sufrimiento, mi oscuridad y separación de ti te dan una gota de consolación, mi Jesús, has de mí lo que quieras… Imprime en mi alma y en mi vida el sufrimiento de tu corazón… Quiero saciar tu sed con cada gota de sangre que puedas encontrar en mí. No te preocupes en regresar pronto: estoy lista para esperarte por toda la eternidad”.

    Sería un grave error pensar que la vida de estas personas es toda ella un tétrico sufrimiento. En el fondo del alma, estas personas gozan de una paz y una alegría desconocidas al resto de los hombres, derivadas de la certeza, en ellas más fuerte que la duda, de estar en la voluntad de Dios. Santa Catalina de Génova parangonaba el sufrimiento de las almas en este estado a la del Purgatorio y dice que la misma “es tan grande que sólo es comparable a la del infierno”, pero que hay en ellas una “gran felicidad” que sólo se puede comparar a la de los santos en el Paraíso. La alegría y la serenidad que emanaba del rostro de la Madre Teresa no era una máscara, sino el reflejo de la unión profunda con Dios en la que vivía su alma. Era ella que se “engañaba” por cuenta suya, no la gente.

    Junto a los ateos

    El mundo de hoy conoce una nueva categoría de personas: los ateos en buena fe, aquellos que viven dolorosamente la situación del silencio de Dios, que no creen en Dios, pero no se vanaglorian de ello; experimentan más bien la angustia existencial y la falta de sentido del todo; viven también ellos a su modo, en una noche oscura del espíritu. En su novela “La peste” Albert Camus los llamaba “los santos sin Dios”. Los místicos existen sobre todo para ellos; son ellos los compañeros de viaje y de mesa. Como Jesús, ellos “se han sentado a la mesa de los pecadores y han comido con ellos” (cf. Lc 15, 2).

    Esto explica la pasión con la que ciertos ateos, una vez convertidos, se lanzan a los escritos de los místicos: Claudel, Bernanos, los dos Maritain, L. Bloy, el escritor J.K. Huysmans y tantos otros a los escritos de Angela de Foligno; T.S. Eliot a los de Giuliana de Norwich. Encuentran allí el mismo paisaje que habían dejado, pero esta vez iluminado por el sol. Pocos saben que el autor de “Eperando a Godot”, Samuel Beckett, en sus tiempos libres leía a san Juan de la Cruz.

    La palabra “ateo” puede tener un sentido activo y un sentido pasivo. Puede indicar a uno que rechaza a Dios, pero también a uno que – al menos así les parece – es rechazado por Dios. En el primer caso, se trata de un ateismo de culpa (cuando no es de buena fe); en el segundo, de un ateismo de pena, o de expiación. En este último sentido podemos decir que los místicos, en la noche del espíritu, son los a-teos, unos sin Dios y que también Jesús, sobre la cruz, era un a-teo, un sin Dios.

    La Madre Teresa tiene palabras que ninguno habría sospechado en ella: “Dicen que la pena eterna que sufren las almas en el infierno es la pérdida de Dios… En mi alma yo experimento precisamente esta terrible pena del daño, de Dios que no me quiere, de Dios que no es Dios, de Dios que en realidad no existe. Jesús, te ruego perdona mis blasfemias”. Pero se da cuenta de la naturaleza diferente – de solidaridad y de expiación – de su a-teismo: “quiero vivir en este mundo tan alejado de Dios y que le ha dado las espaldas a la luz de Jesús, para ayudar a la gente cargando algo de sus sufrimientos”. El revelador más claro que se trata de un ateismo de una naturaleza muy diferente es el sufrimiento indecible que provoca en los místicos. ¡Los ateos comunes no se atormentan de este modo por su ateismo!

    Los místicos han llegado a un paso del mundo donde viven los sin Dios; han experimentado el vértigo de tirarse abajo. Escribe la Madre Teresa a su director espiritual: “He estado a punto de decir No… Me siento como si algo uno u otro día se va a partir en mí”. “Reza por mí, que no rechace a Dios en esta hora. No quiero, pero temo poder hacerlo”.

    Por esto los místicos son los ideales evangelizadores en el mundo postmoderno, donde se vive “etsi Deus non daretur” como si Dios no existiese. Recuerdan a los ateos honestos que no están “lejos del reino de Dios”; que les bastaría dar un salto para encontrarse en la orilla de los místicos, pasando de la nada al todo.

    Tenía razón Karl Rahner al decir: “El cristianismo del futuro, o será místico, o no será”. El Padre Pío y la Madre Teresa son la respuesta a este signo de los tiempos. No debemos desperdiciar a los santos, reduciéndolos a distribuidores de gracias, o de buenos ejemplos
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    El diario de la conferencia episcopal italiana sobre el que apareció el comentario del padre Cantalamessa: "Avvenire"

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