martes, 3 de mayo de 2011

Conocereis de Verdad | Eucaristía - 4º texto 1190 ca.Baudoin de Ford; cristianos siglo II III liturgia

Tuesday 3 May 2011 | Actualizada : 2011-04-23
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Es preciosa la homilía de Benedicto XVI en la apertura del Sínodo sobre la Eucaristía, con su diagnóstico certero sobre el mundo moderno: “queremos poseer el mundo de manera ilimitada, Dios nos estorba y hacemos de Él una simple frase devota, o lo desterramos de la vida pública… Pero donde el hombre se convierte en el único dueño del mundo y en propietario de sí mismo, no puede haber justicia”. Varios medios han tildado esta afirmación, tan evangélica y tan realista, de apocalíptica, cuando se trata de una lectura inteligente de la historia del mundo, y especialmente del siglo que acabamos de dejar atrás. Es una advertencia especialmente adecuada para esta hora que nos toca vivir, aunque provoque sarpullido a los bienpensantes de turno. 2005-10-10

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Jesucristo:
1. Aunque tuvieses la pureza de los ángeles, y la santidad de San Juan Bautista, no serías digno de recibir ni manejar este Sacramento. Porque no cabe en merecimiento humano que el hombre consagre y tenga en sus manos el Sacramento de Cristo y coma el pan de los ángeles. Grande es este misterio, y grande es la dignidad de los sacerdotes, a los cuales es dado lo que no es concedido a los ángeles. Pues sólo los sacerdotes ordenados en la Iglesia tienen poder de celebrar y consagrar el cuerpo de Jesucristo. El sacerdote es ministro de Dios, cuyas palabras usa por su mandamiento y ordenación; mas Dios es allí el principal autor y obrador invisible, a cuya voluntad todo está sujeto, y a cuyo mandamiento todo obedece.
2. Así, pues, debes creer a Dios todopoderoso en este sublime Sacramento más que a tus propios sentidos y a las señales visibles. Y por eso debe el hombre llegar a este misterio con temor y reverencia. Reflexiona sobre ti mismo, y mira qué tal es el ministerio que te ha sido encomendado por la imposición de las manos del obispo. Has sido hecho sacerdote y ordenado para celebrar; cuida, pues, de ofrecer a Dios este sacrificio con fe y devoción en el tiempo conveniente, y de mostrarte irreprensible. No has aliviado tu carga; antes bien estás atado con más estrecho vínculo, y obligado a mayor perfección de santidad. El sacerdote debe estar adornado de todas las virtudes, y ha de dar a los otros ejemplo de buena vida. Su porte no ha de ser como el de los hombres comunes; sino como el de los ángeles en el cielo, o el de los varones perfectos en la tierra.

3. El sacerdote vestido de las vestiduras sagradas, tiene el lugar de Cristo para rogar devota y humildemente a Dios por sí y por todo el pueblo. El tiene la señal de la cruz de Cristo delante de sí, y en las espaldas, para que continuamente tenga memoria de su sacratísima pasión. Delante de sí en la casulla, trae la cruz, para que mire con diligencia las pisadas de Cristo, y estudie en seguirle con fervor. En las espaldas está también señalado de la cruz, para que sufra con paciencia por Dios cualquiera injuria que otro le hiciere. La cruz lleva delante, para que llore sus pecados, y detrás la lleva para llorar por compasión los ajenos, y para que sepa que es medianero entre Dios y el pecador, y no cese de orar ni ofrecer el santo sacrificio hasta que merezca alcanzar la gracia y misericordia divina. Cuando el sacerdote celebra, honra a Dios, alegra a los ángeles, y edifica a la Iglesia, ayuda los vivos, da descanso a los difuntos, y hácese participante de todos los bienes. KEMPIS

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"En el siglo que acabamos de dejar atrás hemos visto revoluciones, cuyo programa era de no esperar más la intervención de Dios y tomar en sus manos el destino del mundo (...) La verdadera revolución consiste en acercase sin reservas a Dios que es la medida de lo justo y al mismo tiempo del amor eterno. ¿Qué nos puede salvar si no es el amor?", S. S. Benedicto XVI – P.M. - 2005.08

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¿Por qué la Eucaristía es fuente y cumbre, el centro mismo de la vida cristiana?

«Quisiera subrayar el lazo entre la Eucaristía y la caridad. Caridad –en griego, ágape; en latín, caritas– no significa, ante todo, el acto o el sentimiento benéfico, sino el don espiritual, el amor de Dios que el Espíritu Santo infunde en el corazón humano y que lleva a entregarse a su vez al mismo Dios y al prójimo. Toda la existencia terrena de Jesús, desde su concepción hasta la muerte en la Cruz, fue un acto de amor, hasta el punto de que podemos resumir nuestra fe en estas palabras: Jesús, caritas –Jesús, amor–. En la Última Cena, sabiendo que había llegado su hora, el divino Maestro ofreció a sus discípulos el ejemplo supremo del amor, lavándoles los pies, y les confió su preciosa herencia, la Eucaristía, en la que se centra todo el misterio pascual, como ha escrito el venerado Papa Juan Pablo II en la encíclica Ecclesia de Eucharistia.
Tomad y comed todos de él, porque esto es mi Cuerpo… Tomad y bebed todos de él, porque éste es el cáliz de mi sangre…: las palabras de Jesús en el Cenáculo anticipan su muerte y manifiestan la conciencia con la que la afrontó, transformándola en don de sí, en el acto de amor que se entrega totalmente. En la Eucaristía, el Señor se nos da con su cuerpo, con su alma y su divinidad, y nosotros nos convertimos en una sola cosa con Él y entre nosotros. Nuestra respuesta a su amor tiene que ser entonces concreta, y tiene que expresarse en una auténtica conversión al amor, en el perdón, en la recíproca acogida y en la atención por las necesidades de todos. La Eucaristía se convierte de este modo en el manantial de la energía espiritual que renueva nuestra vida cada día y, de este modo, renueva al mundo en el amor de Cristo. Ejemplares testigos de este amor son los santos, que han sacado de la Eucaristía la fuerza de una caridad operante y con frecuencia heroica.
S. S. Benedicto XVI – P.M. - Ángelus del 25 de septiembre de 2005

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Cada domingo el cristiano celebra la Pascua de Cristo en la Eucaristía

«La Iglesia vive de la Eucaristía. Esta verdad no expresa solamente una experiencia cotidiana de fe, sino que encierra en síntesis el núcleo del misterio de la Iglesia. Con razón ha proclamado el Concilio Vaticano II que el Sacrificio eucarístico es fuente y cima de toda la vida cristiana. La sagrada Eucaristía, en efecto, contiene todo el bien espiritual de la Iglesia, es decir, Cristo mismo, nuestra Pascua y Pan de Vida, que da la vida a los hombres por medio del Espíritu Santo. Por tanto, la mirada de la Iglesia se dirige continuamente a su Señor, presente en el Sacramento del altar, en el cual se descubre la plena manifestación de su inmenso amor».
Juan Pablo II – P.P. de la encíclica Ecclesia de Eucaristía

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La Eucaristía: fuente y cumbre de la vida y de la misión de la Iglesia. ¿Por qué este tema? ¿No es quizá un argumento descontado, que se da por supuesto? En realidad, la doctrina católica sobre la Eucaristía, definida autorizadamente por el Concilio de Trento, pide ser recibida, vivida y transmitida a la comunidad eclesial de manera siempre nueva y adecuada a los tiempos.
La Eucaristía podría considerarse también como una lupa con la que se puede examinar continuamente el rostro y el camino de la Iglesia, que Cristo fundó para que todo hombre pueda conocer el amor de Dios y encontrar en él plenitud de vida. Por este motivo, el querido Papa Juan Pablo II quiso dedicar a la Eucaristía todo un año, que se clausurará precisamente con el final de la Asamblea sinodal el 23 de octubre 2005, domingo en el que se celebrará la Jornada Misionera Mundial.
Esta coincidencia nos ayuda a contemplar el misterio eucarístico desde la perspectiva misionera. La Eucaristía, de hecho, es el centro propulsor de toda la acción evangelizadora de la Iglesia, como lo es el corazón en el cuerpo humano. Las comunidades cristianas sin la celebración eucarística, en la que se alimentan con la doble mesa de la Palabra y del Cuerpo de Cristo, perderían su auténtica naturaleza: sólo en la medida en que son eucarísticas pueden transmitir a los hombres a Cristo, y no sólo ideas o valores por más nobles e importantes que sean.
(2-X-2005)

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-¿Hay diferencia entre la Misa del domingo y la de los días laborales?
«Todos los días se celebra la Eucaristía. De modo especial, el domingo es el día de la Eucaristía, la Pascua semanal, el día de la Iglesia convocada por el Señor resucitado. Aunque el domingo sea el día más eucarístico de la semana, cada día se celebra la Eucaristía, y se actualiza por lo tanto el misterio pascual de Cristo. De modo magistral lo ha expresado el Papa Juan Pablo II en la encíclica Ecclesia de Eucharistia: La Iglesia vive continuamente del sacrificio redentor, y accede a él no solamente a través de un recuerdo lleno de fe, sino también de un contacto actual, puesto que este sacrificio se hace presente, perpetuándose sacramentalmente en cada comunidad, que lo ofrece por manos del ministro consagrado. De este modo, la Eucaristía aplica a los hombres de hoy la reconciliación obtenida por Cristo una vez por todas para la Humanidad de todos los tiempos.
El sacrificio de Cristo y el sacrificio de la Eucaristía son un único sacrificio. Ya lo decía elocuentemente san Juan Crisóstomo: Nosotros ofrecemos siempre el mismo Cordero, y no uno hoy y otro mañana, sino siempre el mismo. Por esta razón, el sacrificio es siempre uno solo. También nosotros ofrecemos ahora aquella víctima, que se ofreció entonces, y que jamás se consumirá».
Juan Javier Flores Arcas, OSB Presidente del Pontificio Instituto Litúrgico


- ¿Por qué es tan importante seguir las normas de la Liturgia?
«Siento el deber de hacer una acuciante llamada de atención para que se observen con gran fidelidad las normas litúrgicas en la celebración eucarística. Son una expresión concreta de la auténtica eclesialidad de la Eucaristía; éste es su sentido más profundo. La liturgia nunca es propiedad privada de alguien, ni del celebrante, ni de la comunidad en que se celebran los Misterios. El apóstol Pablo tuvo que dirigir duras palabras a la comunidad de Corinto a causa de faltas graves en su celebración eucarística, que llevaron a divisiones y a la formación de facciones. También en nuestros tiempos, la obediencia a las normas litúrgicas y la comunidad que se adecúa a ellas demuestran de manera silenciosa, pero elocuente, su amor por la Iglesia. Precisamente para reforzar este sentido profundo de las normas litúrgicas he solicitado a los Dicasterios competentes de la Curia romana que preparen un documento más específico, incluso con rasgos de carácter jurídico, sobre este tema de gran importancia. A nadie le está permitido infravalorar el Misterio confiado a nuestras manos: éste es demasiado grande para que alguien pueda permitirse tratarlo a su arbitrio personal, lo que no respetaría ni su carácter sagrado ni su dimensión universal».
Juan Pablo II P.P. de la encíclica Ecclesia de Eucharistia


- ¿Cuál es el valor de la diversidad en la celebración de la Eucaristía?
«La celebración del sacramento de la Eucaristía se manifiesta en cada país y continente con notable variedad, que resulta evidente si se considera la variedad de tradiciones espirituales o ritos en la Iglesia católica. La diversidad, lejos de debilitar la unidad, revela la riqueza de la Iglesia en la comunión católica, caracterizada por el intercambio de dones y experiencias. Los católicos de tradición latina perciben tal riqueza en la insigne espiritualidad de las Iglesias orientales católicas, como resulta de los Lineamenta y del Instrumentum Laboris realizados expresamente para el Sínodo de los Obispos, a través de las sugerencias remitidas por las Iglesias particulares de todo el mundo, 113 Conferencias Episcopales, 11 Sínodos de Obispos de las Iglesias Católicas Orientales, 25 dicasterios de la Curia romana, y la Unión de Superiores Generales de Congregaciones y Órdenes religiosas. Análogamente, los cristianos de las tradiciones orientales descubren constantemente el notable patrimonio teológico y espiritual de la tradición latina. Esta actitud tiene también una finalidad ecuménica. En efecto, si la Iglesia católica respira con dos pulmones –y por ello agradece a la Divina Providencia–, también espera el santo día en el cual esa riqueza espiritual podrá ser ampliada y vivificada por una plena y visible unidad con aquellas Iglesias orientales que, aun careciendo de una plena comunión, en buena parte profesan la misma fe en el misterio de Jesucristo Eucaristía».

Nikola Eterovic

- ¿Qué condiciones son necesarias para comulgar?
«El Catecismo de la Iglesia católica establece: Quien tiene conciencia de estar en pecado grave debe recibir el sacramento de la Reconciliación antes de acercarse a comulgar. Deseo, por tanto, reiterar que está vigente, y lo estará siempre en la Iglesia, la norma con la cual el Concilio de Trento ha concretado la severa exhortación del apóstol Pablo, al afirmar que, para recibir dignamente la Eucaristía, debe preceder la confesión de los pecados, cuando uno es consciente de pecado mortal.
La Eucaristía y la Penitencia son dos sacramentos estrechamente vinculados entre sí. La Eucaristía, al hacer presente el sacrificio redentor de la Cruz, perpetuándolo sacramentalmente, significa que de ella se deriva una exigencia continua de conversión, de respuesta personal a la exhortación que san Pablo dirigía a los cristianos de Corinto:”En nombre de Cristo, os suplicamos: ¡reconciliaos con Dios!” Así pues, si el cristiano tiene conciencia de un pecado grave, está obligado a seguir el itinerario penitencial, mediante el sacramento de la Reconciliación, para acercarse a la plena participación en el sacrificio eucarístico».
Juan Pablo II P.P. de la encíclica Ecclesia de Eucharistia


- ¿Cómo debe iniciarse a los niños en el sacramento de la Comunión?
«Mención particular merece la preparación de los niños a la primera participación eucarística. Esta preparación, que ha de ir precedida de la necesaria catequesis de la Iniciación cristiana, consiste en una verdadera introducción y en un cierto hábito de asistencia a la celebración eucarística, sobre todo del domingo. En efecto, la catequesis sobre la Eucaristía, bien adaptada a la edad y a la capacidad de los niños, debe tender a que conozcan la significación de la Misa por medio de los ritos principales y por las oraciones, incluso en lo que atañe a la participación en la vida de la Iglesia.
Unida a la catequesis sobre la Eucaristía, ha de estar presente también la explicación y la conveniente iniciación en el sacramento de la Penitencia, ya que la experiencia espiritual de la misericordia del Padre forma parte de los elementos gozosos de la preparación de los niños a la Primera Comunión. Cuando se trata de adolescentes que van a recibir el sacramento de la Confirmación, junto al interés por la adecuada formación catequética, es preciso cuidar también que estén incorporados a la vida de la comunidad cristiana, en primer lugar por la participación en la asamblea eucarística dominical de manera habitual. A todos los fieles en general se les debe recordar la íntima relación entre la Eucaristía y la Penitencia, especialmente en lo referente a las disposiciones para acceder a la mesa eucarística».
Conferencia Episcopal Española - de la Instrucción La Eucaristía, alimento del pueblo peregrino

-¿Sigue el mismo Cristo presente en las especies eucarísticas después de la celebración de la Misa?
«La presencia del Señor en el Sacramento ha sido querida por Él mismo para permanecer junto al hombre y alimentarlo con su Cuerpo y Sangre, para quedarse dentro de la comunidad eclesial. La respuesta del hombre es la fe en la presencia real y substancial. Juan Pablo II, en la Carta apostólica Mane nobiscum, Domine, para el Año de la Eucaristía, proponía esta síntesis de la doctrina de la presencia de Cristo viviente en su Iglesia: Todos los aspectos de la Eucaristía confluyen en lo que más pone a prueba nuestra fe: el misterio de la presencia «real». Junto con toda la tradición de la Iglesia, nosotros creemos que bajo las
especies eucarísticas está realmente Jesús. Una presencia, como explicó muy claramente el Papa Pablo VI, que se llama «real» no por exclusión, como si las otras formas de presencia no fueran reales, sino por antonomasia, porque por medio de ella Cristo se hace sustancialmente presente en la realidad de su Cuerpo y de su Sangre. Por esto, la fe nos pide que, ante la Eucaristía, seamos conscientes de que estamos ante Cristo mismo. La Eucaristía es misterio de presencia, a través del que se realiza de modo supremo la promesa de Jesús de estar con nosotros hasta el final del mundo». del Instrumentum laboris - para el Sínodo de la Eucaristía

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SOLEMNE MISA CRISMAL - HOMILÍA DE SU SANTIDAD BENEDICTO XVI 

Basílica de San Pedro
Jueves Santo 9 de abril de 2009

Queridos hermanos y hermanas: En el Cenáculo, la tarde antes de su pasión, el Señor oró por sus discípulos reunidos en torno a Él, pero con la vista puesta al mismo tiempo en la comunidad de los discípulos de todos los siglos, «los que crean en mí por la palabra de ellos» (Jn 17,20). En la plegaria por los discípulos de todos los tiempos, Él nos ha visto también a nosotros y ha rezado por nosotros. Escuchemos lo que pide para los Doce y para los que estamos aquí reunidos: «Santifícalos en la verdad: tu palabra es verdad. Como tú me enviaste al mundo, así los envío yo también al mundo. Y por ellos me consagro yo, para que también se consagren ellos en la verdad» (17,17ss). El Señor pide nuestra santificación, nuestra consagración en la verdad. Y nos envía para continuar su misma misión. Pero hay en esta súplica una palabra que nos llama la atención, que nos parece poco comprensible. Dice Jesús: «Por ellos me consagro yo». ¿Qué quiere decir? ¿Acaso Jesús no es de por sí «el Santo de Dios», como confesó Pedro en la hora decisiva en Cafarnaún (cf. Jn 6,69)? ¿Cómo puede ahora consagrarse, es decir, santificarse a sí mismo?
Para entender esto, hemos de aclarar antes de nada lo que quieren decir en la Biblia las palabras «santo» y «santificar/consagrar». Con el término «santo» se describe en primer lugar la naturaleza de Dios mismo, su modo de ser del todo singular, divino, que corresponde sólo a Él. Sólo Él es el auténtico y verdadero Santo en el sentido originario. Cualquier otra santidad deriva de Él, es participación en su modo de ser. Él es la Luz purísima, la Verdad y el Bien sin mancha. Por tanto, consagrar algo o alguno significa dar en propiedad a Dios algo o alguien, sacarlo del ámbito de lo que es nuestro e introducirlo en su ambiente, de modo que ya no pertenezca a lo nuestro, sino enteramente a Dios. Consagración es, pues, un sacar del mundo y un entregar al Dios vivo. La cosa o la persona ya no nos pertenece, ni pertenece a sí misma, sino que está inmersa en Dios. Un privarse así de algo para entregarlo a Dios, lo llamamos también sacrificio: ya no será propiedad mía, sino suya. En el Antiguo Testamento, la entrega de una persona a Dios, es decir, su «santificación», se identifica con la Ordenación sacerdotal y, de este modo, se define también en qué consiste el sacerdocio: es un paso de propiedad, un ser sacado del mundo y entregado a Dios. Con ello se subrayan ahora las dos direcciones que forman parte del proceso de la santificación/consagración. Es un salir del contexto de la vida mundana, un «ser puestos a parte» para Dios. Pero precisamente por eso no es una segregación. Ser entregados a Dios significa más bien ser puestos para representar a los otros. El sacerdote es sustraído a los lazos mundanos y entregado a Dios, y precisamente así, a partir de Dios, debe quedar disponible para los otros, para todos. Cuando Jesús dice «Yo me consagro», Él se hace a la vez sacerdote y víctima. Por tanto, Bultmann tiene razón traduciendo la afirmación «Yo me consagro» por «Yo me sacrifico». ¿Comprendemos ahora lo que sucede cuando Jesús dice: «Por ellos me consagro yo»? Éste es el acto sacerdotal en el que Jesús —el hombre Jesús, que es una cosa sola con el Hijo de Dios— se entrega al Padre por nosotros. Es la expresión de que Él es al mismo tiempo sacerdote y víctima. Me consagro, me sacrifico: esta palabra abismal, que nos permite asomarnos a lo íntimo del corazón de Jesucristo, debería ser una y otra vez objeto de nuestra reflexión. En ella se encierra todo el misterio de nuestra redención. Y ella contiene también el origen del sacerdocio de la Iglesia, de nuestro sacerdocio.
Sólo ahora podemos comprender a fondo la súplica que el Señor ha presentado al Padre por los discípulos, por nosotros. «Conságralos en la verdad»: ésta es la inserción de los apóstoles en el sacerdocio de Jesucristo, la institución de su sacerdocio nuevo para la comunidad de los fieles de todos los tiempos. «Conságralos en la verdad»: ésta es la verdadera oración de consagración para los apóstoles. El Señor pide que Dios mismo los atraiga hacia sí, al seno de su santidad. Pide que los sustraiga de sí mismos y los tome como propiedad suya, para que, desde Él, puedan desarrollar el servicio sacerdotal para el mundo. Esta oración de Jesús aparece dos veces en forma ligeramente modificada. En ambos casos debemos escuchar con mucha atención para empezar a entender, al menos vagamente, la sublime realidad que se está operando aquí. «Conságralos en la verdad». Y Jesús añade: «Tu palabra es verdad». Por tanto, los discípulos son sumidos en lo íntimo de Dios mediante su inmersión en la palabra de Dios. La palabra de Dios es, por decirlo así, el baño que los purifica, el poder creador que los transforma en el ser de Dios. Y entonces, ¿cómo están las cosas en nuestra vida? ¿Estamos realmente impregnados por la palabra de Dios? ¿Es ella en verdad el alimento del que vivimos, más que lo que pueda ser el pan y las cosas de este mundo? ¿La conocemos verdaderamente? ¿La amamos? ¿Nos ocupamos interiormente de esta palabra hasta el punto de que realmente deja una impronta en nuestra vida y forma nuestro pensamiento? ¿O no es más bien nuestro pensamiento el que se amolda una y otra vez a todo lo que se dice y se hace? ¿Acaso no son con frecuencia las opiniones predominantes los criterios que marcan nuestros pasos? ¿Acaso no nos quedamos, a fin de cuentas, en la superficialidad de todo lo que frecuentemente se impone al hombre de hoy? ¿Nos dejamos realmente purificar en nuestro interior por la palabra de Dios? Nietzsche se ha burlado de la humildad y la obediencia como virtudes serviles, por las cuales se habría reprimido a los hombres. En su lugar, ha puesto el orgullo y la libertad absoluta del hombre. Ahora bien, hay caricaturas de una humildad equivocada y una falsa sumisión que no queremos imitar. Pero existe también la soberbia destructiva y la presunción, que disgregan toda comunidad y acaban en la violencia. ¿Sabemos aprender de Cristo la recta humildad, que corresponde a la verdad de nuestro ser, y esa obediencia que se somete a la verdad, a la voluntad de Dios? «Santifícalos en la verdad: tu palabra es verdad»: esta palabra de la incorporación en el sacerdocio ilumina nuestra vida y nos llama a ser siempre nuevamente discípulos de esa verdad que se desvela en la palabra de Dios.
En la interpretación de esta frase podemos dar un paso más todavía. ¿Acaso no ha dicho Cristo de sí mismo: «Yo soy la verdad» (cf. Jn 14,6)? ¿Y acaso no es Él mismo la Palabra viva de Dios, a la que se refieren todas las otras palabras? Conságralos en la verdad, quiere decir, pues, en lo más hondo: hazlos una sola cosa conmigo, Cristo. Sujétalos a mí. Ponlos dentro de mí. Y, en efecto, en último término hay un único sacerdote de la Nueva Alianza, Jesucristo mismo. Por tanto, el sacerdocio de los discípulos sólo puede ser participación en el sacerdocio de Jesús. Así, pues, nuestro ser sacerdotes no es más que un nuevo y radical modo de unión con Cristo. Ésta se nos ha dado sustancialmente para siempre en el Sacramento. Pero este nuevo sello del ser puede convertirse para nosotros en un juicio de condena, si nuestra vida no se desarrolla entrando en la verdad del Sacramento. A este propósito, las promesas que hoy renovamos dicen que nuestra voluntad ha de ser orientada así: «Domino Iesu arctius coniungi et conformari, vobismetipsis abrenuntiantes». Unirse a Cristo supone la renuncia. Comporta que no queremos imponer nuestro rumbo y nuestra voluntad; que no deseamos llegar a ser esto o lo otro, sino que nos abandonamos a Él, donde sea y del modo que Él quiera servirse de nosotros. San Pablo decía a este respecto: «Vivo yo, pero no soy yo, es Cristo quien vive en mí» (Ga 2,20). En el «sí» de la Ordenación sacerdotal hemos hecho esta renuncia fundamental al deseo de ser autónomos, a la «autorrealización». Pero hace falta cumplir día tras día este gran «sí» en los muchos pequeños «sí» y en las pequeñas renuncias. Este «sí» de los pequeños pasos, que en su conjunto constituyen el gran «sí», sólo se podrá realizar sin amargura y autocompasión si Cristo es verdaderamente el centro de nuestra vida. Si entramos en una verdadera familiaridad con Él. En efecto, entonces experimentamos en medio de las renuncias, que en un primer momento pueden causar dolor, la alegría creciente de la amistad con Él; todos los pequeños, y a veces también grandes signos de su amor, que continuamente nos da. «Quien se pierde a sí mismo, se guarda». Si nos arriesgamos a perdernos a nosotros mismos por el Señor, experimentamos lo verdadera que es su palabra.
Estar inmersos en la Verdad, en Cristo, es un proceso que forma parte de la oración en la que nos ejercitamos en la amistad con Él y también aprendemos a conocerlo: en su modo de ser, pensar, actuar. Orar es un caminar en comunión personal con Cristo, exponiendo ante Él nuestra vida cotidiana, nuestros logros y fracasos, nuestras dificultades y alegrías: es un sencillo presentarnos a nosotros mismos delante de Él. Pero para que eso no se convierta en una autocontemplación, es importante aprender continuamente a orar rezando con la Iglesia. Celebrar la Eucaristía quiere decir orar. Celebramos correctamente la Eucaristía cuando entramos con nuestro pensamiento y nuestro ser en las palabras que la Iglesia nos propone. En ellas está presente la oración de todas las generaciones, que nos llevan consigo por el camino hacia el Señor. Y, como sacerdotes, en la celebración eucarística somos aquellos que, con su oración, abren paso a la plegaria de los fieles de hoy. Si estamos unidos interiormente a las palabras de la oración, si nos dejamos guiar y transformar por ellas, también los fieles tienen al alcance esas palabras. Y, entonces, todos nos hacemos realmente «un cuerpo solo y una sola alma» con Cristo.
Estar inmersos en la verdad y, así, en la santidad de Dios, también significa para nosotros aceptar el carácter exigente de la verdad; contraponerse tanto en las cosas grandes como en las pequeñas a la mentira que hay en el mundo en tantas formas diferentes; aceptar la fatiga de la verdad, para que su alegría más profunda esté presente en nosotros. Cuando hablamos del ser consagrados en la verdad, tampoco hemos de olvidar que, en Jesucristo, verdad y amor son una misma cosa. Estar inmersos en Él significa afondar en su bondad, en el amor verdadero. El amor verdadero no cuesta poco, puede ser también muy exigente. Opone resistencia al mal, para llevar el verdadero bien al hombre. Si nos hacemos uno con Cristo, aprendemos a reconocerlo precisamente en los que sufren, en los pobres, en los pequeños de este mundo; entonces nos convertimos en personas que sirven, que reconocen a sus hermanos y hermanas, y en ellos encuentran a Él mismo.
«Conságralos en la verdad». Ésta es la primera parte de aquel dicho de Jesús. Pero luego añade: «Y por ellos me consagro yo, para que también se consagren ellos en la verdad» (Jn 17,19), es decir, verdaderamente. Pienso que esta segunda parte tiene un propio significado específico. En las religiones del mundo hay múltiples modos rituales de «santificación», de consagración de una persona humana. Pero todos estos ritos pueden quedarse en simples formalidades. Cristo pide para los discípulos la verdadera santificación, que transforma su ser, a ellos mismos; que no se quede en una forma ritual, sino que sea un verdadero convertirse en propiedad del mismo Dios. También podríamos decir: Cristo ha pedido para nosotros el Sacramento que nos toca en la profundidad de nuestro ser. Pero también ha rogado para que esta transformación en nosotros, día tras día, se haga vida; para que en lo ordinario, en lo concreto de cada día, estemos verdaderamente inundados de la luz de Dios.
La víspera de mi Ordenación sacerdotal, hace 58 años, abrí la Sagrada Escritura porque todavía quería recibir una palabra del Señor para aquel día y mi camino futuro de sacerdote. Mis ojos se detuvieron en este pasaje: «Santifícalos en la verdad: tu palabra es verdad». Entonces me dí cuenta: el Señor está hablando de mí, y está hablándome a mí. Y lo mismo me ocurrirá mañana. No somos consagrados en último término por ritos, aunque haya necesidad de ellos. El baño en el que nos sumerge el Señor es Él mismo, la Verdad en persona. La Ordenación sacerdotal significa ser injertados en Él, en la Verdad. Pertenezco de un modo nuevo a Él y, por tanto, a los otros, «para que venga su Reino». Queridos amigos, en esta hora de la renovación de las promesas queremos pedir al Señor que nos haga hombres de verdad, hombres de amor, hombres de Dios. Roguémosle que nos atraiga cada vez más dentro de sí, para que nos convirtamos verdaderamente en sacerdotes de la Nueva Alianza. Amén. © Copyright 2009 - Libreria Editrice Vaticana


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25.III.2009 Vat.

Qui, pridie quam pro nostra omniumque salute pateretur, hoc est hodie, accepit panem. Así diremos hoy en el Canon de la Santa Misa. «Hoc est hodie». La Liturgia del Jueves Santo incluye la palabra «hoy» en el texto de la plegaria, subrayando con ello la dignidad particular de este día. Ha sido «hoy» cuando Él lo ha hecho: se nos ha entregado para siempre en el Sacramento de su Cuerpo y de su Sangre. Este «hoy» es sobre todo el memorial de la Pascua de entonces. Pero es más aún. Con el Canon entramos en este «hoy». Nuestro hoy se encuentra con su hoy. Él hace esto ahora. Con la palabra «hoy», la Liturgia de la Iglesia quiere inducirnos a que prestemos gran atención interior al misterio de este día, a las palabras con que se expresa. Tratemos, pues, de escuchar de modo nuevo el relato de la institución, tal y como la Iglesia lo ha formulado basándose en la Escritura y contemplando al Señor mismo.

Lo primero que nos sorprende es que el relato de la institución no es una frase suelta, sino que empieza con un pronombre relativo: qui pridie. Este «qui» enlaza todo el relato con la palabra precedente de la oración, «…de manera que sea para nosotros Cuerpo y Sangre de tu Hijo amado, Jesucristo, nuestro Señor». De este modo, el relato está unido a la oración anterior, a todo el Canon, y se hace él mismo oración. En efecto, en modo alguno se trata de un relato sencillamente insertado aquí; tampoco se trata de palabras aisladas de autoridad, que quizás interrumpirían la oración. Es oración. Y solamente en la oración se cumple el acto sacerdotal de la consagración que se convierte en transformación, transustanciación de nuestros dones de pan y vino en el Cuerpo y la Sangre de Cristo. Rezando en este momento central, la Iglesia concuerda totalmente con el acontecimiento del Cenáculo, ya que el actuar de Jesús se describe con las palabras: «gratias agens benedixit», «te dio gracias con la plegaria de bendición». Con esta expresión, la Liturgia romana ha dividido en dos palabras, lo que en hebreo es una sola, berakha, que en griego, en cambio, aparece en los dos términos de eucharistía y eulogía. El Señor agradece. Al agradecer, reconocemos que una cosa determinada es un don de otro. El Señor agradece, y de este modo restituye a Dios el pan, «fruto de la tierra y del trabajo del hombre», para poder recibirlo nuevamente de Él. Agradecer se transforma en bendecir. Lo que ha sido puesto en las manos de Dios, vuelve de Él bendecido y transformado. Por tanto, la Liturgia romana tiene razón al interpretar nuestro orar en este momento sagrado con las palabras: «ofrecemos», «pedimos», «acepta», «bendice esta ofrenda». Todo esto se oculta en la palabra eucharistia.

Hay otra particularidad en el relato de la institución del Canon Romano que queremos meditar en esta hora. La Iglesia orante se fija en las manos y los ojos del Señor. Quiere casi observarlo, desea percibir el gesto de su orar y actuar en aquella hora singular, encontrar la figura de Jesús, por decirlo así, también a través de los sentidos. «Tomó pan en sus santas y venerables manos». Nos fijamos en las manos con las que Él ha curado a los hombres; en las manos con las que ha bendecido a los niños; en las manos que ha impuesto sobre los hombres; en las manos clavadas en la Cruz y que llevarán siempre los estigmas como signos de su amor dispuesto a morir. Ahora tenemos el encargo de hacer lo que Él ha hecho: tomar en las manos el pan para que sea convertido mediante la plegaria eucarística. En la Ordenación sacerdotal, nuestras manos fueron ungidas, para que fuesen manos de bendición. Pidamos al Señor ahora que nuestras manos sirvan cada vez más para llevar la salvación, para llevar la bendición, para hacer presente su bondad.

De la introducción a la Oración sacerdotal de Jesús (cf. Jn 17, 1), el Canon usa luego las palabras: “elevando los ojos al cielo, hacia ti, Dios, Padre suyo todopoderoso”. El Señor nos enseña a levantar los ojos y sobre todo el corazón. A levantar la mirada, apartándola de las cosas del mundo, a orientarnos hacia Dios en la oración y así elevar nuestro ánimo. En un himno de la Liturgia de las Horas pedimos al Señor que custodie nuestros ojos, para que no acojan ni dejen que en nosotros entren las “vanitates”, las vanidades, la banalidad, lo que sólo es apariencia. Pidamos que a través de los ojos no entre el mal en nosotros, falsificando y ensuciando así nuestro ser. Pero queremos pedir sobre todo que tengamos ojos que vean todo lo que es verdadero, luminoso y bueno, para que seamos capaces de ver la presencia de Dios en el mundo. Pidamos, para que miremos el mundo con ojos de amor, con los ojos de Jesús, reconociendo así a los hermanos y las hermanas que nos necesitan, que están esperando nuestra palabra y nuestra acción.

Después de bendecir, el Señor parte el pan y lo da a los discípulos. Partir el pan es el gesto del padre de familia que se preocupa de los suyos y les da lo que necesitan para la vida. Pero es también el gesto de la hospitalidad con que se acoge al extranjero, al huésped, y se le permite participar en la propia vida. Dividir, com-partir, es unir. A través del compartir se crea comunión. En el pan partido, el Señor se reparte a sí mismo. El gesto del partir alude misteriosamente también a su muerte, al amor hasta la muerte. Él se da a sí mismo, que es el verdadero «pan para la vida del mundo» (cf. Jn 6, 51). El alimento que el hombre necesita en lo más hondo es la comunión con Dios mismo. Al agradecer y bendecir, Jesús transforma el pan, y ya no es pan terrenal lo que da, sino la comunión consigo mismo. Esta transformación, sin embargo, quiere ser el comienzo de la transformación del mundo. Para que llegue a ser un mundo de resurrección, un mundo de Dios. Sí, se trata de transformación. Del hombre nuevo y del mundo nuevo que comienzan en el pan consagrado, transformado, transustanciado.

Hemos dicho que partir el pan es un gesto de comunión, de unir mediante el compartir. Así, en el gesto mismo se alude ya a la naturaleza íntima de la Eucaristía: ésta es agape, es amor hecho corpóreo. En la palabra «agape», se compenetran los significados de Eucaristía y amor. En el gesto de Jesús que parte el pan, el amor que se comparte ha alcanzado su extrema radicalidad: Jesús se deja partir como pan vivo. En el pan distribuido reconocemos el misterio del grano de trigo que muere y así da fruto. Reconocemos la nueva multiplicación de los panes, que deriva del morir del grano de trigo y continuará hasta el fin del mundo. Al mismo tiempo vemos que la Eucaristía nunca puede ser sólo una acción litúrgica. Sólo es completa, si el agape litúrgico se convierte en amor cotidiano. En el culto cristiano, las dos cosas se transforman en una, el ser agraciados por el Señor en el acto cultual y el cultivo del amor respecto al prójimo. Pidamos en esta hora al Señor la gracia de aprender a vivir cada vez mejor el misterio de la Eucaristía, de manera que comience así la transformación del mundo.

Después del pan, Jesús toma el cáliz de vino. El Canon Romano designa el cáliz que el Señor da a los discípulos, como «praeclarus calix», cáliz glorioso, aludiendo con ello al Salmo 23 [22], el Salmo que habla de Dios como del Pastor poderoso y bueno. En él se lee: «preparas una mesa ante mí, enfrente de mis enemigos; …y mi copa rebosa» (v. 5), calix praeclarus. El Canon Romano interpreta esta palabra del Salmo como una profecía que se cumple en la Eucaristía. Sí, el Señor nos prepara la mesa en medio de las amenazas de este mundo, y nos da el cáliz glorioso, el cáliz de la gran alegría, de la fiesta verdadera que todos anhelamos, el cáliz rebosante del vino de su amor. El cáliz significa la boda: ahora ha llegado «la hora» a la que en las bodas de Caná se aludía de forma misteriosa. Sí, la Eucaristía es más que un banquete, es una fiesta de boda. Y esta boda se funda en la autodonación de Dios hasta la muerte. En las palabras de la última Cena de Jesús y en el Canon de la Iglesia, el misterio solemne de la boda se esconde bajo la expresión «novum Testamentum». Este cáliz es el nuevo Testamento, «la nueva Alianza sellada con mi sangre», según la palabra de Jesús sobre el cáliz, que Pablo transmite en la segunda lectura de hoy (cf. 1 Co 11, 25). El Canon Romano añade: «de la alianza nueva y eterna», para expresar la indisolubilidad del vínculo nupcial de Dios con la humanidad. El motivo por el cual las traducciones antiguas de la Biblia no hablan de Alianza, sino de Testamento, es que no se trata de dos contrayentes iguales quienes la establecen, sino que entra en juego la infinita distancia entre Dios y el hombre. Lo que nosotros llamamos nueva y antigua Alianza no es un acuerdo entre dos partes iguales, sino un mero don de Dios, que nos deja como herencia su amor, a sí mismo. Y ciertamente, a través de este don de su amor Él, superando cualquier distancia, nos convierte verdaderamente en partner y se realiza el misterio nupcial del amor.

Para poder comprender lo que allí ocurre en profundidad, hemos de escuchar más cuidadosamente aún las palabras de la Biblia y su sentido originario. Los estudiosos nos dicen que, en los tiempos remotos de que hablan las historias de los Patriarcas de Israel, «ratificar una alianza» significaba «entrar con otros en una unión fundada en la sangre, o bien acoger a alguien en la propia federación y entrar así en una comunión de derechos recíprocos». De este modo se crea una consanguinidad real, aunque no material. Los aliados se convierten en cierto modo en «hermanos de la misma carne y la misma sangre». La alianza realiza un conjunto que significa paz (cf. ThWNT II 105-137). ¿Podemos ahora hacernos al menos una idea de lo que ocurrió en la hora de la última Cena y que, desde entonces, se renueva cada vez que celebramos la Eucaristía? Dios, el Dios vivo establece con nosotros una comunión de paz, más aún, Él crea una “consanguinidad” entre Él y nosotros. Por la encarnación de Jesús, por su sangre derramada, hemos sido injertados en una consanguinidad muy real con Jesús y, por tanto, con Dios mismo. La sangre de Jesús es su amor, en el que la vida divina y la humana se han hecho una cosa sola. Pidamos al Señor que comprendamos cada vez más la grandeza de este misterio. Que Él despliegue su fuerza trasformadora en nuestro interior, de modo que lleguemos a ser realmente consanguíneos de Jesús, llenos de su paz y, así, también en comunión unos con otros.

Sin embargo, ahora surge aún otra pregunta. En el Cenáculo, Cristo entrega a los discípulos su Cuerpo y su Sangre, es decir, Él mismo en la totalidad de su persona. Pero, ¿puede hacerlo? Todavía está físicamente presente entre ellos, está ante ellos. La respuesta es que, en aquella hora, Jesús cumple lo que previamente había anunciado en el discurso sobre el Buen Pastor: «Nadie me quita la vida, sino que yo la entrego libremente. Tengo poder para entregarla y tengo poder para recuperarla» (cf. Jn 10,18). Nadie puede quitarle la vida: la da por libre decisión. En aquella hora anticipa la crucifixión y la resurrección. Lo que, por decirlo así, se cumplirá físicamente en Él, Él ya lo lleva a cabo anticipadamente en la libertad de su amor. Él entrega su vida y la recupera en la resurrección para poderla compartir para siempre.

Señor, Tú nos entregas hoy tu vida, Tú mismo te nos das. Llénanos de tu amor. Haznos vivir en tu «hoy». Haznos instrumentos de tu paz. Amén.

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Baudoin de Ford (hacia 1190) abad cisterciense
El Sacramento del altar; SC 93, I, pag. 131ss

“Tomó los siete panes, dio gracias, los partió...” (cf Mc 8,6) - Jesús partió el pan. Si no hubiese partido el pan ¿cómo habrían llegado las migajas hasta nosotros? Pero Jesús rompió el pan y lo distribuyó “da con largueza a los pobres” (Sal 111,9) Ha roto el pan para romper la cólera del Padre y la suya propia. Dios le había dicho: “Dios pensaba ya en aniquilarlos, pero Moisés, su elegido, se mantuvo ante él para apartar su furia destructora.” (Sal 105,23) Jesús se mantuvo ante él y lo apaciguó. Por su fuerza indefectible se mantuvo ante Dios sin romperse.
Pero Jesús, voluntariamente ha ofrecido su carne rota por el sufrimiento...” quebraste las cabezas de los monstruos marinos” (sal 73,13) y todos sus enemigos, con tu cólera. Jesús, de alguna manera, ha roto las tablas de la primera alianza, para que ya no estemos bajo la Ley. Ha roto el yugo de nuestra cautividad. Ha roto todo lo que nos aplastaba para reparar en nosotros todo aquello que estaba roto, para hacer volver a la libertad los que estaban cautivos...
Buen Jesús, a pesar de haber partido el pan por nosotros, pobres mendigos, seguimos con hambre... ¡Parte cada día este pan para los que tienen hambre! Hoy, como todos los días, recogemos algunas migajas, y cada día volvemos a tener hambre de nuestro pan de cada día. ¿Si tú no nos lo das, quien nos lo va a dar? Somos menesterosos y desprovistos de todo, no tenemos a nadie que nos parta el pan, nadie que nos alimente, nadie que nos restablezca las fuerzas, nadie más que tú, Dios nuestro. En cualquier consuelo que nos envíes, recogemos las migajas de aquel pan que tú nos partes.

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Juan Pablo II, Magno - P.P. (1920-2005)
Ecclesia de Eucaristía, VI, 55


En la escuela de María, la mujer “eucarística”: En cierto sentido, María ejerció una fe eucarística incluso antes de la institución de la eucaristía, por el hecho mismo de haber ofrecido su seno virginal para la encarnación del Verbo de Dios. Aunque la eucaristía ser refiere primordialmente a la pasión y a la resurrección, también se sitúa simultáneamente en continuidad de la encarnación. En la Anunciación, María concibió al Hijo de Dios en la verdad física de su cuerpo y de su sangre, anticipando en ella lo que en un cierto modo ser realiza sacramentalmente en todo creyente que recibe, bajo las especies de pan y vino, el cuerpo y la sangre del Señor.
Existe, pues, una analogía profunda entre el fiat “hágase” de María con que respondió a las palabras del ángel y el amén que cada creyente pronuncia cuando recibe el cuerpo y la sangre del Señor. A María se le pedía que creyera en aquel que concebía en su seno “por la acción del Espíritu Santo” como el “Hijo de Dios”. (cf Lc 1,30-35) En continuidad con la fe de María, se nos pide creer que en el misterio eucarístico, este mismo Jesús, Hijo de Dios e Hijo de María, está presente en la totalidad de su ser humano y divino, bajo las especies del pan y del vino. “Dichosa tú que has creído.” (Lc 1,45)

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JESÚS ES EL PAN DE VIDA

«SI NO COMÉIS LA CARNE DEL HIJO DEL HOMBRE Y BEBÉIS SU SANGRE NO TENÉIS VIDA EN VOSOTROS. EL QUE COME MI CARNE Y BEBE MI SANGRE TIENE VIDA ETERNA, Y YO LO RESUCITARÉ EN EL DÍA FINAL, PORQUE MI CARNE ES VERDADERA COMIDA Y MI SANGRE VERDADERA BEBIDA»

(Evangelio según San Juan, capítulo 6)

¿Cómo celebraban la Eucaristía los cristianos en el siglo II?

«El día que se llama día del sol tiene lugar la reunión en un mismo sitio de todos los que habitan en la ciudad o en el campo. Se leen las memorias de los Apóstoles y los escritos de los profetas, tanto tiempo como es posible. Cuando el lector ha terminado, el que preside toma la palabra para incitar y exhortar a la imitación de tan bellas cosas. Luego nos levantamos todos juntos y oramos por nosotros[...] y por todos los demás donde quiera que estén, [...] a fin de que seamos hallados justos en nuestra vida y nuestras acciones y seamos fieles a los mandamientos para alcanzar así la salvación eterna. Cuando termina esta oración nos besamos unos a otros. Luego se lleva al que preside a los hermanos pan y una copa de agua y vino mezclados. El presidente los toma y eleva alabanza y gloria al Padre del universo, por el nombre del Hijo y del Espíritu Santo y da gracias (en griego: eucharistian) largamento porque hayamos sido juzgados dignos de estos dones. Cuando terminan las oraciones y las acciones de gracias, todo el pueblo presente pronuncia una aclamación diciendo: Amén. [...] Cuando el que preside ha hecho la acción de gracias y el pueblo le ha respondido, los que entre nosotros se llaman diáconos distribuyen a todos los que están presentes pan, vino y agua «eucaristizados» y los llevan a los ausentes»

La liturgia de la Eucaristía se desarrolla conforme a una estructura fundamental que se ha conservado a través de los siglos hasta nosotros. Comprende dos grandes momentos que forman una unidad básica: - LA REUNIÓN, LA LITURGIA DE LA PALABRA, con las lecturas, la homilía y la oración universal; - LA LITURGIA EUCARÍSTICA, con la presentación del pan y del vino, la acción de gracias en la consagración y la comunión.

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La Eucaristía según un cristiano del siglo II

Un buen conocedor de los escritos de los primeros cristianos ha llamado la atención sobre el hecho de que no se conoce una obra sobre la eucaristía anterior al siglo IX. Antes de este período, si bien las referencias a la Eucaristía son frecuentes y de primera importancia, no existe un tratado independiente dedicado a la Eucaristía. Y es que, para los primeros cristiano, la Eucaristía no se podía concebir aisladamente. Ella está siempre ligada al misterio de la fe de la cual es síntesis. Cuando una cuestión esencial de la fe era puesta en cuestión, la Eucaristía se convertía en el punto de referencia que nos mostraba si estábamos o no sobre el buen camino. Así, en el siglo II, Ireneo de Lyon, decía : « Nuestra manera de pensar está de acuerdo con la Eucaristía, y la Eucaristía a su vez confirma nuestra manera de pensare. » Seguir a Ireneo sobre esta pista es ser conducidos al corazón de la fe.

La bondad de la creación

Confrontados con corrientes espirituales que despreciaban el mundo visible, que lo consideraban como el resultado de una degeneración, el gran obispo de Lyon veía en la Eucaristía una confirmación de la bondad de la creación. En efecto, cómo dudar de esta bondad, escribía Ireneo, cuando « el pan, que proviene de la creación, Jesús lo tomó y dio gracias, diciendo : Esto es mi cuerpo. Y lo mismo con la copa, que proviene de la creación, de la que formamos parte, la declara su sangre … » (Adversus Haereses Libro IV, 17, 5). La Eucaristía no viene a confirmar un pensamiento que desprecie la creación. Ella nos habla, por el contrario, de su nobleza.

La resurrección del cuerpo

Ireneo hacía una llamada a que la Eucaristía pudiera sostener la fe en la resurrección del cuerpo. En la Antigüedad, los cristianos eran objeto de burlas a causa de la fe. Los que les miraban con desprecio pretendían ser los verdaderos espirituales. Con este debate, entramos en el corazón de la fe en Cristo y de la visión cristiana de Dios, pero también de la del ser humano y de la vida que somos llamados a compartir con Dios.

Para entender el verdadero alcance de este debate, es necesario comprender que el cuerpo de la resurrección no es un asunto de moléculas. San Pablo, quien afirmó con firmeza la resurrección, sabe que todo será transformado : « Lo que tú siembras, no es el cuerpo que vendrá, sino un simple grano » (1 Corintios 15, 37). Hay, por tanto, un nuevo cuerpo, un cuerpo de gloria, y existe en este sentido una discontinuidad, pero también es necesario hablar de una continuidad, pues la planta o el trigo vienen de la semilla.

En Dios, hay un lugar para la diferencia

El cuerpo es la persona en su historia personal. Animados por la fe en Cristo resucitado, que por la Ascensión ha entrado para siempre en Dios con su cuerpo de gloria (la vida humana no ha sido para él un paréntesis), los primeros cristianos fueron conducidos a la comprensión de que Dios acoge la historia de cada persona: hay un lugar para lo más personal, para lo que cada ser humano tiene de único, para todo lo que es compatible con el amor. Esta fe nos dice que la vida de eternidad con Dios no elimina lo que es humano. La más completa unión con Dios que se puede imaginar no se consigue eliminando lo que diferencia cada persona. Si Dios llama a cada uno por su nombre, es que en la vida con él será también así. Nos reencontraremos con aquellos a loa que hemos amado. Alimentados por la fe de los primeros cristianos, Dostoïevski pudo escribir al final de los Hermanos Karamazov : « Resucitaremos, y nos volveremos a ver, llenos de gozo, nos contaremos lo que ha pasado. » Negar la resurrección del cuerpo desfiguraría el rostro del Dios del Evangelio y su proyecto para la humanidad, pues nuestro Dios no solamente tolera la diferencia sino que la desea, la promueve, y le da un futuro.

De todo esto, Ireneo estaba convencido : « ¿Cómo pueden decir que la carne no es capaz de recibir el don de Dios que es la vida eterna, cuando se nutre de la sangre y el cuerpo de Cristo? » (Ver AH Libro IV, 18, 4.) Por la Eucaristía, la vida del Resucitado, toca no solamente nuestro espíritu, no entra solamente por nuestros oídos como una idea. Llega verdaderamente a nuestro cuerpo como alimento. Ireneo insistió que los cristianos proclamasen « de una manera armoniosa la comunión y la unión de la carne y del Espíritu. Pues, al igual que el pan, que viene de la tierra, después de recibir la invocación de Dios, no es ya pan ordinario sino Eucaristía, constituida de dos cosas, una terrestre y otra celeste, del mismo modo, nuestros cuerpos que participan a la Eucaristía no son ya corruptibles, pues albergan la esperanza de la resurrección » (AH, Libro IV, 18, 5).

Discernir la vocación de lo creado

La participación a la Eucaristía se convierte así en una manera de proclamar que el mundo tiene sentido. El creyente discierne la vocación de toda la creación, que no es un destino de muerte, sino de transformación, pues la Eucaristía canta la victoria de la vida. Es cierto que hay un paso por la muerte : es allí donde tendrá lugar la transformación. Pero en el cristiano se ha sembrado una semilla. Un predecesor de Ireneo, Ignacio de Antioquía, se refirió a la Eucaristía como « medicina de inmortalidad ». Recibir el cuerpo eucarístico de Cristo, su vida de Resucitado, es dejarse acoger en este espacio donde la muerte ya no tiene dominio y donde el Espíritu sugiere « lo que ojo no vio ni oído oyó, lo que no ha entrado en el entendimiento humano, todo lo que Dios ha preparado para los que lo aman » (1 Corintios 2, 9).

Eucaristía y responsabilidad social

Sin que esté totalmente ausente en Ireneo, existe otro aspecto de la Eucaristía que será abundantemente comentado por los Padres de los siglos III y IV : celebrar la Eucaristía es tomar conciencia de nuestra responsabilidad social. Si nos convertimos en Cuerpo de Cristo al participar en la Eucaristía, si realmente somos miembros los unos de los otros, entonces no podemos ya comportarnos como si no nos importaran aquellos que están necesitados. También, entre los primeros cristianos, nació la tradición de aportar una ofrenda para los pobres al ir a la Eucaristía (que se convirtió en lo que hoy es la colecta), pues todo lo que es verdadero en el cristianismo conduce a la realización de actos concretos.

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Cardenal Pierre Bérulle (1575-1629) teólogo, fundador del Oratorio de S. Felipe Neri - De la eucaristía

Jesús, carne comida, don de Dios. - Jesucristo es el don de Dios otorgado a los hombres y el don de los hombres ofrecido a Dios. Es el don de Dios a los hombres; se entrega entre las manos de los hombres por la eficacia de su palabra y es recibido por los hombres como don de Dios. En la eucaristía es don a los hombres, dado en la plenitud de sus estados y de sus misterios, es dado como vida y alimento de vida eterna.
Jesucristo es el don de los hombres a Dios, como es el don de Dios a los hombres. Como sacramento es esto último, como sacrificio es lo primero. Antiguamente se ofrecía a Dios los frutos de la tierra que nos fue dada; y ahora, ofrecemos a Dios el fruto de Dios mismo, un fruto que maduró en el mismo seno de Dios, un fruto que la tierra virginal de María, revestida de la gracia del Altísimo, produjo y que por esta razón es llamada con el profeta Isaías(cf 4,2)“el fruto de la tierra”, y, “la semilla de Dios” a la vez.

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«Como ha sostenido la filósofa canadiense Cheryl Misak, la noción de verdad debe volver al centro de la filosofía moral y de la vida pública. Si no hay verdad, no es posible el debate, porque la discusión deja de ser un proceso de búsqueda y se transforma meramente en una tramoya del poder. Si no hay verdad, no tiene sentido tampoco el pluralismo democrático, y la mejor actitud sería entonces la de optar por un silencio quietista. Defender el pluralismo no implica una renuncia a la verdad, o su subordinación a un perspectivismo culturalista. El genuino pluralismo vive de afirmar, no sólo que caben diversas maneras de pensar acerca de las cosas, sino además de sostener que entre ellas hay –en expresión de Stanley Cavell– maneras mejores y peores, y que, mediante el contraste con la experiencia y el diálogo racional, los seres humanos somos capaces de reconocer la superioridad de una opinión sobre otra. La esencia de la verdad –escribió Peirceestá en su resistencia a ser ignorada. A mí me gustaría añadir que no es la verdad fruto del consenso, sino más bien es el consenso fruto de la verdad y que, por esta razón, ha de ser la verdad el foco del debate público». 2004.12. José Francisco Serrano

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Dios, que es el árbitro último de la historia, sabrá comprender y acoger según su justicia también el grito de las víctimas, por encima de los graves acentos que a veces asume. S. S. Benedicto XVI – P.M - MMV. XI

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Además, por el carácter mismo de la comunión eclesial y de la relación que tiene con ella el sacramento de la Eucaristía, se debe recordar que "el Sacrificio eucarístico, aun celebrándose siempre en una comunidad particular, no es nunca celebración de esa sola comunidad: esta, en efecto, recibiendo la presencia eucarística del Señor, recibe el don completo de la salvación, y se manifiesta así, a pesar de su permanente particularidad visible, como imagen y verdadera presencia de la Iglesia, una, santa, católica y apostólica". De esto se deriva que una comunidad realmente eucarística no puede encerrarse en sí misma, como si fuera autosuficiente, sino que ha de mantenerse en sintonía con todas las demás comunidades católicas.
Ecclesia de Eucharistia, n. 39

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Es preciosa la homilía de Benedicto XVI en la apertura del Sínodo sobre la Eucaristía, con su diagnóstico certero sobre el mundo moderno: “queremos poseer el mundo de manera ilimitada, Dios nos estorba y hacemos de Él una simple frase devota, o lo desterramos de la vida pública… Pero donde el hombre se convierte en el único dueño del mundo y en propietario de sí mismo, no puede haber justicia”. Varios medios han tildado esta afirmación, tan evangélica y tan realista, de apocalíptica, cuando se trata de una lectura inteligente de la historia del mundo, y especialmente del siglo que acabamos de dejar atrás. Es una advertencia especialmente adecuada para esta hora que nos toca vivir, aunque provoque sarpullido a los bienpensantes de turno. 2005-10-10

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Del Diario de Santa Faustina Kowalska: “Escribe, habla de mi Misericordia. Di a las almas en donde deben buscar el consuelo, es decir, en el tribunal de la Misericordia, allí suceden los más grandes milagros que se repiten continuamente. Para obtener este milagro no es necesario hacer peregrinaciones a tierras lejanas, ni celebrar solemnes ritos exteriores, basta ponerse con fe delante de un representante mío y confesarle la propia miseria y el milagro de la Divina Misericordia se manifestará en toda su plenitud. Aún cuando un alma estuviera en descomposición como un cadáver y humanamente no hubiera ninguna posibilidad de resurrección y todo estuviera perdido, para Dios no lo sería así: un milagro de la Divina Misericordia resucitará a esta alma en toda su plenitud. ¡Infelices de aquellos que no se aprovechan de este milagro de la Divina Misericordia! ¡Lo invocareis en vano, cuando sea demasiado tarde!” (Palabras de Jesús sobre la Confesión Sacramental. Diario.)

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Beato Carlos de Foucauld (1858-1916) ermitaño, misionero del Sahara argelino - Meditaciones sobre los evangelios

“Os aseguro que esa viuda pobre ha echado más que todos los demás..” (Lc 21,3) - “Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu.” (Lc 23,46) Esta es la última oración de nuestro Maestro, nuestro Amado. ¡Ojala sea también la nuestra! No sólo la oración de nuestro último instante sino la de todos los instantes; “Padre mío, en tus manos me encomiendo, Padre mío, me confío a ti, Padre mío, me abandono a ti. Padre mío, haz de mí lo que quieras. Sea lo que sea, te doy gracias, de doy gracias por todo. Estoy dispuesto a todo, acepto todo, os doy gracias por todo, con tal que se haga en mí tu voluntad, Oh Dios, con tal que se haga tu voluntad en todas tus criaturas, en todos tus hijos, en todo lo que tú amas. No anhelo nada más, Dios mío. Entrego mi espíritu a tus manos, te lo doy, Dios mío, con todo el amor de mi corazón, porque te quiero y me lo exige el amor que te tengo: abandonar todo, sin medida, entre tus manos. Me confío a ti con inmensa confianza porque tú eres mi Padre.

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La búsqueda, más allá del alma, de lo inmutable

"Pregunta a la hermosura de la tierra, pregunta a la hermosura del mar, pregunta a la hermosura del aire dilatado y difuso, pregunta a la hermosura del cielo, pregunta al ritmo ordenado de los astros; pregunta al sol, que ilumina el día con fulgor; pregunta a la luna, que mitiga con su resplandor la oscuridad de la noche que sigue al día; pregunta a los animales que se mueven en el agua, que habitan la tierra y vuelan en el aire: a las almas ocultas, a los cuerpos manifiestos; a los seres visibles, que necesitan quien los gobierne, y los invisibles, que lo gobiernan. Pregúntales. Todos te responderán: «Contempla nuestra belleza.» Su hermosura es su confesión. ¿Quién hizo estas cosas bellas, aunque mudables, sino la belleza inmutable? Ya en el hombre mismo, para poder conocer y comprender a Dios, creador del universo entero; en el mismo hombre, repito, se hizo la pregunta a ambos componentes, al cuerpo y al alma. Preguntaban a lo que ellos mismos eran: al cuerpo que veían y al alma que no veían, pero sin la cual no podían ver aquél. Veían, en efecto, mediante el ojo, pero el que ve a través de esas ventanas estaba dentro. De esta manera, cuando se marcha quien la habita, la casa se derrumba; cuando se aleja el principio rector, cae lo regido, y por eso recibe el nombre de cadáver. ¿No están, acaso, intactos los ojos? Aunque estén abiertos, nada ven. Los oídos siguen ahí, pero se ausentó el que oía; la lengua permanece, pero se alejó el músico que la movía. Preguntaron, pues, a estas dos cosas, al cuerpo, que se ve, y al alma, que no se ve, y descubrieron que es mejor lo que no se ve que lo que se ve; que es superior el alma, que queda oculta, e inferior la carne, visible. Vieron ambas cosas, las analizaron, discutieron sobre ellas, y advirtieron que, en el hombre, una y otra eran mudables. Al cuerpo lo hace mudable la edad, la enfermedad, los alimentos; el descanso y el cansancio, la vida y la muerte. A continuación se ocuparon del alma que habían reconocido ser ciertamente superior, y que les cau­saba admiración a pesar de ser invisible; advirtieron que también ella era mutable, que ahora quiere y luego no, que ahora sabe y luego ignora, que ahora se acuerda y luego se olvida, que ahora tiene miedo y luego es atrevida, que ahora progresa en la sabiduría y luego se hunde en la necedad. Al verla mutable, la trascendieron también a ella y buscaron algo inmutable. De esta manera, por las cosas hechas llegaron a Dios, que las hizo."

San Agustín, Homilía 241: 2 – 3. Pascua, (¿411 A.D.?)

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La tradición occidental desde las antiguas Atenas, Jerusalén y Roma, no se ha movido entre la represión o la descarga del impulso, sino que ha peleado por la libertad interior, que pasa por el dominio de sí, pues sin ésta difícilmente el hombre puede hablar de libertad, ya que no se trata simplemente de la ausencia de coacción externa, sino de capacidad para poder determinarse en orden al bien.

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"Obras todas del Señor, bendecid al Señor".

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“Alegraos en el Señor siempre; lo repito: alegraos. Que vuestra bondad sea notoria a todos los hombres. El Señor está cerca. No os inquietéis por cosa alguna, sino más bien en toda oración y plegaria presentad al Señor vuestras necesidades con acción de gracias. Y la paz de Dios, que sobrepasa toda inteligencia, guardará vuestros corazones y vuestros pensamientos en Cristo Jesús. Por lo demás, hermanos, considerad lo que hay de verdadero, de noble, de buena fama, de virtuoso, de laudable; practicad lo que habéis aprendido y recibido, lo que habéis oído y visto en mí, y el Dios de la paz estará con vosotros.” San Pablo en su carta a los Filipenses 4, 4-9vs.

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¡Que tu conducta nunca de motivos de injustificada inquietud a la creación, de la que tú eres el rey!

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Dijo Dios: «Produzca la tierra animales vivientes según su especie: ganados, reptiles y bestias salvajes según su especie». Y así fue. Dios hizo las bestias de la tierra, los ganados y los reptiles campestres, cada uno según su especie. Vio Dios que esto estaba bien. Gen. 1, 24-25

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“Desde ahora me llamarán dichosa todas las generaciones” Biblia. Evangelio según San Lucas Cap.1º vs. 48. La Iglesia, hace XXI siglos fundada por Tu Hijo, te alaba, ¡Oh Madre plena de dicha y felicidad!

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VERITAS OMNIA VINCIT

LAUS TIBI CHRISTI.

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Conocereis de Verdad | Eucaristía - 4º texto 1190 ca.Baudoin de Ford; cristianos siglo II III liturgia

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